RECETA OLVIDADA

De la misma manera en que deshoja la mejorana para preparar un buen remedio, deshoja sus sentimientos para convertirlos en poesía.

Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Josefina Isabel Guerrero Paz, nació en el año 1951 en Balcón de los Andes, Iles, Nariño. Creció en un hogar impregnado de trabajo honesto, creatividad y esfuerzo: sus padres fueron de los primeros zapateros del municipio de Iles, pioneros de un oficio artesanal con el que vistieron los pasos de muchas generaciones del pueblo. De ellos heredó la disciplina, la devoción por el detalle y el valor de transformar la materia prima con las manos y el corazón.

Desde muy joven, su vida estuvo entrelazada con la belleza sencilla del campo sureño, aprendiendo a escuchar el lenguaje del viento, la lluvia y la tierra. Con el paso de los años, echó raíces en el querido municipio de El Contadero, donde ha transcurrido la mayor parte de su vida como el pilar de su hogar: madre, ama de casa y mujer de tierra adentro con manos sabias y generosas.

En su pequeña huerta, cuida con dedicación de matrona una gran variedad de plantas medicinales y aromáticas, toronjil, manzanilla, menta, ruda, hierbabuena y valeriana. De la misma manera en que deshoja la mejorana para preparar un buen remedio, deshoja sus sentimientos para convertirlos en poesía.

 

RECETA OLVIDADA

Josefina Isabel Guerrero Paz

 

 

Hacía un tiempo la tierra cantaba,

y el maíz dorado al sol se le alzaba,

y cada fruto que el campo entregaba

del suelo fértil con pasión brotaba.

Las manos curtidas el grano plantaban,

siguiendo los ciclos que el cielo marcaba,

las aguas de lluvia la tierra regaba,

en plantas verdes que al ritmo cuidaban.

El pan se amasaba con trigo dorado,

la leche llegaba del campo ordenado,

y en cada bocado del suelo sagrado,

el nombre sabíamos de quien lo ha labrado.

Las frutas tenían su tiempo marcado,

la papa en agosto, la cebada en mayo,

y cada estación su regalo ha dado,

sin químico alguno, limpio y cuidado.

Pero el mundo cambió, la urbe ha crecido,

Supermercados, luces han prendido,

y frutas de invierno han aparecido,

de tierras lejanas, lugar desconocido.

Pasillos enormes de cajas se llenan,

productos del mundo los carros ordenan,

tomate enlatado y uvas chilenas,

son solo algunos de tantos que suenan.

La comida rápida las calles gobierna,

hamburguesas listas en fila moderna,

y las viejas cocinas quedaron en pena,

donde ya no danza la llamarada eterna.

La sal se extraía de minas sagradas,

cristales blancos, puros del mar,

hoy viene procesada y bien refinada,

todo artificial para el sazonar.

Antes el morocho se hacía en la casa,

con maíz criollo y pilón de madera,

hoy viene en sobre, industrial y escaso,

perdiendo el sabor de nuestra manera.

Vuelvan los fogones, vuelva la semilla,

que el tiempo no borre nuestra raíz,

Nariño eterno, tierra que brilla,

en cada plato de nuestro país.

Lo bueno es que aún late en el corazón,

la memoria viva de aquel lindo pasado,

en cada nieto que escucha la canción,

del abuelo que nunca su voz ha callado.

Aún queda tiempo de regresar,

a la cocina de nuestros mayores,

donde el amor se puede saborear,

en cada plato lleno de valores.

No todo está perdido, no todo se fue,

en cada semilla vive la esperanza,

Nariño querido, siempre estaré,

guardando en mi alma tu noble enseñanza.

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