Por:
Graciela Sánchez Narváez
Apreciados Amigos Lectores
Hoy comparto con ustedes una intervención que hice por invitación de la Radio Nacional de Colombia para conmemorar los 142 años del natalicio de Porfirio Barba Jacob.
Lo he titulado
Porfirio Barba Jacob, el Viajante Eterno
Cuando me solicitan esta intervención con el nombre de Porfirio Barba Jacob, se agolpan en mi memoria algunos términos con los que se ha definido la personalidad de este gran autor, que nace en Santa Rosa de Osos el 29 de julio de 1883 y muere el 14 de enero de 1942 en Ciudad de México: errante, desarraigado, auténtico, polémico, el “Poeta Divino”, como algunos lectores lo llamaron, por su poesía marcadamente lírica, pero para muchos otros, ha sido un escritor: “rebelde”, “controvertido”, “polémico”, “excéntrico” y para otros tantos, el “poeta maldito colombiano”, recordando tal vez a Baudelaire, a Verlaine y otros poetas franceses de esa época.
Sí. Lo confirmo. Fue errante y desarraigado y viajante eterno, con todo el sentido que estas palabras indican, no sólo porque, debido a que creció con sus abuelos y por muchas circunstancias que no mencionamos hoy, tuvo que trasladarse con ellos a otros países de Centro América y a Estados Unidos, hasta establecerse por largo tiempo en Ciudad de México, sino por el cambiante arpegio musical del lenguaje y por la ondulación de las palabras con las que construía sus poemas, inigualablemente profundos y maravillosamente bellos.
Y vosotros, rosal florecido,
lebreles sin amo,
luceros, crepúsculos,
escuchadme esta cosa tremenda: ¡He vivido!
El verdadero nombre de Porfirio Barba Jacob fue Miguel Ángel Osorio Benítez. Este colombiano se conoció también a través de otro seudónimo, como el de Ricardo Arenales. Fue pareciéndose mucho más a los “poetas malditos” franceses, sobre todo por su comportamiento basado en una filosofía existencialista agnóstica y, por lo tanto, atea, además de su permanente fama de drogadicto, vicioso y degenerado. Sin embargo, Fernando Vallejo en su rigurosa investigación titulada: “Porfirio Barba Jacob, El mensajero”, publicada en1997, corrige estas expresiones y hasta contradice los apelativos asignados a nuestro poeta, cuando dice:
“Fue un escritor profundamente respetado por la gente que lo rodeaba. Tenía una vida social intensa, en todos los países latinoamericanos donde vivió. Allí lo admiraban y lo apreciaban como poeta y como periodista. Ganó fortunas por sus escritos, pero de la misma manera la dilapidó, creó empresas que él mismo se encargó de terminar”.
Frente a los apelativos de homosexual, escandaloso y despreciable, comenta que en contraste con lo que afirmaba, no faltaron presidentes, ministros, gobernadores, escritores, empresarios y poetas de calidad, que lo frecuentaban y lo admiraban. Muchos otros estudiosos del autor dicen que él mismo inventaba sus leyendas con comentarios despectivos sobre su aspecto físico. Sin embargo, fue invitado siempre a eventos y reuniones académicas, literarias y políticas de altura. Brilló entre la gente burguesa.
En mi consideración personal, la verdad sobre su vida y su calidad literaria, como aporte a la poesía colombiana, la encuentro fácilmente leyendo su obra poética y periodística. Creo que, si bien era un hombre que vivió sin límites debido a su ideología un tanto irresponsable socialmente, se exageró un poco en sus apelativos pues, a este “poeta maldito colombiano”, parece que le interesaba mostrar su verdadero pensamiento filosófico y su ideología auténticamente nihilista, con su angustia existencial permanente, pero con su amor y respeto por la vida. Puedo verlo y sentirlo cuando leo poemas como el siguiente:
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría.
La vida es clara, undívaga,
y abierta como el mar.
Vemos cómo en estos versos afronta los conceptos de vida y muerte. Lo hace con nostalgia y con respeto profundo por lo que somos y seremos, no puede tener una existencia vacía la persona que sabe que la vida es también la gloria; no puede ser un degenerado quien mantiene una poesía tan profunda frente a la vida, frente al tiempo y frente al hombre; no puede ser un ser depravado, quien respeta la existencia y el amor. Tiendo a creer que su mal nombre está basado en la mirada cultural, ideológica y política de su tiempo.
Dice Vallejo que tampoco fue marginal. Muchos escritores, periodistas y poetas, entre los que se encontraba José Vasconcelos, jamás se molestaron por el homosexualismo de Porfirio Barba Jacob, por el contrario, lo apoyaron siempre económicamente en su vida y hasta en su muerte.
Todas las leyendas que sobre el poeta mencionan las personas que investigaron su vida, parecería que, en lugar de desvirtuarlo, lo engrandecían, como el hecho que se comenta con gracia, cuando se lo acusó de sembrar marihuana en los predios de la universidad donde enseñaba Literatura. Se finaliza esta historia comentando que el ministro de educación entró en cólera por esta agresión, pues se trataba de un profesor de Literatura ofendiendo a una respetada entidad educativa, pero cuando conoce que a quien se acusaba era Porfirio Barba Jacob, le rebaja la gravedad de los hechos y, discretamente, retira la sanción de expulsión que ya había emitido. Son importantes estas aclaraciones, aunque sean parte de la leyenda, porque muchas personas conocen como verdad solo la parte negativa de su vida.
Es así como a Barba Jacob se lo ha ubicado en la pléyade de los más altos líricos de su tiempo. Se lo ha comparado con José Asunción Silva, con José Eustasio Rivera, con Caro y con Valencia. Algunos lectores, lo llaman “el poeta de la vida y de la muerte”, y otros tantos lo ubican con la altura de Vicente Huidobro, de Pablo Neruda o Rubén Darío. Algunos lo llamaron el “poeta del corazón ardiente”.
Mi mirada se queda en la dureza y la calidez a la vez, de sus poemas, expresados con desparpajo y a su antojo, hasta convertirlos en un torrente de imágenes poéticas, de palabras intensas y rebeldes que siempre buscan la verdad y la belleza. Muy a menudo canta con términos dolorosos a la muerte, a la soledad, a su lucha constante con sus demonios internos y al viaje permanente en ese desarraigo nómada, donde encuentra la experiencia vital de la soledad que nutrió toda su obra.
Su poesía aparece con diversas perspectivas y realdades, la adicción y la pobreza al final de su vida lo llevaron a abordar la naturaleza y la condición humana con una gran carga emocional y una visión a menudo pesimista.
Su estilo se caracteriza por la musicalidad y la intensidad profunda de su pensamiento existencialista, evidenciado en el lenguaje rico en imágenes y metáforas que cantan a la vida y también la muerte, como ya se ha dicho, pero, con un tono desgarrador y con símbolos de oscuridad, tristeza y de dolor, pero también las expresa como un don y una oportunidad.
Para finalizar, los invito a apreciar lo que he argumentado anteriormente en las primeras estrofas de lo que he considerado el mejor de los poemas de Barba Jacob.
CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA
Hay días en que somos tan móviles
tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría,
La vida es clara, undívaga,
y abierta como el mar.
Y hay días en que somos tan fértiles,
tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
Bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos,
tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
La noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos
tan plácidos… (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
Que un verso,
un trino,
un monte,
un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan lúgubres,
tan lúgubres
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay noches que somos tan lúgubres, tan lúgubres
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo.
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Mas hay también ¡Oh tierra! Un día… un día…un día…
En que levantamos anclas para jamás volver…
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
Definitivamente es su obra poética un aporte importante a la poesía nacional, y es ella la que lo engrandecerá por siempre. Porfirio Barba Jacob no ha muerto, continúa con su viaje eterno en cada uno de sus poemas.
Veinte años después en Centroamérica, asesina al brillante Ricardo Arenales, en busca de un Porfirio Barba Jacob maduro y sereno que no consiguió; su salud se quebró en los años treinta y anduvo como Verlaine entre cárceles, tabernas, cuchitriles y hospitales. (Helena Trujillo, Poesía más poesía)