Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
Hay una afinada y sospechosa sintonía entre aquellos escritores que hurgan en la razón y en la sinrazón de la gesta independentista y de su epónimo caudillo; unos coetáneos casi del Libertador; otros sucedáneos y otros, contemporáneos nuestros.
Sin menoscabo del imprescindible Carlos Marx entre otros escribas como el caraqueño José Domingo Díaz, un Villanueva, Hippisley o Ducoudray Holstein, no menos corrosivos y delirantes. El peruano Ricardo Palma provocó una sonada y continental polémica por sus audaces revelaciones sobre las violentas muertes de Bernardo Monteagudo y José Sánchez Carrión, que comprometían al mismísimo Simón Bolívar. Al final del día, el abultado ensayo de Salvador de Madariaga no es tan denigrante como el del pastuso; y lo alcanza a certificar como “la figura más grande del continente americano”.
El coruñés supo de “la indiada pastusa” por Sañudo y por seguir al pastuso cayó en el dislate de repetir de que “nadie recibió en Santafé a Bolívar el 10 de agosto de 1819”, después de la batalla de Boyacá, cuando el propio abanderado Espinosa, testigo presencial, dijo en sus memorias que el ingreso del radiante Bolívar “llenó de extraordinario júbilo a toda la población”. Palma y Madariaga y Evelio Rosero, también pastuso y disidente tuvieron que ver con Sañudo, el uno como mentor, los otros como gregarios.
Sañudo, copiando a Palma, dijo que Choquehuanca era cura, siendo que quien hizo la proclama en el Distrito de Pucará, provincia de Lampa, fue José Domingo Choquehuanca (1789-1854) doctor de la Universidad de Chuquisaca, político, incluso Ministro de Instrucción que lo nombró el presidente Ramón Castilla; hijo extramatrimonial o fruto sacrílego, “de dañado y punible ayuntamiento (como rezaba el código civil) del consabido cura indio José Gregorio, sindicado por muchos autores y por luengos años de ser el perorador de marras, concebido en la cacica María León Tupay Amaru”.
El pastuso José Rafael Sañudo, tan puntilloso y quisquilloso, así lo admitió y divulgó como corista que fue de don Ricardo Palma en todo su antibolivarismo. Entrambos hablaron del “cura de Pucará”, siguiendo una tradición equívoca. Y fue ese paisano nuestro quien con ferocidad patológica arremetió en contra de Bolívar, con la perversa intención de estrangular al Héroe pérfidamente, sin concederle un respiro, convirtiendo en sanguinario lo políticamente inevitable, en ambición pueril lo que Latinoamérica urgía y que aún hoy es un imperativo y un apremio.
Afortunadamente Luis Eduardo Nieto Caballero, Quijano Guerrero, Sergio Elías Ortiz, Edgar y Julián Bastidas Urresty, Saavedra Galindo, Guillermo Segovia y Zúñiga Erazo, entre otros y entre nosotros, en su momento han desbaratado la falacidad de Sañudo y sitiaron la nueva y horrorosa conjura.
Menester ha sido zambullirnos en los manuscritos del profesor Sañudo -ahora que se celebran los cien años de su más polémico material- para ver de auscultar su resentimiento. Además de sus trabajos sobre Filosofía y Derecho y sus “Estudios sobre la Vida de Bolívar”, Sañudo avanza en la historia de su ciudad natal, a la cual dedica 4 tomos. “La Conquista”, desde el descubrimiento del Perú 1526, hasta la muerte de Felipe II (1598); “La Colonia”, bajo la Casa de los Austrias, publicada hacia 1939; “la Colonia Bajo la Casa de los Borbones”, publicada en 1940. Quedó inédita la Parte IV, La Independencia, 1808-1832, que es la que acá nos interesa.
No deja de ser inédito, primitivo, cáustico, imprevisible el historiador pastuso: “El 27 de junio del 18 se publicaron las victorias de Morillo, de que había dado noticia desde su cuartel de Valencia a principios de mayo; pues es cierto que la revolución estaba vencida ese año de 1818, y que sin la insurrección de Riego y Quiroga, por varios años, se hubiera retardado la Independencia” (p.62) Dígase de una vez que la rebelión en Cabezas de Vaca fue de 1820, varios meses después de la victoria de Boyacá.
Obsérvese que solapadamente, el autor soslaya el año 19, que fue el que estuvo cargado de “noticias gordas” y favorables a la Independencia: los dos pronunciamientos constitucionales de Angostura y las flamantes batallas de Pienta, Pantano de Vargas y Boyacá.
En otro arrebato de regalismo dice Sañudo que: “Desde la mitad del año 16 hasta la del 19, por las victorias del realismo, hubo alguna calma en la ciudad que le permitió reponerse de las fatigas de la guerra, algún tanto, pero al final del último viniéronle más calamidades, que bien puede decirse con toda exactitud, que entonces fue la patria boba, pues muchos individuos por el atraso de la desdichada época, en la Colombia grande, inconscientes, coadyuvaron a los planes ambiciosos y libertinaje del Libertador” (p.67).
Siguiendo su narrativa antiindependentista y antibolivariana dice que “un suceso importante mientras tanto aconteció: que Riego y Quiroga, jefe de la expedición que el rey mandaba a América en auxilio, se insurreccionaron con las tropas en Cabeza de San Juan, en enero de 1820, lo cual en mayo se supo en Bogotá; no esperando auxilios de España varias ciudades como antes dijimos y pueblos y ejércitos realistas con sus jefes se hicieron republicanos, cambiando la faz de la guerra de la Independencia. Pero Bolívar que estaba acorralado por las victorias de Morillo en 1818, que, salvo el asalto de Boyacá, si bien de sí poco importante, tuvo resultas muy favorables para su causa, porque gran parte de Colombia quedó independiente, tuvo hecha la Independencia, sin eficaz calor de su parte, pues lo real quedó desde entonces abatido, hasta el extremo que bien razono al decir que Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho los habría ganado cualquier jefe republicano aún inepto” (p. 80).
“Por efecto de la revolución de Riego, se proclamó la Constitución de Cádiz abolida, y se dividen los realistas en absolutistas y constitucionalistas, siendo causa esta división de mayor flaqueza. El Rey, el 12 de marzo tuvo que jurarla, el 22 convocó las Cortes y ordenó que entren en tratos con los republicanos que fue reconocerles beligerancia y dio por resultado las vistas del invicto Morillo y de Bolívar, que la llamó comedia diplomática”.
“Hasta aquí, en este tiempo, sin muchos afanes y desgracias se han contado, puede decirse empero que constituye la historia épica de Pasto, por sus múltiples victorias, pero los años siguientes, un período de horrores principalmente por la pereza del carácter de Bolívar, que solía querer satisfacer su desaforada ambición y crueldad, a quien nuestros mayores no tuvieron sino la inocente venganza de llamarlo el zambo Bolívar, apoyado en su físico que a la verdad tenía la apariencia de mulato, sino era en realidad, y por algunos de sus subalternos que no tenían ley con la humanidad ni el temor” (p. 113).
No sin antes el autor pastuso haber despotricado de Manuelita Sáenz, a quien llamó “desvergonzada, a la que las señoras de Pasto, llamaban marimacho, de que se quejó a Bolívar, quien riéndose respondióla que él sabía no serlo”. Y también el irreductible fiscal antibolivariano, parece que la conoció: “Sobre su conducta licenciosa, basta sólo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz, esposa del inglés Thorne; por cuyo suceso dice Palma, sus generales tenían que agachar la cabeza, y hasta Córdoba, hubo de ser conductor desde Lima, de esa mujer”. Repárese que Evelio Rosero dice que ni lejos Sañudo se metió con la vida privada del caudillo y de su mujer.
El célibe Sañudo ignoraba deliberadamente la historia de Roma. De Napoleón. O la misma del Vaticano y la saga de los Borgia. El inquisidor pastuso no entendía que el amor anestesia, baja las defensas, si hablamos de pandemias. O si no que repare en Santander -a quien no reprocha nada- sacudiendo en vilo al doctor Márquez, en casa de la favorita de entrambos, episodio o culebrón que dizque es el origen de nuestros partidos políticos.
Ni modo que para Sañudo, “Bolívar hombre fatídico”, no haya sufrido la consabida conspiración: “por lo que la noche del 25 de septiembre, que lejos de ser nefanda como historiadores sin criterio apellidan, constituye una página más gloriosa de la historia de Colombia, en que varios jóvenes como Ospina y Márquez, que después de 1843 fueron cabezas del conservatismo, González y Acevedo Gómez del Liberalismo, contando con la simpatía de la mayor parte de Bogotá, sobre todo de las mujeres; pues el desamor de éstas a Bolívar, afirma en 1830 el obispo Talavera, se conjuraron contra la dictadura; más por hado funesto abortó la conjuración y dio lugar a que Bolívar hiciera asesinatos”.
Sañudo declaró enfáticamente su admiración a Santander, véase la revista Amerindia (Número 4, 1953) Siendo que cuando Santander tuvo que castigar una conspiración contra él en 1833 los juicios sumarios y ejecuciones hacen saltar de zozobra las páginas de la república. Véase igualmente en este capítulo el trabajo que al limón hicimos con el académico Edgar Bastidas Urresty cuando publicamos “Dos Visiones sobre Bolívar” (1997). Y repárese igualmente en la teoría de la expiación tan favorecida por el filósofo pastuso.
Para proseguir el piélago de inexactitudes de Sañudo, dígase de una vez que NI MUJERES (A NO SER MANUELITA) NI ACEVEDO GOMEZ NI MARQUEZ FUERON PARRICIDAS, es decir no fueron septembrinos.
Sañudo se lisonjea también de su propia teoría de la expiación, diremos, que le permite conjeturar que hubo justicia divina en el crimen de Sucre y de Obando, que perecieron asesinados por sus émulos, pero en todo reivindicando todos los males que perpetraron a los pastusos en la independencia. Incluso Bolívar desterrado de Venezuela, su patria, y de la Nueva Granada. Paradójicamente, y a pesar de Sañudo tan católico y prorromano, el Libertador murió designado Plenipotenciario ante la Santa Sede, enviado allá por el gobierno de Bolivia. Y con un millón de pesos que le había decretado el Congreso de Lima y que finalmente se lo robaron los Guzmán de Caracas. Quito también prometía su asilo.
Precísese que, desde las aulas universitarias, en el periódico “El Estudiante”, Sergio Elías Ortiz desconceptúalo: “No sólo nos proponemos refutar esta desgraciada obra, sino también las omisiones en que incurre … ha gastado más de 20 años en fabricar su obra sobre Bolívar, ignorando las fuentes históricas, ¿o es que ha procedido con mala fe histórica?
Años después, en 1950, un joven y diserto académico e historiador esclarecido y crítico, también rectificó a Sañudo. Fue Alberto Quijano Guerrero, quien colocó los pedestales en su justo lugar: “Sañudo, fruto estrictamente autónomo de las breñas andinas y descendiente de aquellos fieros varones que experimentaron en carne viva las momentáneas crueldades del coloso, quebrantó el tradicional rito de la idolatría al forjador de nuestra libertad geográfica y se irguió en gesto de soberana soberbia para vapulearlo en los instantes de su flaqueza”.
“Ocurre sin embargo que la conciencia universal, magistrado supremo de la causa, ya ha dictado su veredicto absolutorio a favor de Bolívar, porque las virtudes fueron superiores a las faltas. Y esto, como en todos los procesos históricos, las tremendas incriminaciones de Sañudo sólo han servido para hacer más humana la misión de la justicia y para inmortalizar al reo, ahora tres veces grande por la incomprensión, en el sacrificio y en la gloria”.
Hace muy poco el incansable biógrafo de nuestros próceres, el payanés Gustavo Otero Paz dijo que los mentados “Estudios” de Sañudo “son un panfleto terriblemente mal escrito”, “una diatriba con un odio histórico”.
El célebre cuencano Remigio Crespo Toral: “En Estudios de la vida de Bolívar, se esparce el cálido ambiente de celo patriótico, de la patria grande y de la patria pequeñita: de Nueva Granada, de Pasto. Se muestra alta predilección por la austera figura de Nariño, ensaya justificar en todo a Santander, fundador en parte de la disidencia política que nos ha roto a todos los hispanoamericanos para reducirnos a los átomos de la dispersión” (…) “La fortaleza de ese pueblo que se prolongó hasta los últimos días de la guerra, exigía el empleo de medidas de rigor que quebrantasen su temeridad”.
Obando escribió después de Bomboná: “Ambos perdieron; los españoles el campo y los patriotas el ejército”. “La áspera topografía de Pasto imponía el ineludible empleo de represiones tales que quebrantasen la temeridad bravía de aquellos montesinos, a quienes la naturaleza dio por territorio una ciudadela murada de rocas y defendida por pozos y abismos”.
Bolívar, Sucre, Flórez o el mismo Obando –convertido a la República- hubieron de ensayar el terror contra de guerrilleros indómitos; y ni aquello produjo eficacia, pues el desafío perduró hasta el fin, prolongándose hasta 1829 en conflagración con los invasores del Perú. Bolívar casi vencido, que intentó y ansió dirigir el torneo de Pichincha, hubo de resignarse, por veto armado de Pasto, a esperar un tardío avance hacia Quito, dando la postrera acometida a Agualongo –después de Boves- el más formidable realista americano. Las retaliaciones de Pasto no fueron como las duplica y agiganta la parcialidad regionalista y el testimonio de coetáneos, recusable por motivo de la inclemencia guerrera. Ya se ha leído el informe del obispo de Popayán: y recuérdese la gentileza de don Basilio García, que hizo honor a Bolívar.
Esta condujo –por lógica de los hechos- a lamentables extravíos; pero se explica la desesperación de los libertadores en un pueblo rebelde hasta el delirio, colocado entre las almenas gigantescas y las hoyas profundas del Juanambú y el Guáitara; desesperación que produjo desequilibrio moral, con el que prevaleció en ocasiones la ferocidad del instinto.
El Libertador, honró el heroísmo de Pasto, capitulando con esta ciudad, como no había capitulado con otra alguna, rindiendo homenaje a sus creencias y respetando su simpatía por la institución real. Guillermo Segovia, autor de ‘Nariño Pueblo rebelde y bravío’, ¡Viva el Carnaval! y ‘¿Qué nos dejó el Bicentenario?’, quien en reseña del libro –“La carroza de Bolívar”, de Evelio- advierte: “Pasto, en verdad, tiene mucho que lamentar de la presencia del ejército libertador -e incluso de la República- tal como se narra en palabras de Sañudo -a quien el autor apela como fuente- y en las propias de Rosero, sobre la base algunos hechos ciertos, como la Navidad Negra de 1822, cuando Pasto sangró a manos de Sucre por orden de Bolívar … Bolívar como ser humano tuvo defectos y desatinos y sobre la Independencia caben distintas valoraciones. Pero mucho va de ello a reducir esa colosal obra y su artífice a una sucesión de episodios signados por el oportunismo, la insania, el crimen y la mentira, interpretados en forma sesgada con la lenta de una moralidad arcaica como la de Sañudo, no obstante, su solvencia intelectual…”
Y el 20 de julio de 1884, Luciano Herrera en el “Correo de Pasto”: “Los tiempos pasan y con ellos las generaciones, las costumbres y hasta las ideas. Pasto, la muy noble y muy leal ciudad de los Reyes Católicos, que ayer tuvo la desgracia de combatir a Bolívar, por circunstancias de una excepcional época, no podía menos que tomar activísima parte en la apoteosis del Libertador como elocuente prueba de su leal conversión; preocupaciones, temores y engaños, todo se precipita en el abismo del tiempo, como las corrientes de los ríos en los antros insondables del Océano”.
En lo que tiene que ver con sus calumnias en contra de Bolívar por lo de Miranda, los autores salen verídicos en enjuiciar el comportamiento de Francisco Miranda, desde cuando llegó por invitación de Bolívar hasta el final, cuando negocia una fatal capitulación con Monteverde, habiendo arrimado ya el botín de la concusión en una goleta surta en el puerto de La Guaira. En ese julio de 1812 se apagó la estrella del precursor y fue a dar con sus huesos a La Carrara. Era una verdadera traición y Bolívar con su oficialidad así la juzgó y condenó.
Eduardo Zúñiga, en un enjundioso ensayo, reprende severamente al autor pastuso José Rafael Sañudo cuando tergiversa que: “Dormía aún Miranda; pero llamado a las 3 a.m. se presentó confiado a sus oficiales y entonces Bolívar le intimó se diese preso con voz recia; y cuando entregó su espada fue conducido a la fortaleza San Carlos a órdenes de Monteverde, de allí el 21 de agosto a Puerto Cabello y luego encerrado en una prisión de Cádiz. Casas se puso al servicio del realismo y Bolívar, merced al pasaporte que le concedió Monteverde se vino a Nueva Granada”. Pero Bolívar le replicó desde ultratumba: “Yo arresté a Miranda por traicionar a nuestro país y no para servir al rey”.
Arremete justicieramente Zúñiga: “Sañudo de estirpe conservadora y realista, autor del más virulento escrito contra Simón Bolívar, contrario a los ideales independentistas por considerar que el inmaculado espíritu católico de Pasto no podía tolerar se quebrantara la obediencia debida al rey por su origen divino y no se podía transgredir el juramento de fidelidad hecho al monarca”, cuando la traición de Miranda lo hace cabecilla de la captura merced a un futuro pasaporte realista, tergiversación la llama llanamente Zúñiga. Y José Manuel Restrepo dice que “la intención de Bolívar era ponerse a la cabeza de los patriotas reunidos en La Guaira y principiar la reacción contra los realistas”. No como calumnia Sañudo
Ernesto Vela Angulo, siempre polémico, heterodoxo, contestatario nato, adobado de un espíritu ecuménico y burlón que lo divorciaba de los báculos insoportables. Ha poco de su muerte, era zaherido por sus intencionales, pero ya inocentes invectivas picarescas y urticantes deslizadas en la revista de la UDENAR, o en “Cultura Nariñense”, o en “Memorias del Sur”, o en nuestro periódico Nueva Frontera. Con Agualongo y Sañudo barajaba jugosamente su “realismo mágico”. Del filósofo solía repetir que representó la reacción de Pasto contra la independencia y la libertad. Independencia no sólo política. “Ese modo de pensar influyó tremendamente en Nariño. ¿Nuestro territorio había sido maltratado durante el siglo 19, pero por culpa de quién? De los propios pastusos. Se encargaron de enaltecer lo realista. El departamento es realista hasta ahora”. Y del magno guerrillero: “Agualongo prefiere a sus viejos amos y desprecia olímpicamente a los criollos, encarnando el tipo clásico del reaccionario de su tiempo y de enemigo apasionado de la causa de la independencia”. A lo que ripostaban sus contradictores que EVA aparece “aduciendo grandes mentiras, sobre Pasto, como una ciudad oscurantista y reaccionaria que se opuso a la independencia, a la libertad, sin que se haga un análisis de las circunstancias y condiciones que vivía Pasto y su gente”.
Igualmente reprochaban a EVA que haya recordado que al departamento de Nariño “se quería ponerle por nombre el Departamento del Corazón de Jesús”, como si no hubiera cierto que le quisieron bautizar con el de su beatísima madre, “la Inmaculada Concepción”. Con razón Julián Bastidas Urresty, en un reciente y espléndido libro, recuerda que Humboldt sentenció que “en Pasto, Quito, Perú, los indios han cambiado un excelente gobierno como el de los incas, por un miserable: el español”. Y dice Julián: “A pesar de las constataciones de Humboldt, algunos historiadores aseguran hoy que los habitantes de Pasto vivían felices con Fernando VII, razón por la que se resistieron a la independencia de España”.
Sólo para abrir el debate sobre las causas del atentado en contra de Bolívar: en un esclarecedor, aunque desconocido ensayo intitulado “Razones socio-económicas de la conspiración de septiembre contra el Libertador”, Biblioteca Venezolana de Historia, 1968, p. 27 ss., entre otras causas, Indalecio Liévano Aguirre atribuye a la campaña para acabar con los resguardos el móvil del atentado. Mariano Ospina Rodríguez uno de los conjurados, atacaba el empeño del Libertador dirigido a revocar la norma de eliminación de los resguardos que ordenó la Constitución de Cúcuta. Ospina descendía del titular de la poderosa encomienda de Guadalupe.
Y es que Miguel de Pombo –junto con el federalismo de Filadelfia- propuso desde 1810 la eliminación de los resguardos de indígenas. Lo lograron teóricamente en Cúcuta 1821, y en la práctica en 1832. Con el general López en 1850, todas las tierras quedaron en comercio libre. El efecto natural de esta medida –dijo Luis Ospina Vásquez- fue el pronto paso de las tierras repartidas de manos de los indígenas a las de los hacendados y capitalistas blancos o asimilados a tales. Ocurrió un fenómeno de proletarización en el sector rural a escala nunca vista en el país. Los nuevos proletarios dieron brazos baratos a los cultivadores de tabaco y a los hacendados capitalistas del interior”.
Lo mismo ocurrió con los ejidos o tierras comunales alrededor de los municipios que permitían su subsistencia a las gentes pobres. Por lo menos y para evitar este despojo, Ipiales no tuvo ejido. Los resguardos eran terrenos adjudicados colectivamente a los indígenas. Su fin era el preservar la vida comunal de las tribus, darles protección y autonomía.
Bolívar era opuesto también al libre cambio. El primero de agosto de 1829 prohibió la importación de textiles al Ecuador. Toda la élite (“la fronda aristocrática”) grancolombiana estuvo de acuerdo en la eliminación de los resguardos, de los ejidos, de los mayorazgos, del estanco, del proteccionismo. Eso significaba la eliminación del Estado. Y de Bolívar.
Insuperable la unción bolivariana. Rescata la promoción y vanguardia que ejerció Bolívar en temas como la anfictionía, el arbitraje, el uti possidetis, el rechazo a la corona y, por ende, su amor indeclinable a la organización democrática. Todos fueron robustos pilares del derecho internacional americano que de su mente y su mano surgían del caos histórico.
Todas las mociones de corona fueron adversadas por el Libertador, que inclusive abortó y prohibió cualquier emprendimiento de sus funcionarios o sus amigos calamitosos. Su ánima revolucionaria de tan largo peregrinaje no podía flaquear ahora cuando era urgente darle aliento democrático a la construcción de los nuevos países. Por otra parte, Bolívar sospechaba de la lealtad de todas estas propuestas. Provenían de personajes resbalosos y proteicos que lo mismo se abrazaban al federalismo que al monarquismo que al bonapartismo que al centralismo que al anarquismo.
Bolívar, como se sabe, era partidario de un régimen autoritario, pero, ¿estaba dispuesto ahora a volver al ideal monárquico que él había combatido tan encarnizadamente cuatro años antes?
El calumniado proyecto de constitución para Bolivia hace muchos años ha venido siendo reivindicado favorablemente al Libertador. Era una constitución pensada únicamente para ese nuevo país del Alto Perú. Su rigurosa lectura destila la preferencia bolivariana por los sistemas mixtos de gobierno en los que afloran instituciones combinadas de democracia, aristocracia y monarquía. Ese pensamiento se había estructurado desde la cátedra de Santo Tomás. La idea de un poder moral, tan decisivamente defendida por Bolívar fue después bandera de Augusto Comte. Leopoldo Uprimny fue el primero en reinterpretarla apologéticamente, y Oscar Alarcón también comprobó que era a favor de los esclavos y los indios, por ello mismo calumniada. Y Tulio Enrique Tascón y Carlos Lozano y Lozano, igualmente.
Constituía para Bolívar lo único posible para buscar la estabilidad y lograr el tránsito de la monarquía absoluta a la democracia andina. Alta filosofía política que fue saboteada por los santanderistas alegando sospechas absolutistas. Las mismas que provocaron, diez años después, cuando Santander ejercía el mando absoluto, que los liberales moderados y la minoría bolivariana reinstalaran el talante civilista con el magistrado José Ignacio de Márquez. La historia como implacable péndulo.
Los menos autorizados para escandalizarse por la Constitución boliviana han debido ser los santanderistas pues que el propio Santander, en mensaje del 21 de abril de 1826, le declara: “Desde ahora estoy de acuerdo en que la Constitución es liberal y popular, fuerte y vigorosa”. Y el 19 de julio: “Su discurso preliminar a la Constitución boliviana ha sido aplaudido universalmente como obra maestra de la elocuencia, de ingenio, del liberalismo y de saber. El primer capítulo que sirve de introducción al discurso nos ha parecido lo sublime de la elocuencia. El capítulo sobre la religión es divino. El de la monarquía es digno sólo de la gloria de usted. Espere infinitos aplausos de la pluma de los liberales de Europa”.
Pues que Bolívar tuvo una audaz y genial concepción espacial del continente. Había superado fronteras y regiones con una vocación integracionista y supranacional. No en vano dominó y unificó un teatro de operaciones de cerca de 8.000 ha, extensión casi igual a la de Europa. Por eso quería una gran nación continental para no sucumbir ante la Santa Alianza. Pero América bolivariana nunca ha podido sumarse para tener una presencia propia en el concierto internacional y ha carecido de un peso específico para imponer sus convicciones y necesidades apremiantes. Sus integrantes más han porfiado por favorecer poderes extraños, intra y extracontinentales, para alcanzar ventajas aisladas gracias a su nefasta disidencia e insolidaridad. Por ello es que la aspiración del Libertador sigue intacta y pendiente como un apremio y un reproche vigoroso a nuestros pueblos y gobernantes.
Germán Arciniegas, el estudiante de la mesa redonda, cuando fue a conocer a Sañudo, en Pasto, en julio del 38, en compañía del electo Eduardo Santos y del imprescindible LENC, lo interpretó: “Todavía cuando leo la Historia de Pasto de Sañudo, llena de recovecos eruditos, empedrada de datos minuciosos, riquísima en informaciones que están metidas dentro de su prosa apretada, litigiosa, imagen de las meticulosidades y complicaciones de su ser, tengo la impresión de que lo veo y le oigo. El señor Sañudo era un hombre sincero, fiel. No usaba de su inteligencia para escribir. Escribía directamente con su conciencia, y su conciencia era una obra de arte. Tenía que defenderla contra las emboscadas del subconsciente. Tenía que ponerla a flotar por encima de todas las cosas de este siglo, que son malísimas. Sañudo no era un autor, era un drama. Y cuando soplaba la vela y hundía la cabeza entre las cobijas, todavía la sombra de Bolívar se le metía en la imaginación para robarle el sueño”.
Pero a los paisanos de Sañudo no les gustó la escobillada escolástica y Francisco Alvarez Pérez, en “Amerindia” #14 de 1953, apostrofó que “Arciniegas por amor a Bolívar, quiere poner en ridículo al doctor Sañudo”. ¡Pero si el bogotano era igualmente antibolivariano como el pastuso! Y toda su despabilada hojarasca sólo exalta al Bolívar-militar y nunca al Bolívar estadista.
Casi herético predicarlo en una ciudad tozudamente adversa y arisca a su culto y exaltación por el prurito imaginario del comportamiento del ejército en el suceso de la guerra en el sur, cuando sale valedero el horizonte exegético en el entendido de una confrontación a muerte, drástica e inevitable, tanto que se revela el comparativo con otros pueblos en ese mismo calendario y ante todo con la conducta más alevosa y sanguinaria de las escuadras chapetonas.
El profesor Pedro Carlos Verdugo advertía que: “Los excesos referidos del general Sucre y del Libertador en la ciudad de Pasto, se quedan en miniatura ante las atrocidades cometidas por los ejércitos realistas con la población ipialeña, entre 1812 y 1814 y 1822: saqueos, incendios, fusilamiento y exterminio, especialmente de la comunidad indígena”.
O de Lydia Muñoz, historiadora pastusa: “después de Genoy (2 de febrero, 1821) el coronel Manuel Antonio López reacciona ante los “600 pastusos de ruana y sombrero que sin piedad, empezaron a asesinar a todos nuestros heridos, lo mismo que a los prisioneros”.
Esto, sólo para alertar que las crueldades fueron mutuas en el teatro y anfiteatro de la independencia. Los minuciosos constitucionalistas han concluido que la única culpable de la guerra a muerte para estas fechas fue la Constitución de 1821 que autorizó al ejecutivo para consolidar inobjetablemente la victoria, es decir, dio luz verde para la guerra a muerte y sin cuartel.
Los victimistas -locución acuñada por el ecuatoriano Jorge Núñez- imputan a Bolívar la navidad negra, pero sin reparar en que en el origen de la purga está la desobediencia flagrante de las recientes y generosas capitulaciones que se habían pactado en Berruecos. La guerra a muerte internacionalizó la guerra, dejó de ser un conflicto civil y trasmutamos de ser traidores e insurgentes, a beligerantes beneficiarios del Derecho Internacional Humanitario. Este decreto del 15 de junio de 1813 del Libertador, fue una respuesta a la crueldad española, cuya barbarie estaba causando deserciones de sus hombre de tropa. Con esta suprema ley se condenaba a los españoles por el hecho de ser indiferentes y perdonaba a los americanos aun siendo culpables. Liévano Aguirre dice que no podía ser simple represalia, pues, en tal hipótesis no se explican las concesiones hechas a los americanos incorporados a las filas españolas. En la misma cuerda del 6 de junio de 1820, cuando se firmó el tratado de armisticio con Morillo, que significó el reconocimiento de Colombia como nuevo Estado.
Mientras en Inglaterra y en la misma España se esmalta el pedestal del Libertador, en Pasto se insiste en una maledicencia trasnochada y proclive para la misma vulnerabilidad de una población atrapada en sus flagelaciones insolutas y dañinas. Díaz del Castillo -del areópago realista- conjetura que, si Boves y Agualongo no levantan armas contra la república, Pasto no hubiera padecido la navidad nefanda, ni se hubiera comprometido el honor de la ciudad que se veía abrigada de los mismos privilegios de las otras ciudades liberadas.
Materiales que han trabajado algunos autores con ligereza, fanática y fatal, que condujeron al victimismo desfasado, nefasto, contrario a la necesaria reconciliación. Flaubert hubiera dicho: “Tened cuidado con la tristeza. Es un vicio”
La composición y la técnica de la faena bolivariana e independentista sigue de cerca los métodos historiográficos de los inusitados autores bolivarianos: John Lynch, Tomás Carlyle, Gerard Masur, David Bushnell, Emil Ludwig, Malcolm Deas, José Manuel Restrepo, Joaquín Posada Gutiérrez, Indalecio Liévano, Germán Carrera Lamas, Fernando González, Marie Arana, Gabo, Florencio O’Leary, Gómez Picón, Blanco Fombona, Lecuna, Rumazo González, Tomás Cipriano de Mosquera, Paz Otero, Rodrigo Llano Isaza, Alfredo Vásquez Carrizosa, Cacua Prada, Juan Friede, Caballero Escovar, Jaime Jaramillo Uribe, William Ospina
Escoltado por las plumas más esclarecidas del entrañable reino: Bastidas Padilla, Díaz del Castillo, Sergio Elías Ortiz, Guerrero Vinueza, Bastidas Urresty, Montezuma Hurtado, todos empeñados acuciosamente en “el culto a Bolívar” … Se echa de menos otros peritos regionales que parejamente han empapado la pluma en desentrañar las intimidades y vicisitudes de la gloria y la leyenda del Libertador. Carlyle dijo que “la historia del mundo no es sino la biografía de los grandes hombres”, divisa que repite Disraeli: “En realidad no hay historia sino sólo biografía”.
El infausto resultado de la campaña al sur le impidió a Nariño ser el temprano Libertador de la Nueva Granada anticipando y reemplazando al propio Libertador Simón Bolívar que, por fuerza de los hechos, no hubiera necesitado desplazarse a Bomboná ni a Pasto, a enemistarse con nuestros bisabuelos pastusos, que eso él no lo quiso nunca. Sólo la derrota, detención y posterior extradición del Presidente de Cundinamarca Antonio Nariño, a las lúgubres mazmorras de la metrópoli opresora, en 1815, obligó a Bolívar, como Penélope, a reconstruir la marcha para luchar por la libertad del sur del continente desde el sorprendente y resistente Valle de Atriz.
El propio antiindependentista Sañudo lo dice: “Duéleme a mí pastuso, puesto en el éxito de la independencia, que fuera vencido por mis compatriotas; pues es posible que a ser vencedor se cumpliera que ella, sin dar ocasión al influjo nefasto de Bolívar, y se constituyera Colombia con más seriedad, sin ser perturbada por las ambiciones dictatoriales de aquél”. Desplómase así mismo aquel prejuicio de que Nariño fue derrotado en Tacines cuando lo cierto fue que esta escaramuza del 9 de mayo de 1814, también la ganó.
El también ipialeño Pedro Carlos Verdugo enseña que para la época de la independencia, el actual departamento de Nariño era “zona de disputa permanente entre las élites y las Diócesis de Popayán y de Quito … debido a la presencia muy notoria de una élite aristocrática en el terreno político y de la Iglesia Católica en el ámbito socio-religioso; como también por su gran diversidad cultural (pastos, quillasingas, telembies, awa-kuaiquer, Embera, yuríes) y presencia de un sincretismo sui generis hispano-afro indigenista”.
“En el plano político hubo heterogeneidad. La provincia de Pasto fue una región conservadurista con unas élites compuestas por familias terratenientes de corte aristocrático, las que no se resignaban a perder sus prerrogativas sociales que habían obtenido desde la colonia hasta los comienzos de la República; élite que lideró, conjuntamente con la Iglesia Católica y un amplio sector indígena, orientado por Agustín Agualongo, la defensa de la causa realista y de la autonomía regional en el proceso de construcción del estado-nación”. La élite pastusa, consciente de la mayor subordinación y marginación económica que la estrategia expansionista quiteña implicaba, se resistió con todo su empeño a que ello sucediera, como lo demostraron tanto en sus argumentos, como en las actuaciones políticas y militares que desplegaron para enfrentar las invasiones quiteñas de 1809 y 1811.
El 8 de junio, a las cinco de la tarde, pudo ingresar el Libertador a Pasto escoltado de su Estado Mayor. El ejército realista lo recibió en calle de honor y en presencia suya, Bolívar bajó de su caballo para abrazar al coronel García, cuyo bastón de mando y cuya espada se negó a aceptar. Después hubo Te Deum, coloquio y alegría entre militares. La algarabía civil se vio muy poco, pues no estaban conformes los pastusos con la capitulación; ellos aspiraban a pelear todavía más, por tiempo indefinido, hasta triunfar o desaparecer.
Bolívar le escribió a Santander: “Lo hago lleno de gozo, porque la verdad hemos terminado la guerra con los españoles y asegurado para siempre la suerte de la República. La capitulación de Pasto es obra afortunada para nosotros, porque estos hombres, son los más tenaces, más obstinados. Y lo peor es que este país es una cadena de precipicios donde no se puede dar un paso sin derrocarse. Cada posición es un castillo inexpugnable y la voluntad del público está contra nosotros … Pasto era un sepulcro nato para nuestras tropas”.
Es a partir propiamente del desastre realista del Pichincha después de trece trágicos años, que los pastusos declinan su monarquismo y se someten al torrente inatajable ya de la independencia.
Acto seguido a las capitulaciones de Berruecos, después de la batalla de Bomboná, desde su cuartel en Túquerres, a comienzos de noviembre, el teniente coronel Benito Boves, sobrino del terrorífico José Tomás, envía una improvisada patrulla campesina, recogida en los resguardos indígenas de Genoy y Catambuco a saquear a Ipiales y Tulcán por su no disimulado patriotismo, y en cabeza de Agustín Agualongo y Eusebio Mejía (a. “calzones”).
La retaliación fue sumamente cruel porque en las dos poblaciones se quemaron varias casas y se mataron civiles incluyendo mujeres y niños, siendo apresada Antonia Josefina Obando Murillo, la ninfa ipialeña, pues se le cobraba su adhesión a la gesta bolivariana. A la fuerza fue empujada hacia los pueblos cercanos para demostrar el supuesto poderío de la insurrección rural que había motivado Boves y sus secuaces como si fuera un profeta vengador. En ese mismo noviembre negro la ipialeña fue fusilada en donde años después se levantó capilla de La Escala.
Huelga precisar que para esa misma época Ipiales fue devastada, incendiada, hasta sus archivos fueron arrasados como si hubiérase querido desaparecerla de la memoria popular. Pérfidamente se piden probanzas del patriotismo ipialeño de aquellas edades sin reparar que los propios fiscales las extraviaron…
Y como si fuera poco, Agualongo se decidió por capturar Quito y para ello se encaminó a Ibarra a apoderarse de aquella preciosa joya en su botín realista. El general Bartolomé Salom de triste recuerdo que quiso detenerlo en El Juncal, fue desbaratado.
La futura capital del Imbabura fue sometida al régimen de pillaje y pandilla, por varios días, por ese ejército de indígenas hambrientos más de manjares terrenales que de conveniencias imperiales. Y esa demora los perdió. Avisado Bolívar por Salom de la frágil situación republicana, regresó de Babahoyo inmediatamente y se puso al frente del ejército. El 18 de julio de 1823 enfrentó murgas callejeras en Ibarra que ni siquiera sospechaban de su presencia. El propio Agualongo no pudo reponerse de la inminencia y fiereza del ataque. Ochocientos pastusos quedaron cadáveres camino al Chota. Sólo cincuenta con Agualongo, pudieron atravesar el Guáitara por Rumichaca.
Un antiguo gobernador del departamento doblado de historiador, Camilo Romero, dice en un reportaje para la revista BOCAS, diciembre 2021, que Agualongo derrotó dos veces al Libertador. La historia enseña que fue Bolívar quien destrozó a Agualongo y sus huestes en las cercanías a Ibarra. El 5 de febrero de 1824 también lo derrotó Flórez y cuatro meses después el coronel Tomás Cipriano de Mosquera en Barbacoas. De regreso a Pasto, Agualongo sitió nuevamente la atormentada ciudad. El propio Vicepresidente Santander el 6 de noviembre de 1823 le escribió una carta conciliadora que no fue respondida.
Los incomprensibles gregarios no atinan a justificar su razón y su sinrazón: “El valor, la gallardía y bizarría de este caudillo popular supo defender a Pasto y su gente de la serie de agresiones de que fue objeto por haber pretendido defender su libre albedrío y la autodeterminación que como pueblo consideraba correcto y acordes con sus principios de una verdadera y auténtica autarquía” (¿¡?¡).
Guillermo Segovia Mora, redacta: “Es un homenaje digno de exaltar y cultivar los valores positivos que signaron a un paisano, pero no se debe olvidar nunca el anacronismo de su enseña. Fue un realista criollo, un pastuso herido por las afrentas a sus creencias y a su pueblo, pero así mismo el caudillo de una causa reaccionaria como los hubo a lo largo y ancho de las colonias españolas, a los que hoy exaltan ultraconservadores nostálgicos españoles que denuestan de la Independencia y glorifican la monarquía con argumentos amañados e interpretaciones acomodaticias”.
Debe repararse debidamente en la conducta del vicepresidente Santander que no fue amable ni condescendiente con los pastusos… Se enjuicia su biografía, cuando desde Boyacá empezaba a perfilarse un hombre complicado, hosco, calculador, mezquino, usurero. Exhibía rasgos de crueldad y una profunda “aversión” a reconocer sus propios errores.
No se crea que Francisco de Paula Santander fue gallardo con Pasto. Escúchesele en carta al Libertador: “Patía y Pasto son pueblos terribles. Saben hacer la guerra de partidas admirablemente. Voy a instruir que los principales cabecillas, ricos, nobles o plebeyos, sean ahorcados en Pasto”. No se sabe bien por qué en Pasto algunos no quieren al Libertador, pero nada dicen de Santander cuando él es autor de esta carta fulminante: “Nada sé de los pastusos; absolutamente he dejado a Córdoba que haga lo que quiera. A hombres tan perversos es menester enviarles un demonio sin instrucciones”.
¡Hubiera sido apenas desdeñosa la embajada si no se hubiera sabido en el gobierno de Bogotá de la media o total locura del antioqueño! (Rafael Serrano Camargo, La estatua sin pedestal, Lerner, 1970, p.187) Y a sabiendas de la autoría del crimen de Berruecos que recaía en Obando, lo apadrinó para la presidencia.
Evelio Rosero
Evelio Rosero, paradójicamente coronado escritor en capillas foráneas, se aventuró a dramatizar la prosa de Sañudo y con perspicaz esfuerzo edifica una carroza para el Libertador. Desde el inicio ya se sabe el designio proclive de su creatura, el Proceso que elaboraba “la gran mentira de Bolívar o mal llamado Libertador”, ajustada cicateramente a la biografía de Sañudo, “el primer historiador del continente que se atrevió a descifrar de manera irrefutable la catadura histórica de Bolívar, sin falsas emociones patrioteras, sin depender de la corte exagerada de halagos que la gran mayoría de historiadores concede a Bolívar como una tradición desde su muerte”. Sin dejar de reconocerlo como “pastuso retrógrado, teólogo hirsuto, pensador enrevesado y vejete casuístico”
Sin embargo, de un loable ímpetu investigativo Evelio pierde su compostura profesional en hechos que pasamos a glosar y que se enfrentan a la contundencia fáctica, no sin advertir que también lo han hecho Álvarez Gardeazábal y Guillermo Segovia. Dizque Bolívar mismo se coronó Libertador (p.67) cuando es sabido que en Mérida –andina, universitaria y heroica- le pidió a Cristóbal Mendoza –primer presidente venezolano- que, ante su inminente y gloriosa entrada en Caracas procedente de la campaña admirable de 1813, “aquí en Mérida, ara de gloria y púlpito donde se levanta nuestro evangelio, aquí Usted me proclamará El Libertador”.
Evelio transpira un total desconocimiento de la pedagogía autodidacta de Bello y Simón Rodríguez, sus colosales contribuciones a la gramática, al derecho civil, al derecho internacional del uno; y a la pedagogía moderna, del otro.
El Evelio Rosero escritor le niega a Bolívar la autoría de documentos extraordinarios. Y Evelio debería conocer la rocosa estatura en la vida, obra y acción de Bolívar, que con su prolífica prosa dejó para la posteridad unos diez mil documentos, de los cuales varios son reconocidos como estelares, y de ellos el máximo es el “Mensaje dirigido al Congreso reunido en Angostura el 15 de febrero de 1819”; su caudal léxico estimado en 16.000 voces, muy elevado para la época, tomando en cuenta que Shakespeare utilizó 15.000 y Cervantes más de 20.000 voces, según estudio de la conocida filóloga peruana Martha Hildebrandt. Hasta Pablo Morillo aportó documentos para el archivo Bolívar. Y Antonio Caballero dijo que Bolívar es el mejor escritor en lengua castellana. Crítico literario también lo fue del poeta Olmedo y de El Quijote
Evelio insiste malévolamente en que el Libertador quería ser monarca de los Andes si los conceptos no fueran precisamente agonales. Aproximadamente en tres ocasiones, ante el solemne parlamento, renunció a su dictadura con una elocuencia digna de Washington; y casi, con la misma frecuencia, ante lo nutrido de las aclamaciones, volvió a asumirla porque era un hombre insustituible. Lynch recuerda que hasta 1827 Bolívar concentraba todos los poderes a contentamiento de los más. Sin ser un arbitrario ni déspota, aún en los momentos de decadencia, fue superior. Dictadura a lo romano, dentro de la república jurídica no como la que ejerce el bestiario tropical, unos Monagas, Guzmanes, Crespos, Castros o Juan Vicentes o un Núñez, un Reyes, un Ospina Pérez, un Laureano Gómez, un Uribe Vélez, quienes cerraron el Congreso y las Cortes desde 1949 o derogaron la prohibición reelectoral.
Evelio, habla del 21 de julio de la batalla del pantano de Vargas, cuando fue el 24. “Todo lo preciso en precioso”.
Bomboná, también ingresa en el prontuario difamatorio de Evelio, siendo que la historia militar de todos los tiempos enseña que la suerte de las batallas y aún la de las guerras no se decide inexorablemente en el campo de batalla ni en el día señalado, sino que obedece a las vicisitudes propias de las armas. Napoleón les enseñaba a sus brigadas que “una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. Y Hobbes: “La guerra existe no sólo cuando se está librando sino cuando la batalla puede comenzar en cualquier momento”.
Si las mujeres charaleñas no enfrentan y atajan a Lucas González y sus 1.200 soldados veteranos que de El Socorro marchaban a reforzar a Barreiro, los realistas habrían barrido a los patriotas y la historia se hubiera escrito de otra manera (dice Rodrigo Llano Isaza) o Antonia Santos, la cual fue llevada al patíbulo en El Socorro, por la osadía de haber financiado la guerrilla de Coromoro para distraer en 1819 a las tropas españolas, los famosos tercios de su táctica contra el desarrapado ejército patriota cuando entraba a la Nueva Granada por Pisba.
Así, la del Pantano de Vargas fue ganada trece días después en el puente de Boyacá. La de la pampa de Junín, en la llanura de Ayacucho, batalla, la del 6 de agosto, librada a hoja de sable y punta de lanza porque no se hizo ni se oyó disparo. Los patriotas batieron a Canterac “a lanza y arma blanca, sin un tiro”. Los únicos que volaron por los aires fueron los versos mestizos del bambuco de la Guaneña. Y la de la quebrada de Bomboná (o Cariaco) que se definió un mes y medio después en las estribaciones del Pichincha.
Nosotros hemos arrimado un repertorio de experticios que a lo largo de los tiempos han hecho los historiadores tanto vernáculos como mundiales:
Leopoldo López Alvarez se interroga si triunfó Bolívar en Bomboná: “La respuesta debe ser afirmativa, pues García y del Hierro se retiraron y Bolívar se hizo dueño del campo de batalla y de la artillería y de los heridos y consiguió el fin de impedir los auxilios de Quito. Tuvo en verdad, enorme efusión de sangre; pero el éxito de una batalla no se mide por el número de bajas. Puede ser que un triunfador quede imposibilitado para perseguir a un enemigo, pero no por eso se le negarán los laureles de la victoria… Valdés, Barreto y Sanders fueron los factores decisivos de la acción; Torres y París supieron sostener con heroísmo el combate, mientras los otros coronaban la altura; por esto fueron muy justos los ascensos que recibieron del Libertador en el mismo campo de batalla”.
El también General Manuel Antonio López se une a López Alvarez: “Bolívar se declaró vencedor, porque quedó dueño del campo, de las artillerías y de algunos heridos; pero para conseguirlo fue necesario superar muchos obstáculos, derramar mucha sangre, hacinar cadáver sobre cadáver y ostentar un lujo extraordinario de heroísmo. Tal fue la sangrienta batalla de Bomboná, cuyo verdadero resultado estratégico consistió en paralizar las operaciones de una gran fuerza que, auxiliando al ejército del General Aymerich, habría puesto en duros conflictos al General Sucre”
Y Rafael Bernal Medina: “Esta batalla porfiada y sangrienta, tiene suma trascendencia en el decurso de la guerra americana. Basta considerar el funesto desconcierto que la derrota hubiese acarreado a los patriotas y el consiguiente auge del enemigo, en plena lucha de dos razas y en juego de dos criterios dispares sobre la manera misma de vivir: obedeciendo a un rey o sirviendo a una democracia”.
Quintero Peña añade: “Sin que presumamos de técnicos en la materia, el sentido común sugiere desde luego la pregunta de si, sin esta campaña costosa hasta donde se quiera, hubiera sido posible el triunfo de Sucre en Pichincha, como que es evidente que en García y en Aymerich tenían Bolívar y Sucre sendos adversarios de capacidad comprobada, y de seguro no fueron ellos quienes descuidaran una concentración de todas las fuerzas sobre uno cualquiera de los dos frentes, si se les hubiera dado tiempo y modo de ejecutarlo. La respuesta se impone: la presión ejercida en Bomboná no lo permitió. Bomboná y Pichincha se complementan; podríamos considerarlas por sus resultados como una acción única; Bomboná hizo posible la rendición de Aymerich, como Pichincha decidió la capitulación de García”.
Simón S. Harker también dice que Bomboná fue un triunfo. (Credencial, enero 95, ps. 4, 14, 15) Y el ecuatoriano Roberto Crespo Ordoñez: “Miradle también en su corcel de guerra, como una estatua sobre un peñón de Bomboná, abriendo paso a las huestes del Sur, venciendo a sangre y fuego, la terquedad y resistencia realista de Pasto, para llegar al fin a la línea ecuatorial y arribar a Iñaquito, donde Sucre, el Vencedor de Pichincha lo recibió, le enseña de la batalla y le informa del holocausto de Abdón Calderón, a quien resuelve glorificarle como lo hizo antes con Girardot Ricaurte”.
“Capituló Pasto –dice el ambateño Pedro Fermín Ceballos, en su acreditada “Historia del Ecuador”— y las tropas colombianas avanzaron a nuestro territorio”.
Alfonso Rumazo González: “Acaba de obtener una nueva victoria en Bomboná”.
Luis González Barros: “De aquel anuncio el Libertador desplegó sus banderas para vencer una vez más en Bomboná y Sucre con la genial dirección de la batalla, y el heroísmo homérico de Abdón Calderón en Pichincha, la libertad del Ecuador”.
El pastuso Bernardo Santander Eraso, también a favor de la victoria del Libertador, “según convenio de captaciones” (p. 213).
Gabriel Porras Tronconis en su torrencial investigación “Campañas Bolivarianas de la Libertad”, (Caracas, 1953) también vota la victoria bolivariana y prioriza el Boletín de Bartolomé Salom que hace el inventario de la proeza, a la que se ha referido recientemente el maestro Vicente Pérez Silva (“Página 10”)
El propio Basilio García cuando escribió sus memorias en La Habana puntualiza en la carta que le puso a Mourgueón el 9 de abril, “tuve que abandonar las posiciones principales a las dos de la mañana, porque el enemigo se había introducido por mi flanco derecho arrollando las compañías que guarnecían la altura de Bomboná en términos de que al anochecer ya tenía al enemigo de retaguardia, y quedó en aquella madrugada el campo de batalla por los enemigos” (p. 306).
El malévolo Madariaga en su avinagrada elucubración se obliga a reconocer: “Ocurrió, no obstante, que el nombre y la causa de Bolívar se salvaron por una coyuntura cuyo elemento principal fue la victoria alcanzada por Sucre en Pichincha” (p. 299).
Gillette Saurat, académica francesa, que pudo comprobar que ya en vida Bolívar fue víctima de la venal acusación de aspirar a la tiranía, que sirvió de pretexto para hacerlo fracasar como hombre de estado, fracaso que favoreció el expansionismo de los Estados Unidos, la realización de su ‘destino manifiesto’, y que facilitó la distorsión del de la América Latina, la cual aún no termina de sufrirlo, Saurat, en su afamada biografía de “Bolívar el Libertador”, precisa que “técnicamente, la de Bomboná puede considerarse como una victoria” (p. 456).
La misma Academia Nariñense pontifica que “durante la colonia y las guerras de independencia Pasto siempre tuvo una conducta disidente, primero se levantó contra las autoridades españolas, en la era de los comuneros; y luego, paradójicamente defendió la causa realista, pues se opuso al grito de independencia de Quito (1809) porque no estaba de acuerdo en reemplazar la soberanía del rey por la popular. Después de derrotar al Precursor Antonio Nariño, Pasto se mantuvo como ciudad realista. Su suerte cambió con el avance del ejército libertador, comandado por Simón Bolívar, que en 1822 triunfó en la batalla de Bomboná sobre las milicias pastusas. Derrotado, el comandante Basilio García suscribió en Berruecos las capitulaciones del 6 de junio, que significaron la liberación de los territorios meridionales y la posibilidad de las tropas libertadoras de avanzar al sur hacia Quito”.
Guillermo Chaves Chaves: “De aquel anuncio el Libertador desplegó sus banderas para vencer una vez más en Bomboná y Sucre con la genial dirección de la batalla, el denuedo de la caballería de Córdoba, y el heroísmo homérico de Abdón Calderón sellaron en Pichincha la libertad del Ecuador”.
Mauricio Vargas Linares destaca también que con esta batalla de Bomboná se derrumbó la puerta para atravesar hasta Quito (p. 221), “pero el cumanés que actuaba como intendente del nuevo departamento integrado a Colombia, y a los líderes republicanos quiteños que en 1809 habían sido los primeros americanos en alzarse contra el gobierno español impuesto por Napoleón, acordaron reservar el gran festejo para la llegada de Bolívar, quien venía de golpear el 7 de abril a los realistas y sus aliados pastusos en los campos de Bomboná. Los dos bandos chocaron a lo ancho de un rellano de la cordillera sobre la cordillera oriental del cauce encañonado del Guáitara, oeste de Pasto, en una batalla en la que Bolívar perdió 114 hombres y sumó trescientos cincuenta y tantos heridos, pero garantizó que los realistas, que vieron morir a 50 de sus efectivos, no pudieron acudir en ayuda de Aymerich para defender a Quito ante el avance de Sucre desde el Sur. El Libertador había sido el primero en loar la brillante ejecución militar de su preferido en el Pichincha, pero después trocó su orgullo paternal en celos. “La victoria de Bomboná es mucho más bella que la de Pichincha”, le escribió a Santander.
El canciller, historiador y tratadista Alfredo Vásquez Carrizosa: “Tomó la ruta que conduce hacia Pasto atravesando el Juanambú donde encontró una resistencia enemiga y luego de librar los combates del Guáitara, vence en Bomboná la primera de las grandes batallas que sostendrá en el largo y escarpado camino hacia El Cuzco, el último reducto de la fuerza española” (“El poder presidencial en Colombia”, Dobry Editores, 1978, p.45)
Lo secunda el general Álvaro Valencia Tovar, estratega de más de cincuenta años a partir de Corea.
Germán Arciniegas en el Correo de los Andes: “El 7 de agosto de 1819 cambió definitivamente la suerte de nuestros ejércitos y se dio el anuncio fatal al imperio de España en América. Pisba y Bomboná fueron los dos pasos más dramáticos de todas las campañas. El primero para la liberación del norte, el segundo para la del sur”.
Y en “América Mágica”, II, p. 92, pese su bolivarianismo converso, Arciniegas reconoce que Bolívar “asustando con palabras y peleando sin piedras de chispa, se empeña en la estúpida batalla de Bomboná y… la ganó”.
La batalla más heroica y menos gloriosa, decía Mosquera. Pero la ganó… y tuvo que volverse a la otra orilla del Juanambú. Estos absurdos hicieron morir de miedo a los realistas. Entre tanto, Sucre ganó la batalla de Pichincha, y Bolívar redobló la ofensiva con esa literatura tan suya que es el mejor machete que haya brillado al sol de América: “¿Cómo quiere entrar en Pasto?”, le pregunta el gobernador rendido. Y Bolívar: “Cuando el Libertador Presidente de Colombia entra vencedor a una ciudad recibe los honores de un emperador romano”. Se cantó Te Deum… De Ipiales “a Quito hemos marchado sobre flores…”
En el Boletín de la Academia Colombiana de Historia (vol. CIX, 2022) el catedrático Carlos Rodado Noriega vota igualmente la victoria de Bomboná.
Alberto Montezuma Hurtado en sus infatigables investigaciones trae el listado de autores extranjeros favorables a la victoria bolivariana: Guillermo A. Sherwell, José A. Cava, Phyllis Marshall, John Crane, Thomas Rourke … David Bushnell, e igualmente Rodrigo Llano Isaza: “La independencia de Colombia se dio en estas batallas: Boyacá, San Juanito, Chorros Blancos, Majagual, Tenerife, Laguna Salada, Bomboná o Cariaco, consolidaron la independencia de Colombia”.
Bushnell: “La batalla de Pichincha marca el fin del gobierno español en Ecuador y obligó a los realistas de Pasto a rendirse igualmente”.
Si confeccionáramos vidas paralelas (que las intentaron – entre otros- Carlos Lozano Lozano y también don Juan Montalvo) lo mismo se dijo de la batalla de Borodin, de septiembre de 1812, que a pesar de dejar difuntos a 43 de sus generales, le abrió a Napoleón las puertas de Moscú. Y valga decir entonces que, en contraste, ¡Bolívar no perdió batallas o no tantas y definitivas como Napoleón y ante todo el gran mérito bolivariano descansa en que en Indoamérica NO REGRESARON LOS BORBONES!
Bomboná ingresó al elenco de las gestas más gloriosas de la Independencia. En el monumento que se erigió a los Héroes en Bogotá, figura en compañía de las batallas de Boyacá y Carabobo, como una de las tres proezas bolivarianas. En Carabobo se inmolaron Cedeño y Ambrosio Plaza. En Boyacá Anzoátegui. En Bomboná, Torres. La flor y nata de la oficialidad, en plena primavera.
El Libertador la invocó en su postrer y sublime carta a Fanny:
“A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, apareces ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bomboná… Adiós Fanny… Todo ha terminado… Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías se hunden en nada; sólo tú quedas como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad”.
“Habiendo el Congreso, a instigación de Bolívar, propuesto el enjuiciamiento a Páez, dice el crítico Evelio, siendo que fue Santander el que conminó al León de Apure a venir a Bogotá, lo que provocaría fatalmente la desintegración de la Gran Colombia.
“En el año 1827 logró reunir un congreso en Panamá”, cuando se sabe que reunió en Panamá, pero también Méjico, un año antes.
“Lo del 23 de diciembre, (debe ser la navidad nefanda) el primer gran ejemplo de barbarie en la historia de Colombia, la primera gran masacre de tantas que seguirían…”. Pero si ya habíamos sufrido verdaderas carnicerías como las de Tienta y la misma de Bomboná, que fue la más sangrienta de la independencia
También Evelio se topa con el Bolívar de Karl Marx
Para la Enciclopedia Americana, en 1857 Carlos Marx recibe el encargo de redactar una viñeta de Bolívar, oriundo del militarismo de una región bárbara y atrasada y despacha la tarea con un artículo sumario, infundado y adverso: “palurdo, hipócrita, chambón, mujeriego, botarate, aristócrata con ínfulas republicanas, ambición mendaz cuyos contados éxitos militares se los debe sólo a (…) los asesores irlandeses y hannoverianos que ha reclutado como mercenarios”. Botafuego digno de los empecinados sañudistas, virulentos, agresivos, antipáticos…
Y en carta a Engels es más ponzoñoso: “canalla, cobarde, brutal, miserable y lo compara con Souleque, aquél haitiano que hace poco se ha hecho coronar emperador como Faustino I”.
Al final del día para Marx, crítico del poder, la concentración del poder absoluto en manos de un solo hombre era, en cualquier parte (en Francia como en la bárbara Latinoamérica), una aberración histórica. Trampa en la que cae también Evelio Rosero. Texto plagado de imposturas, peripecias inverosímiles, tergiversaciones, sarcasmos, xenofobia, desprecio racista, sesgo noticioso, apresuramiento en la contrata con su editor impaciente de Londres.
Pero equivoca el destinatario, el tiempo y el espacio como lo corrigió Haya de la Torre. Esa variante autocrática de Bolívar fue patrimonio ideológico de la derecha latinoamericana y aún del totalitarismo europeo. Por eso urgía reivindicar y reinventar al Bolívar demócrata y revolucionario que la izquierda recuperó aureolando su panamericanismo y su antimperialismo. Julio Antonio Mella, José Carlos Mariátegui, Liévano Aguirre, Antonio García, Gerardo Molina, el APRA de la izquierda latinoamericana rectificaron escrupulosamente al autor de “Las Miseria de la Filosofía”
El Bolívar de Carlyle, cronista y polemista escocés consigue la admiración para el héroe cuando en 1843, al referirse a la ausencia de biografías sobre “el Washington colombiano”, que también se ha ido sin fama. Melancólicas litografías lo representan como un hombre de cara larga y ceño fruncido, de aspecto severo y atento, con nariz ligeramente aguileña, una mandíbula de una terrible angulosidad y profundos ojos oscuros, un poco demasiado juntos (…)
Tal es el Libertador Bolívar, un hombre de muchas y arduas batallas en una guerra de liberación hasta la muerte, con una caballería cubierta de mantas y ponchos, esas son más millas de las que Ulises recorrió jamás. Bolívar fue dictador, Libertador y de haber vivió, emperador”
El papel del individuo en la historia, 1898, por Gueorgui V. Plejánov, padre del marxismo ruso, continuador de Hegel, Engels y Marx, propuso una síntesis entre la tesis de Carlyle sobre la individualidad como causa motriz de la historia y la antítesis determinista de Engels sobre el carácter incidental de esos individuos. Para Plejánov los individuos pueden influir sobre el destino de la sociedad. Creía en la existencia de “los grandes hombres”, como iniciadores, visionarios o expeditadores.
A estos seres superiores para el desarrollo del espíritu, a estos seres esenciales, adelantados de la historia a quienes les es dado un poder adivinatorio, sus congéneres los siguen porque sienten el poder irresistible de su propio espíritu interno, encarnado en ellos.
Con Bolívar (y con Nariño) ocurre que su recompensa después de dos siglos y medio, es la de que no se tiene la entera seguridad de que hayan desaparecido porque su lámpara arde perpetuamente e ilumina los caminos de libertad y justicia social. No es más que una conmemoración, porque es faro de los vivos y hace inexcusable la piadosa forja de piedra a la pirámide levantada ante su legado. Nos unimos a la plegaria votiva que repite férvidamente que mientras el Libertador es la Gloria, el Precursor es la Patria.