Por:
J. Mauricio Chaves-Bustos
En el año centenario de “La vorágine”, se está escribiendo lo necesario para poder develar tanto la novela como a su autor, de tal manera que en la Filbo 2024 sobresalieron las nuevas ediciones de la que es considerada por muchos la primera novela moderna publicada en Colombia, así mismo no faltaron los libros biográficos, tratando de desentrañar aún más la vida de Rivera Salas, nacido en San Mateo -hoy Rivera-, Huila, en 1888 y fallecido en Nueva York en 1928, a la temprana edad de los 40 años de vida.
Dentro de las curiosidades, algunas más para bibliófilos que para historiadores, resalta el cambio de la C por la S en el nombre, ya que en la partida de bautismo aparece como José Eustasio, quizá para diferenciarse de su padre que llevaba el mismo nombre, cambio que haría en 1906. Algo que llama la atención es la formación primera de Rivera, ya que inició sus estudios en el colegio Santa Librada en Neiva, dirigido entonces por los Hermanos Maristas, con tan mala suerte para José Eustasio, que solo un año duró interno ahí, 1895, ya que los religiosos no soportaron las travesuras del niño, quien más tarde recordaría que se escapaba de clases para buscar mangos o para quemar la basura en la plaza de mercado.
En 1900 es nuevamente matriculado, en calidad de externo, en el mismo colegio, dirigido esta vez por su tío Napoleón Rivera, un general de brigada en la guerra de los Mil Días, quien junto con sus hermanos fue jefe conservador de esta sección del país. Ahí la disciplina castrense que impartía su tío, iba en contra del carácter del niño, quien prefería cazar pájaros que entrar a clases, siendo fuertemente reprimido y expulsado. En 1902 lo matriculan en el colegio San Luis Gonzaga de la Mesa de Elías, dirigido por los Hermanos Maristas, pero nuevamente su carácter libertario no coincidió con las normas del colegio y fue nuevamente expulsado.
En 1906, con ayuda del gobernador del recién creado departamento del Huila, Rafael Puyo, obtiene una beca para estudiar en Bogotá en la Escuela Normal, dirigida por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, conocidos más como Hermanos Lasallistas, para entonces tenía ya 18 años de edad. Fue ahí donde logró destacar por sus capacidades intelectuales, sin dejar a un lado su carácter alegre y su espíritu libre, a tal punto que, con ocasión de una de sus trifulcas, el hermano rector en lugar de reprenderlo le entregó el Quijote para que lo leyera.
Fue ahí en donde conoció al hermano Luis Gonzaga, cuyo nombre verdadero era Julio Vela Coral, conocido en el mundo de las letras como Pacífico Coral, seudónimo con que firmaba sus escritos, fue en este ipialeño en quien Rivera encontró a un amigo y guía para sus lecturas, a tal punto que el hermano le entregaba cuanto libro le interesaba a su alumno, convirtiéndose en su confidente, fue a él a quien le leyó algunos de sus primeros poemas. Fue el hermano Luis Gonzaga subdirector de la Normal y profesor de literatura, geografía e historia patria.
Julio Vela Coral nació en Ipiales el 15 de mayo de 1854, ingresó al a comunidad de los Hermanos Cristianos a los 21 años de edad, iniciando sus estudios religiosos en Pasto, luego en Quito donde ocupó diferentes cargos en los colegios lasallistas, hace su segundo noviciado en Francia, regresa a Colombia donde es designado director de la Nueva Normal La Salle en Bogotá. En 1912 fue recibido como miembro de la Academia de Historia de Colombia. Escribió varios textos, entre otros “Efemérides colombianas”. Falleció en Bogotá en junio de 1916.
Eduardo Neale Silva, en su libro “Horizonte humano. Vida de José Eustasio Rivera” (1960), anota: “Tuvo también Rivera la buena suerte de ser protegido por otro de los profesores de la Normal, el Hermano Luis Gonzaga, hombre de trato afable y sólida cultura que llegó a ser miembro de las Academias de la Lengua y de la Historia y también escritor célebre. Era conocido en el mundo de las letras bajo el seudónimo de “Pacífico Coral”. Generoso impulsor de los esfuerzos juveniles, muy pronto descubrió en José Eustasio un raro don poético digno de cultivo. Él fue quien dirigió sus primeros pasos, facilitándole antologías y haciéndole atinadas observaciones sobre el arte de hacer versos y el misterio de la creación poética.” (p. 64)
Permaneció en la normal hasta 1909, abandonando sus estudios tanto por enfermedad como por regresar a su hogar, donde yacía casi moribunda su hermana Inés, determinando así su regreso a Neiva, además fue nombrado Inspector Escolar en Ibagué, cargo que aceptó para mediar también su escasez económica. Para entonces había ganado algunos concursos literarios, luego conquistaría un segundo premio que le granjeó el reconocimiento de Miguel de Unamuno. Después de su experiencia laboral, renunció en 1912 para ingresar a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Colombia, titulándose en 1917. No vamos a ahondar más en la vida de Rivera, ya que el tema que nos ocupa es otro.
La amistad con el religioso ipialeño fue tal, que Rivera le dedicó su único cuento conocido y publicado, “La mendiga del amor”. El cuento apareció en la revista “Tolima”, Año 1, serie II, #5, publicada en Ibagué, febrero de 1910. Este fue reproducido en el trisemanario bogotano “El 13 de marzo”, año II, serie II, #15, el 21 de mayo de 1910. Lo transcribimos por considerarlo de interés para los lectores:
“La mendiga del amor.
A Pacifico Coral.
Ni una sola vez doblé la esquina de mi callejuela, sin hallarla sentada al pie del paredón sucio con los ojos húmedos y las manos vacías.
Era una mendiga joven y contrahecha. El cabello desgreñado caía sobre una frente angosta cuya piel desteñida no guardaba ni la más leve huella de una serenidad; sus labios jamás tuvieron un color de vida que contrastara con la marchitez de las mejillas por donde habían resbalado las lágrimas de todos los desdenes llegados y de todas las hambres estacionarias; sólo sus grandes ojos agradaban por una expresión vivísima en que se mostraba una alma aguijoneada por la necesidad.
Cuando la pobre muchacha caminaba, me hacía sentir la repugnancia que nos provocan, no los desgraciados, sino sus desgracias. Aquellos hombros tan cercanos a la cintura, ese brazo izquierdo que la parálisis había soldado al cuadril, y, sobre todo, el taconeo de la muleta a cuyo compás se estremecían los harapos, me producían un calofrío que crispando mis nervios, acaloraba mi cerebro y hacía que mis miradas descansaran en otra parte.
Afortunadamente aquella mujer vivía sentada.
Cuando la noche empezaba a caer, la mendiga empezaba el trabajo de levantarse. Agarraba con los dedos de la mano viva un hueco del paredón y trajinaba afanosamente hasta ponerse de rodillas, y una vez de pie, tomaba el camino del arrabal, tropezando a cada paso, porque aquellos nervios que destemplaba el hambre flaqueaban al descender la calleja oscura en cuyo término se hallaba la ruina del corredor que amparaba su sueño.
Por la mañana volvía al lugar preferido. Raro era en verdad, que en vez de buscar los sitios concurridos en donde el número de transeúntes aumentaba la probabilidad de las limosnas, aquella infeliz prefiriera quedarse pegada en un sitio aislado, recibiendo de frente los rayos solares que caldeaban el empedrado donde descansaban sus miembros.
Algunas personas más afortunadas que yo la echaban de menos en algunos momentos del día. Ella iba, recorría las calles repitiendo una súplica en que mezclaba el nombre de Dios, y quizá disgustada por el poco éxito de sus excursiones, volvía sola, anhelante, moviendo con desesperación la muleta como si supiera que a una hora próxima a sonar había de efectuarse el milagro de su curación. Al llegar a la esquina se transformaba; pausaba las pisadas, dirigía los ojos a una ventana y sonriendo volvía a sentarse con una resignación estúpida.
–Yo no le doy limosna, me decía una vez mi vecina, porque ella voluntariamente ha renunciado el amparo del Hospital.
–¡De veras!
–Sí, y tiene además la torpeza de emplear las limosnas en bagatelas; ha comprado un collar de cuentas de vidrio, unos zarcillos azules y una caja de colorete.
–¿Para cautivar a quién?
La vecina se sonrió.
¿Por qué sonreía la vecina?
Una tarde hacía yo mis reflexiones.
Después pensé en la felicidad del amor, en mis felicidades lejanas y en mis felicidades desconocidas. Me asomé a la ventana, miré el espacio y me distrajo su nada.
Poco a poco el éter se fue opacando, el cielo senda fruiciones de maternidad con la aparición de cada estrella, y entre el clamor del ángelus la tristeza llegaba.
Entonces salí con deseo de entristecerme. Intencionalmente desperté recuerdos y mi espíritu se fue a otros lugares. Así anduve mucho tiempo y así mucho tiempo estuve en la desembocadura de una calle.
Cuando fui a caminar tropecé con la mendiga. Me imploró con los ojos y arrastrándose acortó la distancia que la separaba de mí. Los zarcillos azules tintineaban bajo la tupida mata del pelo, y el collar de cuentas de vidrio se alargaba tristemente hasta besar los harapos bajo cuyo abrigo se helaba el seno.
Viendo que me esforzaba por no verla, haciendo un esfuerzo supremo aquella mujer se desencogió y me agarró con suavidad de una mano. Al punto descargué sobre ella mis miradas, y noté que un ligero carmín corría bajo la palidez de su rostro; entonces tuve lástima de ella, y sin decir una palabra le alargué una moneda.
– ¡No! … ¡no quiero eso! exclamó furiosa, y con un milagroso sacudimiento se puso de pie, y mascullando una blasfemia tomó calle abajo estremeciendo el silencio con sus sollozos.
Cuando pensé decirle algo, sólo escuché el lúgubre sonido de la muleta que se prolongaba bajo la noche como diciendo:
¡no! … ¡no! … ¡no!”
Como se ha visto, fue fundamental para José Eustasio la amistad con el hermano Luis Gonzaga, en entrevista que le hiciera Roberto Liévano para la revista “El Grafico”, en abril de 1918, el propio autor anota lo siguiente cuando le pregunta si entre sus recuerdos literarios hay alguno de especial interés: “Interesante propiamente, ninguno. Sin embargo, hay un episodio que recuerdo en toda su primitiva frescura: el de mi primera entrevista con el señor Caro. Estudiaba para entonces en la Escuela Normal Superior de esta ciudad, y mi profesor de retórica, el Hermano Luis Gonzaga, resolvió llevarme un día “con el azul cuaderno bajo el ala”, a casa de don Miguel Antonio. El mismo salió a abrirnos y sin insinuarnos siquiera la entrada escuchó desde el portón el objeto de nuestra visita…”
Pacífico Coral, vislumbrando la genialidad del joven, le presentó a dos grandes intelectuales de la élite bogotana, Antonio Gómez Restrepo y Miguel Antonio Caro, al primero le dedicaría “La vorágine” en 1924.
Créditos de las fotografías de Rivera a los 19 años y del Grl. Napoleón Rivera Salazar, al trabajo de investigación de Rudber Eduardo Gómez.