Por:
Arturo Prado Lima
Comandé una guerra irregular, larga y cruenta
por muchísimos años. Es decir, toda mi vida y algo
más. Por supuesto, estas memorias, escritas en los
últimos días de mis tantas muertes, también son irregulares.
Quien las lea no deberá buscar las claves
de mi vida y las del país clandestino que fundé y
goberné, sino todo lo contrario: lo que le falta a esta
historia para que sea completa.
El presidente.
Capítulo 1
Contrario a lo que narra la historia, el acto que más me ha conmovido en la vida, no fue el momento supremo en que me fusilaron contra las frías paredes de mi propia alma, sino el instante soberano en que nuestras Fuerzas Armadas le rindieron honores militares, en calidad de jefe de Estado, a la silla vacía donde yo no estaba. Esos minutos milenarios habían de cambiar para siempre no solo el curso de la guerra, sino también los lazos de amor de Sydalia Arcángel, la mujer que representó mi frente interno de guerra y que perdí, también para siempre, el día que extravió su corazón.
Se me ocurrió escribir estas memorias irregulares al atardecer de uno de los días más importantes del último siglo, cuando, bajo la expectativa de observadores, facilitadores y aduladores de profesión, sonaron los cañonazos protocolarios a propósito del inicio de unos diálogos de paz para poner fin a medio siglo de guerra. A pesar de los altos compromisos con aquel proceso, no asistí a la inauguración oficial. Me limité a ver el evento desde la sala de prensa de la presidencia en compañía de los prisioneros de guerra, a quienes invité para que sepan de la convicción histórica de paz de nuestros hombres y mujeres en armas.
Recuerdo que después de la espera del presidente enemigo, siempre mirando de reojo las encrucijadas que suponían mi ausencia en la inauguración de los diálogos, el mundo escuchó los cañonazos protocolarios y los asistentes se resignaron a ver la silla vacía. Sentí una comezón, leve primero y urgente y contagiosa después, en todo el cuerpo. En ese momento los prisioneros de guerra se apartaron sigilosamente de mí, asustados, no por el espectáculo de la silla donde yo no estaba, sino por las primeras hormigas que empezaron a salir, lentas y perturbadas, por las orejas, los ojos, las narices, la boca, el ombligo y las partes nobles.
Un viejo y recóndito ruido zumbó en el corazón. Era una verdad inequívoca, pero no la realidad de los hechos consumados. Jamás podré explicar esa sensación de turbulencia pegajosa en algunas partes del cuerpo donde nunca había estado antes. Me había sentado en la silla de madera rústica, con el espinazo recto, las piernas firmes y las manos sobre las rodillas, mirando hacia arriba. Vi a una mujer colgando mi propio cuerpo, como si fuera una sábana mojada, en mi última vértebra, y tuve la certeza de que dentro de mi cuerpo, a esa hora definitiva, no había nadie distinto a esa misma mujer extraviada en los laberintos de los órganos vitales. Los pensamientos vagaban en el aire como aves sin rumbo. Yo los miraba a través del humo de cigarrillo de los prisioneros de guerra mientras oía los gritos a rebato ensartados en las muecas de viejas realidades sin desbaratar, al mismo tiempo que sentía cómo las tropas se desintegraban en los espacios nubosos de la conciencia. Todas las fronteras del país clandestino, que era yo mismo, cedían sin remedio al vacío del corazón.
Ordené que no me molestase nadie. Súbitamente, los pensamientos empezaron a pelearse entre ellos, a desfigurarse en focos rojos, a envolverse en nubes azules y a desbaratarse solos. El cielo estaba despejado, el camino sereno y un silencio perfecto cayó sobre el mundo. Alvarado, con su manía de protección, pensó que me estaba durmiendo. Me había visto cerrar los ojos, estirar las piernas, iluminar el rostro y relajar los párpados. Alertó a la guardia presidencial y redistribuyó a los prisioneros. Dijo después a uno de sus comandantes de escuadra que vio en mi cara el rostro del hombre y no del mito, por primera vez invadida de paz y no de guerra. Estaba tan indefenso, que la misma indefensión se convirtió en una barrera de seguridad como nunca la había tenido antes.
Hasta las mismas hormigas que empezaban a devorar las células muertas de los pies con su lengua rapaz quedaron quietas y el viento dejó de batir sus alas sobre el techo. Entonces tuve la sensación cierta de que yo estaba desapareciendo, y conmigo el país clandestino, las Fuerzas Armadas, las fronteras que yo mismo nunca me atreví a traspasar, el dolorcito en el corazón que el enemigo no lo sentía, pero le llamaba país.
Jara Guevara, o Pulecio Ardila, un espía caído en nuestras operaciones especiales en la capital, habrían podido matarme. Pero no podían hacerme daño: yo no estaba dentro de mí, como no estaba en la silla de la mesa de negociaciones. Alvarado me contó después que los prisioneros de guerra se pusieron de pie, en silencio, cuando sonó el Himno Nacional, mirándome de reojo, con el rencor afilado, la compasión debatiéndose entre la rabia y la duda. Aun así permanecí quieto mientras sonaban los cañonazos de rigor para saludar a la silla vacía donde yo no estaba, y cuando uno de mis comandantes leyó lo que yo debía estar leyendo, dándole la bienvenida al enemigo, y cuando el enemigo respondía y me llamaba ante la faz del mundo “comandante”, incluso cuando Sydalia Arcángel espantó algunas de las hormigas que se paseaban por mi frente, permanecí quieto, inmerso en todos los silencios del mundo. No sentí ni oí cuando cayó la toalla a mis pies, que era como mi arma de dotación, el símbolo de nuestra lucha armada.
La guerra, elevada a fuerza mística, y el ateísmo a rango de religión sin Dios desaparecieron, y con ellos yo. La guerra como depositaria de nuestros anhelos por la cual la ejercíamos ya no estaba. Los prisioneros de guerra me ignoraron. Cuando terminó el Himno Nacional y los cañonazos al aire, se tomaron de las manos. Fue el momento supremo de mi silencio. La guardia presidencial también se unió a la cadena de los prisioneros, salió de la presidencia, se fue por las calles, por las iglesias, hasta que llegó a la mesa de negociaciones y el presidente enemigo se cogió de las manos con mis Fuerzas Armadas, y sus ministros con nuestros ministros, y los dos países terminaron en la cadena de sueños. Las campanas se echaron al vuelo.
Era un tiempo turbado por la misma realidad inequívoca. Lo que el mundo entero vio de tiempo presente mientras yo me descolgaba en el vacío de la existencia fue la presencia de mi ausencia en la mesa de honor mientras yo, sentado junto a los prisioneros de guerra, después del grito de paz de las campanas, veía el lado furtivo de mi alma errante sentado en la silla vacante, al tiempo que sentía el grito del corazón dando tumbos entre la silla vacía y la soledad de la guerra. El mundo contempló mis hazañas históricas en el puesto vacío de la silla, precisamente porque la gloria en el fondo debe ser eso, un sitio vacío en el corazón.
Al lado izquierdo del auténtico vacío nacional estaba el otro jefe de Estado, invitado especialmente por mí para discutir una agenda de negociaciones e intentar unificar nuestros territorios, nuestras Fuerzas Armadas, nuestras normas jurídicas y superar de esta manera medio siglo de guerra y quinientos años de estupidez. La agitación nacional dio la vuelta al mundo. Era la primera vez en la historia de siempre que un jefe de Estado en la clandestinidad, invitaba al jefe del otro Estado a sentarse juntos en una mesa. Y la primera vez que lo dejaba plantado y con el desconsuelo de ver la vastedad de nuestras Fuerzas Armadas, el potencial de sus miradas, el músculo de su coraje y el profesionalismo de su respeto a la figura de su comandante en jefe. A falta de mi presencia en la mesa, nuestros hombres y mujeres en armas tuvieron que compartir himno, bandera y escudo, y tuvieron que rendirle honores militares al enemigo. Cuando volví del trance, yo, y conmigo el país entero, supimos que las negociaciones de paz, que aún no comenzaban, habían fracasado estrepitosamente. Jara Guevara lloró y el día se estremeció en mis huesos y me conmovió hasta las lágrimas.
Ni los más experimentados visionarios, historiadores, observadores internacionales, cuerpo diplomático en pleno, periodistas o leguleyos osados, ni los vaticinadores de catástrofes o redentores de almas intuyeron esta acción temeraria de mi vida. Ninguno. Ni siquiera mis biógrafos oficiales. Tampoco Alvarado, mi eterno consejero para asuntos de Estado. Tampoco Sydalia Arcángel, el amor de mi vida. Nadie estuvo esta vez a la altura de mis presentimientos. La verdad es que ni yo mismo. El aire estaba denso a las tres de la tarde, antes del mítico trance. Una pregunta rondaba para entonces la cabeza del mundo: ¿quién en realidad iba a presentarse a la mesa de negociaciones? Si, yo, o el mito de mí mismo. No fue ninguno de los dos.
Para entonces, la leyenda sobre mis hazañas históricas se había separado de mi vida, de mi cuerpo, de mi edad y de mis propias esperanzas y delirios, y andaba sola redimiendo pueblos, azotando aldeas, liberando cautivos y vengando crímenes de lesa humanidad. Marchaba desmantelando bases militares imposibles de franquear para un enemigo común, o ejerciendo el poder legitimado por su presencia histórica en vastas regiones del país legal y, como no podía ser de otra manera, ejerciendo el poder total y soberano del país clandestino de mi corazón.