CUANDO LA MONTAÑA REVELÓ SUS MUERTOS

Relato ganador del Concurso Nacional de Escritura, historias de paz, en la categoría adultos, organizado por el Ministerio de Educación Nacional. Hubo más de 6.800 relatos participantes.

Cuando la montaña reveló sus muertos

 

“A las cinco se aseguraban con picaporte las puertas, se trasladaban las vacas al corral, recogían cuyes y gallinas y los niños aprendían a jugar sin hacer ruido.”

En el Edén, una vereda encaramada entre el páramo y los cultivos de papa, la tarde no caía, bajaba como un juicio espeso. A las cinco se aseguraban con picaporte las puertas, se trasladaban las vacas al corral, recogían cuyes y gallinas y los niños aprendían a jugar sin hacer ruido. Nadie decía miedo. Murmuraban “mejor entremos”, “mañana seguimos”, “no se sabe”. En algunas casas había un mantel tendido, una taza intacta, una ruana doblada para alguien que no volvía.

La gente culpaba a la cueva del cerro. Allí vivía una criatura sin edad, hecha de humo frío y uñas de piedra. Cuando respiraba, los perros gemían bajo la cama. Cuando caminaba, el maíz se agachaba. No mataba solamente cuerpos, se tragaba los nombres. Por eso, con los años, muchos dejaron de nombrar a sus ausentes y empezaron a decir “lo que pasó”, como si el dolor fuera una cosa sin dueño.

 

La gente culpaba a la cueva del cerro. Allí vivía una criatura sin edad, hecha de humo frío y uñas de piedra.

En la última casa antes del camino al páramo vivía Juan Chiles. Se llamaba, así como el taita antiguo del que hablaban los mayores, y quizá por eso algunos le pedían consejo, aunque él nunca mandaba. Tenía un chumbe desteñido en la cintura, una huerta pequeña y una biblioteca donde los libros olían a humo, lana y leños. Decía que la palabra también era semilla: si se la enterraba bien, un día rompía la tierra.

Una tarde, Alegría llegó con una pelota desinflada abrigada contra el pecho.

—Mi hermano Antonio decía que cuando volviera íbamos a arreglar la cancha.

Juan estaba limpiando fríjol. Separó las piedras de los granos sin levantar la voz.

—¿Y qué dijo la cancha?

La niña miró hacia el potrero donde antes estaban los arcos.

—Nada. La cancha también se quedó esperándolo.

Esa noche Juan no durmió. Oyó en el techo la lluvia menuda del páramo, escuchó una yegua que llamaba a su potro y, más adentro, oyó la cueva masticando nombres. Antes del amanecer guardó en una mochila tejida en rueca tres cosas: un cuaderno en blanco, un espejo manchado y un puñado de semillas de maíz.

Luego subió.

La criatura lo recibió con la boca abierta. Adentro no había dientes, sino voces apagadas que exhalaban su último aliento.

—Viejo —dijo—, ¿vienes a entregarme tu nombre?

—Vengo a cobrarte los que te comiste.

La criatura se rió y la montaña soltó piedras pequeñas.

—Los nombres no se devuelven.

—Entonces vamos a enseñarte.

Juan abrió el cuaderno y escribió: Antonio. La letra quedó temblando sobre la página, como un pájaro mojado que se balancea en las cuerdas eléctricas. La criatura chilló.

—Ese me pesa.

—Porque tenía madre, hermana y una camiseta amarilla para jugar los domingos.

Escribió otro: Rosa. Después Hilario. Después Benilda, Maritza, Zoila. No los inventaba. Los había escuchado durante años en conversas alrededor del calor de una tulpa, en velorios sin cuerpo, en pasillos y ranuras de ventana. Cada nombre era una piedra que salía de la garganta de la cueva.

La criatura quiso rugir, pero apenas le brotó un hipo.

—Si sigo devolviéndolos —dijo—, ¿me van a perdonar?

Juan cerró el cuaderno.

—No confundas la paz con un premio. Primero se responde por el daño. El perdón, si llega, pero a su tiempo.

 

La criatura miró. No vio un monstruo grande, sino un niño viejo, asustado, cubierto con la ropa de todos sus muertos. 

 

Sacó el espejo. La criatura miró. No vio un monstruo grande, sino un niño viejo, asustado, cubierto con la ropa de todos sus muertos. Detrás de su espalda aparecieron las casas cerradas, la escuela sin risas, Alegría soplando una pelota que no inflaba.

—No sé hacer otra cosa —murmuró.

Juan le puso las semillas en la mano.

—Aprende con las manos. La cabeza a veces se pierde.

Bajaron al pueblo cuando el sol apenas acariciaba las tejas. Nadie abrió la puerta. Una mujer rezó sin santiguarse. Un hombre apretó el cabo del azadón. Alegría se escondió detrás del arco vencido y miró los dedos enormes de la criatura, llenos de tierra.

Juan habló para todos, pero sin exigirles nada:

—No vine a pedir olvido. Vine a comenzar una minga.

El primer día arrancaron la maleza de la cancha. La criatura trabajó sola mientras el pueblo miraba desde las rendijas. Al segundo día una anciana señaló el techo roto de la escuela. Al tercero, dos muchachos trajeron tablas. Al cuarto, alguien dejó una olla de café en una piedra. Nadie dijo gracias. Nadie dijo perdón. Pero el silencio empezó a cambiar de oficio, ya no servía para esconderse, sino para escuchar el ruido de martillos.

Cada tarde, Juan escribía en el muro de la biblioteca un nombre devuelto. Debajo sembraban maíz. Alegría pidió escribir el de Antonio. Lo hizo despacio, con una letra chueca.

Pasaron semanas. La paz no llegó vestida de blanco ni bajó cual mesías del cielo. Llegó cansada, con barro y maleza en las botas. Llegó en forma de puerta entreabierta, de olla compartida, de niños que volvían a discutir por un gol. Llegó también con rabia y con llanto, porque recordar dolía; pero de frente, no en secreto.

Un domingo, Alegría llevó la pelota inflada. Los niños entraron a la cancha como quien inaugura una placa huella en el pueblo.

 

La criatura se apartó bajo un arrayán. Los niños jugaban y una niña le entregó un pito para que nadie haga trampa.

 

La criatura se apartó bajo un arrayán.

—Tú no juegas —le dijo Alegría.

—Lo sé —respondió.

La niña le entregó un pito de plástico.

—Entonces cuida que nadie haga trampa.

La criatura lo tomó con torpeza. Por primera vez entendió que cuidar era más difícil que mandar.

Desde entonces, en el Edén las puertas todavía se cierran cuando la noche arrecia, pero ya no todas al mismo tiempo. En la biblioteca hay un muro de nombres y una chagra pequeña donde el maíz crece torcido, terco, verde. Dicen que algunas madrugadas la cueva aborta una voz más, y Juan Chiles, con su cuaderno abierto, la recibe sin alboroto.

Porque la paz, aprendieron allí, no consiste en dejar muda la herida, sino en hacerle un lugar entre los vivos para que ningún monstruo vuelva a alimentarse de la pulpa del miedo.

***

 

 

El Autor:

 

Carlos Campiño

 

CARLOS CAMPIÑO, GANADOR DEL CONCURSO NACIONAL DE ESCRITURA, HISTORIAS DE PAZ

 

Carlos Campiño, junto a la pieza gráfica que publicitó la convocatoria literaria.

 

Qué nos dice:

 

“Hay historias que no buscan el aplauso, sino devolverle el nombre a la memoria.

​Con profundo sentimiento de humildad y gratitud recibo la noticia de que mi cuento titulado “Cuando la montaña reveló sus muertos”, fue elegido como ganador en la categoría adultos del Concurso Nacional de Escritura, historias de paz, organizado por el Ministerio de Educación Nacional, entre más de 6.800 relatos participantes.

​La paz no llega vestida de blanco; llega cansada, con barro en las botas y con un cuaderno abierto para recordar a los que faltan.

​Dedico este reconocimiento a mi amada familia, a mi terruño de Pupiales, la Secretaría de Educación Departamental de Nariño, a mi querida Institución Educativa Técnica Nuestra Señora del Carmen del municipio El Rosario, y al Sindicato de Directivos Docentes de Nariño (SINDIDNAR).

Gracias por sostener la labor, la palabra y el territorio.

​Que la literatura siga siendo ese surco terco donde la memoria rompe la tierra y busca la luz”.

 

Carlos Campiño, en la ceremonia de premiación

 

 

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