Por:
Julio César Goyes Narváez *
En la Cinemateca Distrital de Bogotá, el jueves 17 de octubre del 2024, tuvo lugar una experiencia ritual y etnoficcional singular. En el marco de la XV Daupará, muestra de cine y video indígena (17 al 20 de octubre, Bogotá-2024), Nariño fue el eje gravitacional.
Como antesala a la proyección de tres cortometrajes de realizadores nariñenses, los invitados y espectadores asistimos a una experiencia performática de los colectivos unidos que pulsa desde lo ritual ancestral y lo festivo sincrético. Se trata de una síntesis que recoge el ritual andino de las guaguas de pan asociado al compadrazgo y a la celebración del día de los muertos. Si bien tiene relevancia en Obonuco (Valle de Atriz-Volcán Galeras) territorio Quillasinga, su práctica y simbolismo se riega a lo largo del territorio de los Pastos, tejiendo hermandad entre los municipios que otrora fueron provincia de Obando y comparten visiones paisajísticas, agrarias y tradiciones culturales vivas. Al centro la estrella de ocho puntas, emblema del sur, y variados productos agrarios como Ofrenda y Pagamento a la tierra y a quienes interactúan con ella en una constante búsqueda de armonía. La escenografía se activa con la música reiterativa que liberan los sonidos del violín, la guitarra, la flauta y el tambor. En la composición ritual no podía faltar el baile rasgatierra tradicional con saltos, giros y gritos de euforia. Los colectivos invitados –pastos y quillasingas– dedicaron y entregaron esta energía simbólica a los colectivos culturales indígenas muiscas de Bosa (Bogotá) y a los organizadores del XV Daupará.
La audiovisualidad indígena ha sido intervenida, interpretada, descrita, analizada, re-creada, desde perspectivas diversas tan radicales como integradoras: folclóricas, exóticas, etnológicas, etnográficas, estético-originarias, arte re-existente, etc. En cada una de estas miradas acontece una forma de pensar y actuar, pues el discurso interpretativo y crítico que se elabora tiene la marca del que mira; en suma, el lugar de enunciación. Por ello, unos creen ver rituales sagrados imposibles de comunicar, alejado de la realidad global que hoy nos cobija, razón para que se emplace en documentos-archivo de uso para especialistas (antropólogos, sociólogos, historiadores); otros se entregan a la admiración exótica que conlleva lo no conocido, el saber folclórico, las tradiciones, las creencias, la artesanía, la sabiduría popular, siempre menor al compararla con los saberes culturales de las elites ilustradas; más, sin embargo, muestran la riqueza de eso lejano que desean hacerlo cercano (del territorio rural-campesino al urbano metropolitano) e hincan el ojo en lo que perdura de la ancestralidad en medio del comercio y consumo capitalista de sus propios objetos simbólicos. También están los que consideran “lo indígena” como patrimonio especial y desde adentro de la comunidad (pues pertenecen a ella) creen tener más verdad que los que merodean entrando y saliendo del territorio (aquí y allá); sin embargo, muchos son conscientes de que su práctica estética y artística no tiene ninguna garantía de autenticidad, de pureza, por ello logran crear textos híbridos, ambiguos, complejos.
En este vaivén se pueden detectar epistemes radicales que insisten en que los pueblos indígenas no han tenido –ni tienen todavía– representación propia y, por consiguiente, sus organizaciones han sido usadas para alimentar visiones ideológicas colectivas, pero cuyo resultado final no es una voz legítima. Cómo no convocar a quienes consideran que al no tener los pueblos indígenas voz propia –tampoco tendrían mirada propia–, pues les ha sido arrebatada a lo largo de la historia, desde la conquista y durante el largo e insistente colonialismo; por tanto, hay que hablar o mirar por ellos. Es así como aparecen las ideologías y las acciones políticas, pues todo se torna político, todo está en relación con el poder y con los saberes que ese poder crea disolviendo estrategias sobre la cultura y sus derivas; como consecuencia los textos creados (alfabéticos, orales, audiovisuales, multimediales, transmediales) deben denunciar, acusar, desenmascarar los poderes de la modernidad que han permeado sus comunidades y etnoimaginarios. Un fenómeno, por demás, que está en el orden de la crítica de la modernidad neocolonial, no únicamente en sus avatares con lo indígena, sino con lo campesino, lo urbano barrial, lo regional y las periferias.
La consecuencia de esto último –sin discusión alguna sobre nuestras estrategias míticas y rituales que subsisten en nuestra condición barroca e hibrida–, es que se crean y producen textos culturales ideológicos, con estéticas emotivas y hasta especulares, pero débiles como obras artísticas, sincréticas, vivas, complejas. Y lo que, es más, textos que son siempre operadores de ideologías prestigiosas a los que algunos artistas y colectivos se adscriben según la época y el contexto que les toca transitar: neomarxismo, feminismo, ambientalismo, ecologismo, conservadurismo religioso, neoliberalismo, militancia extrema de derecha o de izquierda, etc. En suma, es un mapa variopinto complejo; el tejido es multicolor y por eso valioso. No hay salvación en este sentido, nadie tiene la fórmula, la estrella de ocho puntas traza esa complejidad. No obstante, el artista, trabaja o debería trabajar, porque su obra artística o de gestión, más que fiel y radical al servicio de algún interés de época o coyuntural, sea legítima y legitimada, innovadora y empática con los públicos. Una obra que perdure y sea ese texto al que revisitar continuamente. Los intensos encuentros, talleres, laboratorios, juntansas –como ellos denominan a sus modelos de producción–, deben arrojar luz sobre esas criptas de sentidos, la sabiduría de la experiencia y las maneras de trasegar el arte y la cultura sin diluir su legado patrimonial e inmenso tejido simbólico. (Ver Audiovisualidad, cultura popular e investigación-creación: https://www.scielo.org.ar/scielo.php?pid=S1853-35232020000200102&script=sci_arttext).
Daupará toma de lengua Embera su nombre que significa la capacidad de los Jaibanás de visionar, de ir más allá. El Deupará es un escenario de exhibición e intercambio cultural que, en esta ocasión, tuvo como invitados a los colectivos indígenas de Nariño. Es un espacio importante para mostrar y reflexionar sobre la complejidad del tejido territorial que hoy transitan los pueblos indígenas, entre la vida campesina y las ciudadanías urbanas, entre lo local y lo global. Lo que se comprende de una muestra como la que serenamos, es que los colectivos que representan a las comunidades indígenas, más allá de que han capturado su voces y miradas propias, saben del lenguaje híbrido y polifónico de la cultura sincrética; saben que sus narrativas y estéticas que surgen desde su lugar de enunciación periférico que los legitima, es creativa y también crítica, de allí que interactúen y negocien con las estéticas, el arte audio-visual, los saberes y conocimientos que sobre las culturas regionales tienen las modernidades industriales, masivas y comerciales internacionales. Esto ya es un logro. Pero no se puede pedir –como lo hizo un contertulio en el foro– dejar la complejidad y tomar partido por la denuncia y la acusación de los poderes occidentales. El contertulio confundido con la expresión de la cultura ancestral donde se nombra al taita, a los mayores, al mande, se pide la bendición y aparecen imágenes de la virgen y la cruz mezclada con la oralidad y los ritos paganos, no ha comprendido que el arte es un acto político, un poder cultural, qué duda cabe; pero, no una ideología política y menos un discurso con soluciones. La espiritualidad es más que la religión, sin duda; sin embargo, no podemos desapegarnos de la historia y de cómo se marcó la tradición, los hilos de su tejido. Hay mucho de colonialismo sí, de acuerdo, pero su sincretismo cultural, su dimensión barroca natural, su hibridación comunitaria, fue la manera de saldar sus cosmovisiones, su lengua, su aspiraciones; una manera práctica e inteligente, pues con ello salvaguardaban el legado de sus antepasados, las vidas del porvenir y las propias.
De allí la cruz y el espejo, el mestizaje de la virgen y algunos santos, el taita y su bendición, el sacrificio del cuy, las guaguas pan y los compadrazgos, los pagamentos a la tierra, la fiesta y la embriaguez, los rezos cristianos e indígenas en lengua, las iglesias frente a los cerros tutelares, etcétera.
Los artistas y gestores culturales son unos leedores y escribidores del territorio, más etnógrafos poetas y narradores, que solucionadores de problemas políticos y sociales, más mostradores de tradiciones y detalles ancestrales, por ello ajuntadores, que politólogos y productores de discursos académicos.
Es un logro esta pequeña muestra de obras audiovisuales, y lo es, de varias maneras:
El Chucur, dirigido por Jairo Tarapués (Ipiales, 2024, 12 min.)
La fiesta y el ritual de lo sacrificial, lo que se excluye y retira, más allá de los enfoques de moda, pues en el Chucur estos escenarios se recuperan con una técnica audiovisual animada agradable, talentosa, fluida; sobre todo, simbolizando a través de este animalito depredador carnívoro que merodea en las casa de campo, lo diferente, lo extraño, lo que vive al margen, lo que en suma se desprecia porque no se conoce su danza. La hermosura de los muñequitos animados, su colorido carnavalero, los detalles de las prendas, relatan ese deseo de estar en el ritual que soporta la fiesta de la cosecha, entre la potente música ancestral que clama trascendencia; no obstante, es preciso talento, valor y sacrificio; un experimentar la exclusión, el dolor y quizá la muerte. Este oxímoron debe ser leído en la época de la alegría y la juventud eterna, pues ésta solo da cuenta del grupo y etnia a la que se pertenece o cree pertenecer; el narcisismo y la indiferencia es proverbial.
Los detalles del paisaje y la casa como morada del relato familiar y comunal son emblemáticos del sur, aunque el techo (con araña incluida, tejido del tiempo) y el patio, son los ejes simbólicos de mayor visualidad, pues si en el patio acontece la fiesta de la cosecha, esta se almacena en el soberado. Diríase que hay un juego imaginativo, una narrativa entre arriba y abajo. La travesura de un Chucur que duda en serlo, pues no se comporta como tal; desea, en cambio una transformación con tal de prolongarse en la memoria de lo que siempre será, pues el ritual y su danza son vivificadores y, aun a pesar de la muerte, retorna. Por eso la fotografía al final donde la comunidad yace integrada, pues la fiesta carnestólendica es ajuntadora, en varios niveles sociales y existenciales, no excluyente.
(Trailer): https://youtu.be/Fp_jKRUrTBc?si=gLoq8n7Aa5Do4-rI
Esta vida es mía (Aktar Tas An Mal Chilmal), dirigido por Lady Giovanna Vásquez Cuaspa (Colimba Guachucal, 2023, 36 min.)
La recuperación de la memoria ancestral, de sus ritos, mitos, saberes curanderos, los cerros tutelares como el de Colimba que visualmente se repite ensombrecido, con neblina o despejado. En Esta vida es mía, Colimba es una voz interior cosmovisionaria que guía y sana. La joven adolescente trastocada por el modelo de belleza que experimenta en los corrillos y actividades de las adolescentes en las instituciones educativas y de la estética internacional de las pantallas y redes sociales que se cuela en la cotidianidad, tiene que ir en búsqueda de su identidad, sin poder evitar el deseo que la desgarra, pues se debate entre el amor a uno de sus compañeros que se ve atraído por otras chicas, el modelo que la protagonista no puede evitar desear venido de la cosmética global, y el saber y la experiencia local compuesta por mujeres que entorno de la tulpa y el fuego merecen su identidad indígena; hay cierta convicción en sus actos, pero también se lee resignación y rechazo al cambio. Este umbral se vuelve delirio y amenaza para Aura.
El relato se cierra enfocando el cerro tutelar de Colimba que es también el abuelo, el patriarca, el que sana los extraños granos de la piel en los brazos de la protagonista y dirige el camino evitando su suicidio. No en vano, en una habitación de la casa hay un altar al abuelo y se vela su imagen. No obstante, aparece otro personaje en el cerro, una mujer que reza y cuida de Aura, la dirige espiritualmente aun cuando está desmayada, algo así como una escena inconsciente. Esta mujer, más cercana a una representación de la Pachamama, de orden feminista en tanto guardiana también de Colimba, parece disputar el patriarcalismo, o por lo menos, complementarlo. La ambigüedad es inquietante, porque hay más mujeres que hombres en este relato bien contado, con una fotografía meditada, detallista, agradable, y con una actuación acertada, pues la empatía es natural. ¿Queda la interrogación de si las abuelas y las mamás solas no pueden dirigir la ética y estética de sus hijas; y si es preciso el relato tutelar simbólico del padre y/o la intervención de alguna divinidad femenina?
(Trailer) https://www.youtube.com/watch?v=iOYYbDWWHXc
Gran Putismán – Gobernador, dirigido por Yony Alexander Cuatín (Colimba-Guachucal, 2023, 27 min.)
La puesta en escena de la cotidianidad de su historia territorial, de la memoria comunitaria de sus mayores y lideres asesinados, como Laureano Inampués Cuatín, iniciador en la recuperación del territorio. Este líder indígena se reencarna en Laurianito, un gobernador nombrado en el cabildo estudiantil del colegio dentro de la pedagogía organizativa del pueblo, pero al ser tan pequeño y tímido sus compañeros lo rechazan, quizá es la sangre indígena la que no cuadra. La animadversión a lo que somos es un dato para siempre tener en cuenta. El cortometraje narra la intimidación (bullyng) y la denigración de lo indígena frente a lo blanco, lo mestizo, lo urbano, y textualiza audiovisualmente la amenaza que se cierne sobre la cultura indígena si se deja de lado la perspectiva etnoeducativa que debe resonar con la educación en general, a fin de habitan en la diferencia y en el respeto a esa diferencia.
Laurianito cuenta con una familia organizada en torno de la tulpa y el fuego, emblemática nariñense. Sabedores de su tradición y costumbres recurren a esos restos simbólicos (vara cortada por un sabedor, laguna, mochila, ruana que le entrega la abuela, la palabra del abuelo) para fortalecer al niño, pues lo pequeño puede ambicionar lo grande, obtener propósitos comunitarios, darle unidad, sentido. Un cortometraje con personajes entrañables, re-conocibles en la estructura familiar-comunitaria; la actuación medida, natural, diálogos eficaces. Una narrativa lenta, a veces demasiado quizá porque el paisaje lo justifica, pero agradables por cómo se mueven en su territorio. La identidad y el poder para conservarla, es la fuerza de este Gran Pustimán-Gobernador, líder que deberá poner atención al saqueo simbólico y hacer el llamado a la resistencia resignificativa y creativa frente a la cultura industrial, del consumo, de las tecnologías digitales y sus redes en plataformas electrónicas. Se trata de saber qué hacer, comunitariamente hablando, no de negar lo que ya es imposible impedir, pues estamos conectados a la maloca digital del mundo.
(Trailer) https://www.facebook.com/watch/?v=515858074148046