Miguel Oviedo Risueño
La forma de las cosas sin figura
Novela
Prólogo
Mi tierra prometida
Colombia está catalogada como uno de los países con más desplazados internos en el mundo, realidad que golpea a todos como una cruda situación de esfuerzos inconclusos y razones difíciles de entender. En las costas del mar Pacifico, frontera donde la población de desplazados llega a engrosar los cinturones de miseria, conocí al profesor Polo Castillo, si es trascendental contarlo, pasaba de las minas de Güelmambí a San Juan de la Costa, un pueblo perdido al occidente de Nariño.
—La diferencia es que yo soy víctima y ellos son desplazados —decía el profesor Polo Castillo.
Andaba con los desplazados hacinados en una casa de madera pequeña, con un extenso galpón cubierto. Allí estaban junto a una marimba, —instrumento de percusión hecho en madera para que la comunidad pueda hacer música.
—Trajimos la marimba, son los mayores quienes la tocan y poco a poco los niños van aprendiendo a hacerlo, todo para que su cultura no se pierda.
Horizontal el sol se oculta en el mar y sus rayos se proyectan por las rendijas de la casa, es tarde.
—Polo sigue hablando.
—Esta música es de todos incluyendo el canto con que nos acompañan los pájaros, ellos saben de la soledad del desplazado y su caminar, cargando sus cosas o casi nada, todos escapando del miedo.
Más allá de las duras condiciones de vida para las comunidades del mar Pacifico a menudo el desplazamiento es más que la pérdida de territorio. Ese camino se recorre por miedo a la muerte, o como una forma de protegerse y cuidar sus pocos bienes.
—Soy víctima y también desplazado, a mi modo a mi manera. La diferencia es que a mis padres los mataron. Perdí todo: mis padres, la mina, ¡todo! Las causas de desplazamiento varían —confirma el profesor Polo— el temor a los narcotraficantes, la continua intimidación de los grupos armados, hasta la falta de presupuesto y voluntad política. Realidad que dificulta la labor de quienes como el profesor Polo Castillo intentan ayudar en este problema.
Es por esto que lo que les voy a contar pretende aclarar hechos y problemas del desplazamiento de hombres que han tenido que dejar su casa, unos a sus familias, otros cargando a cuestas la responsabilidad de mujer e hijos. Creando un impacto negativo tanto en los desplazados, como en las gentes de la población que los recibe.
El caso del profesor Polo Castillo, nos ilustra aún más esta situación. Estaba en el infierno que él mismo lo buscó y soñaba con su cielo: lleno de monte, vegetación y aves de colores. (Pájaros que vuelan con sus brillantes plumajes al sol de la tarde y que con su canto lo invitan a irse con ellos). Nunca entendió que el amor también es importante y que pudo ser feliz junto a Irena y con ella llegar a esos seres de plumajes resplandecientes, que siempre estuvieron a su lado en las largas noches de tristeza y sueños inconclusos.
El profesor Polo Castillo, empieza a caminar y sus manos no encuentran lo que busca, sus esculturas son el arte que predomina y el amor a las mujeres que fueron parte de su recorrido y de su vida, lo llevan a aislarse primero en la frontera, donde encuentra el verdadero amor, más tarde en un pequeño pueblo con nombre de prócer de la independencia “Ricaurte”. Este y los demás
asentamientos en la vía al mar, se van poblando poco a poco por hombres que llegan en tránsito y que terminan quedándose.
Polo Castillo hizo lo mismo, de aquí hasta el mar se dedicó a escribir en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Mientras lo hacía, cada tarde sellaba su propio fin junto a los campesinos melancólicos, que obligados llenaban la montaña, sembrándola de sus nuevos cultivos, mientras sus bolsillos se prostituían con los dólares de procedencia turbia.
La reserva natural “La Planada”, ubicada en el municipio de Ricaurte, es otro gran protagonista de esta historia. “La Planada” guarda uno de los últimos relictos del llamado Bosque de Niebla, donde la flora y fauna de este lugar son particulares, encontrándose un alto índice de especies endémicas (especies que solo se encuentran acá en esta región). Allí una cabaña perdida en esa montaña alberga al profesor Polo Castillo. Nunca estuvo solo, fuera de Bernardo Mera, lo acompañaban el rugir del viento y los pájaros que lo seguían a todas partes. Lo alimentaban los campesinos caritativos que se acercaban a escondidas, de cuando en cuando para dejar una gallina pelada y lista para cocinarse y desaparecían al instante en la montaña. (Las gallinas que consumía, gordas y bien alimentadas, lo mantenían vivo allí, en estado de pura dignidad). Se cobijaba la mayoría de las noches con el amor de una mujer hermosa, que decidió por voluntad propia cuidarlo, le llevaba pan, café y agua caliente para que se bañara.
Apolinar Castillo, por esos caprichos del destino, nunca sabrá que después de tantos años, sus apuntes heredados a Irena y recuperados junto al mar Pacifico serían de tanta utilidad para no
olvidar los hechos del pasado. A ella y a sus amigos les había advertido que regresaría del mar muy pronto transformado en un hombre nuevo al encontrar su tierra prometida.
Parte I
Irena y el olor de las cosas
I
Cuando terminé de trasplantar los pequeños palitos cortados de las plantas que había comprado en el vivero y las coloqué en sus respectivas macetas, me inundó una gran satisfacción, así que me senté a descansar un rato y a contemplar la obra realizada.
¡Tenía todavía las manos terrosas y el olor de las plantas bien metido en la nariz! Entre mis dedos mordisqueaban las raíces y los restos sobrantes de las plantas que acababa de sembrar.
¡Ese día murió Irena!
Casi toda la ciudad se llenó de ese olor exhalado, como un aliento de bestia brava. Sí, la tristeza también tiene olor. Sea en la noche o en el día, tiene esa consistencia de efluvio melancólico y su concreto peso específico; a veces tiene la forma que le dan los recuerdos.
Para mí terminaba con ella también mi vida, así que reuní mis pocas cosas, —alcanzaron en un atado que podía cargarlo y desaparecer como lo hace la tristeza— ¡Silbando! Inicié mi camino y me fui de este que había sido mi sitio, mi casa, mi pueblo y más tarde mi ciudad. Lo hice sin rencores, sin reproches, sin remordimientos, la tarea fundamental que desde niño inicié se rompía como se destruye la noche con la llegada del día y por entre las calles me perdí para nunca más ser visto.
Caminando recordé entonces de lo que pasó con Irena y su único y eterno amor ¡el profesor Polo Castillo! —Profesor de arte que encontró el amor entre la arcilla de la sierra y el agua salada del mar Pacifico— le llegó en un instante que buscó por todo el mundo y que lo arrastró por un sinnúmero de vericuetos y rincones, calles y esquinas, hasta encontrar el amor en la frontera: esta ciudad fría que se veía crecer a momentos y detenerse en otros largos instantes.
Allí logró conjugar el frío de la montaña con el calor del mar y producto de eso fueron sus hermosas esculturas que parecían tener vida. Las mismas que reposaban sutiles en los grandes zaguanes de la casa, transformándose en parte del paisaje, mirando a los rincones perdidos en los patios y sitios de estar de la casona que hoy dejo.
El espíritu de Polo Castillo aún vivía en este lugar, entre los caballos alados, las hermosas niñas de ojos inundados de mar y en el sinnúmero de figuras que constituían una verdadera colección de arte. Su espíritu tenia vida, la que él entregaba en su lucha por recobrar el derecho de los desplazados, cuando ya estos habían perdido la esperanza.
De tal manera que todos asistieron al funeral de Irena: los hombres, con esa picardía de pueblo que da esa respetuosa devoción ante una bella mujer, que por su fuerte carácter se ganó el respeto de gran parte de los pobladores. Las mujeres, en su mayoría, por ese sentimiento de curiosidad, unas por ver la suntuosidad del funeral, otras sus vecinas por la compañía que pensaban le prodigaban; en especial las del edificio de al lado, en la parte alta, las dos blancas como un puñado de nieve desde sus cabezas a sus pies.
El resto de asistentes por ver la casa en la que hace muchos años nadie había entrado. Incluida la interminable formación de pobres que cada sábado desfilaban a recibir: “un mercadito” como decía Irena. —Consistente en una panela envuelta en hojas de caña brava, un kilo de azúcar, un kilo de arroz y un talego de sal— Esta fila de pobreza se hacía interminable, entraba por el patio trasero. —Un portón grande se abría en la carrera séptima cerca de donde tenía la discoteca el gran declamador Caliche Zambrano—. ¡Pero de allí no pasaba! Se extendía cada sábado más y más, hasta perderse en la calle novena y por esta hasta el entorno del parque Veinte de Julio, protegidos bajo la vigilante mirada de la estatua de la libertad para volverse invisible por lo cotidiano de los días, cubriéndose del frío se cobijaban con los brazos abiertos de un insondable Cristo blanco que firme y altivo los miraba en medio de las torres ladrilladas de la catedral.
II
He vivido en esta casa toda mi vida, conozco cada uno de los rincones, observo hasta el más mínimo movimiento de las hormigas en el jardín, con el fin de cumplir mis tareas a cabalidad. Los abuelos de Irena me bautizaron Teófilo, hombre con nombre y sin apellido. Me he vuelto viejo, haciendo los mandados, sirviendo de cocinero y realizando todos los menesteres de esta vieja construcción.
Desde que me acuerdo estoy en esta casa, —llegué muy niño— nadie sabe de dónde me trajeron los abuelos de Irena, crecí como la casa, de a poquitos, me hice imprescindible, corría por los patios y habitaciones detrás de los viejos y era parte incondicional de Irena.
Así me la he pasado; atareado en mis quehaceres, madrugando y desapareciendo cuando la noche cubre de sombras los árboles del gran patio y cerrando las ventanas una por una antes de que entre a los cuartos de la casa para que se transparenten con el brillo plateado de la luna.
La casa, una construcción barroca muy grande, fue blanca en otro tiempo, de colores en otro, decorada con terminados antiguos, volutas, espirales y balcones del siglo XVIII. Fue tomando forma en el contorno de un patio principal, aunque había más patios intermedios. Este patio principal era el más importante, no solo por su belleza, sino por sus decorados y terminados: escaleras, fuentes de agua luminosas y atrás se cerraba en un portón cuyo zaguán que protegía era inmenso e intransitable. Muy bien distribuidos los patios se comunicaban, volviéndose concéntricos, obedeciendo al requerimiento de circulación y movimiento de quienes lo transitaban.
Esta mansión únicamente competía en belleza con el templo que se construía al final del río donde la virgen del rosario hizo su aparición, justo en el mismo siglo dieciocho.
Allí María Mueses de Quiñones, una mujer de procedencia indígena del Potosí, caminaba por ese lugar, como camino habitual; distancia que separaban su villa de otra, —hoy la actual ciudad— ubicada justo en los límites con la frontera del Ecuador, donde habían llegado los abuelos de Irena.
La historia se inicia un día de 1754, en que María Mueses caminaba cerca al pequeño puente, encima del río Guáitara, en un sitio de piedras planas y lisas denominadas “lajas”. Se desató un aguacero de padre y señor mío. María asustada se refugió en una cueva junto al camino, con miedo y sola invocaba a Nuestra Señora del Rosario —fervor popular en esos tiempos inculcado por los sacerdotes Dominicos—. Allí, sola como estaba, sintió que alguien caminaba junto a ella, le tocaba la espalda y luego la llamó. Ella se volteó, pero no vio a nadie. Con gran miedo, huyó al Potosí.
Días después, María en su andar de siempre caminaba a la otra villa, llevando cargada en la espalda a su hija Rosa, —sordomuda de nacimiento—. Una vez llegado a la cueva del Guáitara, hizo su parada para descansar, bajando a la niña de su espalda. La vio caminar hacia la parte segura de la cueva, en un rato la escuchó gritar: “¡Mamá! ¡Mamá! ¡Aquí esta una señora!”.
María estaba fuera de sí, escuchaba hablar a su hija. Su dulce voz se escuchaba en la cueva y en ninguna parte veía la señora que la niña decía. Así que salió corriendo con su hija a su espalda para regresar a su villa y contar lo sucedido.
La otra villa crecía y servía para arreglar asuntos legales y policivos, María lo hizo para regresar lo andado, para caminar hasta su casa, cruzar el puentecito del Guáitara pasando por la cueva, de allí llegar a su vivienda ubicada en el Potosí, villorrio que se asentaba sobre una planicie fría, con terrenos aptos para una agricultura casera, sirviendo de despensa para sus habitantes.
Llegó al sitio donde se hallaba la cueva, pasó frente a la entrada, y allí Rosa su hijita volvió a hablar: “¡Mamá! ¡La mestiza me llama!”.
A María le impedía ver lo que su hija le indicaba la llovizna que caía como alfileres transparentes, además del susto al escuchar hablar a su hija llenando el paraje de misterio. El miedo se apoderó de ella, apresurándose a salir con su niña. Caminó casi corriendo, sintiendo que el camino se extendía, ¡creyendo que la seguían! ¡Sabiendo que la observaban! Todos se enteraron pronto en la región de lo sucedido en la cueva abierta al pie del camino que todos transitaban.
Los días pasaron lentos como se suceden en el campo, un día la niña despareció de su casa. María, llena de dolor la buscó primero en el pueblo, luego por todas partes, pero no la encontró. Su corazón de madre la llevó a rehacer el recorrido por el puentecito del Guáitara hasta la cueva. Allí estaba de rodillas frente a una mujer blanca y jugando con el niño que la mujer llevaba de la mano, tanto la mujer blanca como el niño irradiaban una inmensa paz, ¡Rosa, su niña, que así se llamaba, seguía allí junto a la Señora del Guáitara!
Todo cambio en el Potosí, incluyendo el reproche que sus familiares y amigos le hacían cuando ella contaba el misterio de la cueva, María guardó silencio y ella y su niña a escondidas de todos, comenzaron a frecuentar la cueva, en visitas formales a la Señora del Guáitara, arreglándole un altar de flores silvestres y velas de sebo, que su niña pegaba sobre la piedra.
Pasó el tiempo, y Rosa cayó gravemente enferma, hasta entonces el secreto lo sabían sólo María y Rosa, la niña pronto murió, María tomó el cuerpo de su hija en brazos y lo colocó a los pies de la Señora del Guáitara, recordándole todas las flores y velas que Rosa le llevaba; pidiéndole que le devolviera la vida.
El milagro de la resurrección se hizo presente, las aguas del río se revolvieron en un sinfín de remolinos subiendo hasta una altura considerable, cayendo en una cascada que golpeaba las piedras y en ellas el cuerpo de la niña, tras inundar la cueva, el cuerpo de Rosa flotó unos instantes, consiguiendo María el milagro de la resurrección de la pequeña Rosa.
A las diez de la noche ya todo el pueblo lo sabía, los que se encontraban ya durmiendo se levantaron, las campanas de la iglesia de la villa, sonaron en vuelo, y todos los habitantes de la región se reunieron en la plaza de mercado. En cuento el sol brilló en lo alto, el grupo caminó hasta la cueva llegando al rayar el alba.
El día con su luz encontró al numeroso grupo del Potosí, frente a las piedras de laja de la cueva. En la pared, en un espectacular resplandor, sobresalía la imagen de la Virgen del Rosario. Sobre el lugar del milagro se inició la construcción de un precioso santuario estilo gótico, en la profunda garganta por donde corre el Guáitara, sobre los Andes colombianos, a siete kilómetros de la gran casa de Irena. Allá también se ve la interminable fila de desplazados que los sábados la hacen en la casa de Irena Aillén.
…
Reseña del autor
Miguel Alfredo Oviedo Risueño: (Ipiales, Colombia, 1960) Escritor y Poeta. Magister en Etnoliteratura Universidad de Nariño. Administrador Público y Comunicador Social-Periodista.
1. Premio “Palabras sin fronteras”, Bruma Ediciones (Argentina), 2013.
2. Finalista IV Concurso Internacional de Relato Corto (2013) “Caños Dorados”, de Fernán Núñez (Córdoba-España).
3. Segundo Puesto Premio Nacional de Cuento “Banco Popular”, Colombia 1993.
Publicaciones:
“Sin agua en el desierto”, Poemas (1991); Segunda Edición (2012).
“Más allá del Galeras” y otros cuentos, publicado por la DI y la Alcaldía de la Ciudad de Ipiales, en 1994.
“¿Dónde soñarás esta noche?”, Poemas (1995); Segunda Edición (2012).
“Poemas en punto G. Poemas en punto de Guerra” (2012).
“Leticia amaneció desnuda” (Novela), Bruma Ediciones (Argentina).
“Siempre llega la noche” (Novela), Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez.
“En este lugar no hay trenes” – Relatos (Ediciones Albores España).
“En tinta verde” (Novela), Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez.
“En este lugar no hay trenes” –Relatos (Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez).
“Agua de lenguas” – Poemas (Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez).
“La forma de las cosas sin figura” –Novela (Caza de libros Editorial).
!Qué bonito texto! Cordial saludo a la distanci a mi compañero de colegio Sucre 1978. Un orgullo para Ipiales.