Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
En el pregrado, bajo las admoniciones versadas de nuestro Director de Seminario de Ciencia Política, el inmolado catedrático y magistrado Manuel Gaona Cruz, fueron febricitantes las broncas dialécticas que nos provocaba Maquiavelo, el florentino que confinado por varios años en su modesta casa rural arregló los tratados de política que hasta ahora mismo siguen suscitando altas temperaturas en el sismógrafo de las ideas y de la moral pública. A partir de ese entonces, de las discusiones con nuestros condiscípulos ya sospechábamos que estábamos ante un gran calumniado. Por lo que parecería exótico haberse ocupado de un personaje aparentemente tan desacreditado en la historia contemporánea cuando lo provocativo era rescatar la teoría y, sobre todo, la práctica de la política, en particular la ética política.
Este casi que anónimo pensador, frío catador de las vicisitudes, de la aprehensión y de la conservación del poder, fabricaba sus cláusulas cargadas, dirigidas directamente al corazón de los tahúres, pero también de los selectos. Paradójicamente no fue un talento maquiavélico. Amén de filósofo, menesteroso pero megalómano, padre cuidadoso de sus hijos, buen esposo, patriota porfiado por la unidad italiana.
Funcionario subalterno de la cancillería florentina, hasta cuando el destino lo puso en el gabinete de César Borgia, duque de Valentinos, hijo del papa Alejandro VI, gonfaloniero que se había tomado a sangre y fuego el mapa de la península. Todos sus estudios, todas sus elucubraciones estallaron en ebullición cuando se encontró con el Borgia, el único que podía ejecutarlas con intrepidez y valentía. No en vano habían de rendirse en el vapor y torbellino del Renacimiento.
El término “maquiavélico” está cargado de connotaciones negativas, pero lo cierto es que el hombre al que se refiere supo entender con gran lucidez -y debido a sus propias malas experiencias- los mecanismos del poder.
Los biógrafos dicen del temperamento glacial y neblino del Borgia, sibilino, disimulado, intrigante y felón, al que le encajaban las premoniciones del secretario que aconsejaba que, para mantener el poder, el príncipe, sobre todo si es un príncipe nuevo, puede “obrar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra el espíritu”. Luis XII de Francia, los de Venecia -elogiaban a César; otros apostrofaron que era una “bellísima traición”; algunos aseguraron que era simplemente un escarmiento a venideros desleales…
Maquiavelo superaba en un lustro de edad y de sabiduría a César, con apenas veintisiete, cuando se encontraron frente a frente. El florentino aprovecharía lujuriosamente esa entrevista comoquiera que todo lo captaba, que todo lo cubría, que todo lo escrutaba desde su catalejo y por eso no dudó en saber que había dado con el prototipo de personaje que quería descubrir y modelar.
Las consignas fulminantes Aut Caesar aut nul/us: César o nada; Alea iacta est: la suerte está echada, copiada del otro Julio César, quien fue más feliz; Fays ce que dais, advien que pourra: haz lo que debais, ocurra lo que ocurra, fatalmente lo llevaron a la ignominiosa perdición.
Muerto su padre, el papa Alejandro, César como un niño cayó en las redes de un antiguo adversario suyo y ahora aliado, Giuliano de la Rovere, Julio II, quien como típico político del renacimiento y digno adversario al fin, le incumplió todos los contratos y lo subastó a los españoles. Pudo escapar hasta Viena y en una acción suicida se arrojó solitario en contra de sus refractarios, quienes lo mataron de veintitrés puñaladas, igual que el otro Julio César de Roma, de quien dijo Suetonio: “Así lo apuñalaron 23 veces”. A este César lo perdió su soberbia, su incesto, su cicatería, divisas que nunca pueden guiar a los políticos.
Al final del día, Maquiavelo se sintió frustrado por su modelo; en sus momentos triunfales. frío, calculador, tenaz, con un gran sentido del tiempo, seductor, taimado, traicionero, rápido en la ejecución, audaz, fuerte, perseverante, misterioso, secreto, -con el veneno y el crimen-, valiente, arrojado, realista, paciente, sin más moral que aquella que sirviese a sus propósitos, eso y más fue lo que Maquiavelo paladeó en César Borgia.
Aquella sentencia de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, dicha por un general prusiano ya la había advertido 500 años antes el florentino. Fue partidario vigoroso de los ejércitos regulares en los estados, como el único medio efectivo en la defensa y en el ataque. En aquellos tiempos estaban a la orden del día esos soldados célebres por su porte y su astucia, los llamados condotieros, que firmaban el convenio de Condotta y quienes “consideraban la guerra como un juego, una ocupación bien paga, sin riesgos. Hay enemigos sólo porque la profesión de soldado exige un adversario. Pero este adversario es un colega, junto con el que se intentará retrasar la próxima guerra”. Guerra mercenaria que Maquiavelo detestó porque él propugnaba por una milicia permanente y estatal. Se le reprocha que no llegó a calibrar la invención de la pólvora, de las armas de fuego, es decir, de la artillería. A pesar de que la única guerra que conoció Maquiavelo en la cual se utilizó la pólvora, fue la de Marignano.
Historiador también lo fue. La Historia de Florencia se emparienta con El Príncipe. Pudiera decirse que fue el precursor de la historiografía, concertando la cronología con la geografía, con la religión, con la psicología, totalmente desconocidas en el siglo XVI. No empecé, contemporáneo del descubrimiento de América como lo fue, no lo acalambró aquella hazaña del renacimiento. Así se lo reprochó Germán Arciniegas.
“El Príncipe” fue su Magnus Opus. Caído en desgracia con los Médicis, se refugió en su casa rural y allí, en dos meses, se ocupó en redactar y compilar bases y principios útiles para los gobernantes, para conseguir el poder, conservarlo y acrecentarlo. Y se lo dedicó a Lorenzo de Médicis, quien no lo leyó. A decir verdad, ninguno de sus contemporáneos lo leyó. Cual García Márquez que se uniformaba de overol para oficiar de escritor, Maquiavelo confiesa que “al anochecer vuelvo a casa y me dirijo a mi escritorio; y quitándome a su puerta mis rústicas prendas, manchadas de barro y cieno, visto indumento cortesano; y así, adecuadamente ataviado, entro en las antiguas Cortes de los antiguos y, recibido por ellos cordialmente, nútrome de los manjares realmente míos y para los que nací, y no me avergüenzo de departir con ellos e indagar los motivos de sus actos; y esos hombres, en su humanidad, me contestan, y por espacio de cuatro horas no siento cansancio, ni recuerdo congoja, ni temo ya la pobreza, ni me aterra la muerte; todo mi ser queda absorto en ellos. Y, pues Dante dice que no podría haber ciencia si no se retuviere lo que se oye, he anotado lo que aprendí conversando con esos dignos personajes y compuesto el opúsculo De principatibus”.
No obstante, se sabe que su santidad el papa Sixto V hizo un sumario de El Príncipe. Que el emperador Carlos y don Felipe II lo mantenían en sus mesas de noche o de trabajo. Que Enrique III y Enrique IV llevaban sendos ejemplares en sus bolsillos cuando uno y otro, sin saberlo, acudieron a cumplir sus infaustas citas con la muerte. Desde Rousseau, quien postuló El Príncipe como el libro de los republicanos, toda la cultura del XVII, el Risorgimento italiano lo proclama iconoclasta pero perdurable. Cavour lo reconoce como maestro. Y los hombres que se levantan de la masa al poder … también esos hombres sienten la chispa de la virtud, que les une a los florentinos. Tácito -dijo Napoleón- ha escrito solo novelas, y anotaba continuamente el opúsculo de Maquiavelo, de manera que sus observaciones dan testimonio de su propia concepción de las cosas de la política y del gobierno del imperio y del mundo. Y Lenin lo recomienda a sus fieles como el veneno contra la estupidez.
La polémica vendría cuando teólogos y políticos advirtieron que el texto se consumía ávidamente, contenía genialidades y los gobernantes obedecían sus edictos. Y fue escarmentado El Príncipe porque se apuntalaba en acontecimientos puntuales, que eran verdaderos precedentes para los practicantes del servicio público.
Texto repleto de pragmatismo y al mismo tiempo pudoroso. Se ha dicho que en lo internacional no es reprochable la doble moral. Lo que es execrable en la conducta individual, es admisible en la conducta de los Estados. Estos pueden mentir, espiar, engañar, matar inclusive, cuando de su seguridad o de sus intereses se trata. Mientras el derecho internacional sea apenas un catálogo de ruegos piadosos serán inexcusables las recomendaciones de Maquiavelo. Y en el terreno doméstico, el florentino solo dijo lo que veía, aquello que les había facilitado el éxito a los gobernantes de antes y de su época. Maquiavelo espetó que todos los hombres son iguales en todos los tiempos. Los más ávidos, maliciosos o perspicaces, seguramente saben de memoria las más resonantes o escandalosas de sus afirmaciones: “En política y en diplomacia es lícito algunas veces mentir”. “Es digno de elogio quien en la guerra engaña al adversario”. “En un estado en desorden se debe usar la fuerza, la violencia y hasta el engaño para ponerlo en condiciones normales”. “El Príncipe que no conoce los males sino cuando ya son incurables, no es verdaderamente sabio”.
Pero para penetrar su pensamiento no basta leer El Príncipe, es necesario ver también los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio. Esta obra más extensa y mejor diseñada, no escrita de prisa, presenta el republicanismo civil de Maquiavelo. “El pueblo es menos ingrato…, más prudente, más estable y tiene mejor juicio que un príncipe” (Disc. I, 58). “Se ve por experiencia que las ciudades nunca aumentan su dominio ni su riqueza sino cuando viven en libertad” (Disc. II,2). Jordi Solé Tura resume así la idea central de Maquiavelo: “Hay que apoyarse en los sectores urbanos más dinámicos, en un campesinado liberado de la tiranía de los nobles…, hay que combinar el monopolio de la fuerza con la organización del consentimiento de los gobernados”.
Consolidar la separación de teología y política la inicia Marsilio de Padua (1290-1342) con su célebre obra El Defensor de la Paz, la completa Maquiavelo y se asume como conquista universal cuando se acepta que es absolutamente normal la separación de la Iglesia y el Estado. Con alusiones a Aristóteles y Cicerón, fundan la soberanía de la ciudad-reino-imperio sobre bases humanas y racionales y excluyen de ella a la Iglesia como fuente, mediación o legitimación del poder. Sin embargo, más adelante se clarificará que en el seno del Estado laico se garantiza plenamente la libertad religiosa y el derecho de los creyentes como ciudadanos a incidir en la vida pública.
Agudamente se ha observado que tanto Marsilio como Nicolás, cada uno en su tiempo, se fijan en las consecuencias desastrosas de que no haya paz. “Lo más significativo del llamado a liberar a Italia de los bárbaros no es la nostalgia del pasado romano, sino la apelación al Defensor, al que los dos escritores dedican sendas obras: al muy ínclito Luis de Baviera y al Magnífico Lorenzo de Médicis. Les exhortan a que acometan la empresa justa de imponer, de una vez por todas, la tan esperada paz, frente a los usurpadores, opresores o barbaros”. La usencia de paz es la gran motivación de Marsilio y Nicolás, que para hacerla posible consideran que es preciso superar la “doctrina de las dos espadas” y centralizar la vida civil. El paduano piensa en la paz hacia adentro, el florentino en la paz hacia afuera.
Fue el precursor de lo que hoy es toda una especialización: la Geopolítica. Admiró a Mahoma, porque los más altos políticos -para él- son los que logran poner a la religión al servicio de su causa. Admiró a Fernando El Católico -y algunos dicen que éste y no el Borgia fue su modelo- porque supo darles un precio religioso a sus campañas y objetivos. Admiró al papa Alejandro VI, hombre perfecto en el engaño. Admiró a Francesco Sforza, que llegó al trono de Milán mezclando las amenazas con la diplomacia y la habilidad. Sin menoscabo de su modelo César Borgia.
Algunos de los despabilados discípulos de Maquiavelo piensan que aconsejaba mentir, ser cruel y fingirlo todo para engañar a los súbditos, a los partidarios y a los enemigos y ganar así todas las victorias políticas coronándolas con la conquista y el mantenimiento del poder.
Esa versión de Maquiavelo, conduce a pensar que Nicolás era enemigo de la moral, de la religión y de la justicia. Los políticos creen ordinariamente que deben pensar y comportarse así.
Pero la mayoría de los políticos no han leído y menos comprendido a Maquiavelo, comoquiera que “jamás ha habido un nombre menos maquiavélico que Maquiavelo, quien dijo siempre todo lo que quería decir. Y por lo tanto no aciertan a entender que para prevalecer en un mundo de políticos “maquiavélicos”, para desconcertarlos, se debe ser al revés suyo, no fingiendo nada ni engañando a nadie. Se precisa captar la moral, la lealtad y la justicia, mostrando con las palabras y los actos, la realidad de los pensamientos y las cosas. Hay que ser antimaquiavélicos, como se preciaba ser Federico El Grande, autor de El AntiMaquiavelo, manuscrito en grandes volúmenes que se conservan en las bibliotecas de Potsdam.
Si el bien es deseable para los individuos, adquiere un carácter precioso cuando interesa al pueblo y al Estado. Por eso la política, que es igualmente la más importante de las ciencias y comprende a las más picudas, como son por ejemplo la ciencia militar, la economía, el derecho y la retórica, utiliza a las demás y realiza también sus fines, de manera que su punto será el bien supremo del hombre y de la sociedad.
En una República ordenada, disciplinada, estable, libre, feliz y próspera, gobernada por el tranquilo imperio de instituciones bien afirmadas, podría explicarse la existencia de la presunta “clase política’: formada por los servidores del Estado, los activistas de los partidos, los funcionarios de la administración, todos ellos determinados por normas y costumbres precisas. En ese caso se podría hablar, con razón, no solo de la “clase política’: sino de la “carrera política”, a la cual podrían ingresar quienes tuviesen las calidades necesarias para el servicio público.
En una República de esa especie resultaría no solo legítimo, sino gracioso y estimulante, que los miembros de “la clase política” librasen, entre ellos solos, las diversas competencias y luchas por el poder, por los honores, las dignidades y las preeminencias, ofreciendo al público sus calidades, su inteligencia, sus virtudes, sus fórmulas para el mejor desarrollo, la conservación y el progreso de la comunidad.
En una democracia como la nuestra, desordenada, descuadernada, incestuosa, pervertida, corrupta -hablo de todo el siglo XIX, el siglo XX y lo que va del XXI-, el espectáculo de los oficiantes de “la clase política”, entregados a la concupiscencia del ejercicio burocrático y político las dignidades del Estado y por la “conquista del poder” y de las canonjías, posiciones y honores que la democracia concede, resulta patético.