Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
El Decano de los historiadores, Rodrigo Llano Isaza, a propósito de la fundición de una estatua pro-Agualongo en España (repárese que el Libertador Simón Bolívar la exhibe en Madrid y en Cádiz hace más de cien años) ha esculpido también una frase lapidaria: “Expreso mi apoyo decidido al monumento que en Madrid quieren elevarle al rebelde general pastuso. Si bien se opuso a la independencia de la Nueva Granada fue un hombre del pueblo que luchó por sus creencias y murió por ellas. Lástima sí que algunos de sus promotores sean unos enfermos antibolivarianos”.
Seguramente se refiere a lo (a) s escribidore (a) s del sur del país empecinados en transfigurar la historia al precio de seguir purgando la venganza parricida. Materiales que han trabajado con ligereza, fatal y fanática, que los condujo al victimismo desfasado y nefasto, contrario a la necesaria reconciliación. Flaubert hubiera dicho: “Tened cuidado con la tristeza. Es un vicio”.
Por fortuna también existe una hercúlea vanguardia en los dos hermanos Bastidas Urresti, Edgar y Julián -de quien se cumplió un año de su carnal ausencia-, Guillermo Segovia, Eduardo Zúñiga, Pedro Verdugo, Carlos Bastidas Padilla, Arturo Bolaños Martínez, Orlando Morillo Santacruz, Fidel Darío Martínez, Allan Gerardo Luna, el invaluable Mauricio Chaves Bustos, sin menoscabo de la presencia permanente de los icónicos Ignacio Rodríguez Guerrero, Alberto Montezuma Hurtado, Vicente Pérez Silva, Alberto Quijano Guerrero, Sergio Elías Ortiz, Guerrero Vinueza.
Con Bolívar (y con Nariño) ocurre que su recompensa después de dos siglos es la de que no se tiene la entera seguridad de que hayan desaparecido porque su lámpara sigue alumbrando los caminos de libertad y justicia social. No es más que una conmemoración, porque un gran inmortal es faro de los vivos y hace inexcusable la piadosa forja de piedra a la pirámide levantada ante su legado.
La historia comparada
Y no es aislada la hermenéutica de que se acusa a nuestros esmirriados intérpretes. En todas y para todas las épocas han surgido veredictos que el paso de los días ha convertido en contraevidentes.
Piénsese en el magnicidio del capitolio romano, en la humanidad de Julio César. A lo largo de quince siglos -hasta el XIX-, los historiadores y glosadores se licuaron en la apología a Bruto, coronándolo como padre de las libertades y otras lisonjas mercenarias sin apercibirse del continente democrático y justiciero que ostentara el gobernante latino y menos sin percatarse del sentimiento genuino que despertaba entre las muchedumbres y el repudio universal que generó su ingente asesinato.
Los historiógrafos escoltaban sus argumentos en procura de robustecer el ascenso de la clase burguesa, mezquina, codiciosa y excluyente que nada quería saber del oleaje popular y sintonizaba sus ambiciones defenestrando al César y ungiendo el parricidio de Bruto que lo acometió para lisonjear a la plutocracia senatorial romana en menoscabo de las aspiraciones de la plebe y la apertura de los pliegues protectores del Estado a favor de la democracia embrionaria.
A comienzos del siglo XX, vino el revisionismo copernicano de estas premisas no porque los hechos del pasado hubiesen sido falaces sino porque los intérpretes se revistieron de otros juicios de valor.
El deslucimiento de los tentáculos de la burguesía y el paralelo surgimiento y prestigio de la democracia remodelaron el concepto y valor de las sociedades y los nuevos y lúcidos historiadores apuntalaron en obras ya clásicas, los sucesos que la historiografía precedente había ocultado o tergiversado interesadamente. Entonces fue que se perfiló el verdadero rostro de Bruto y se arrojó luz sobre la figura siniestra del asesino del capitolio, denunciándolo como usurero que fue; así como también de que había sido el instrumento de la oligarquía romana que había controlado largamente el poder y la riqueza en el imperio; y narraron que Bruto y sus compañeros fugaron de la ciudad ante la magnitud del crimen porque iban a ser defenestrados por el pueblo, que había llorado a su emperador, que les había dejado a todos y cada uno hijuela popular. La plebe romana nunca aplaudió el magnicidio; por el contrario, deploró el asesinato del gran caudillo, civil y militar que fue Julio César.
Compruébese así que unos mismos hechos merecen varias y nuevas -y legítimas- interpretaciones.
El comportamiento de nuestras clases oligárquicas igualmente puede rastrearse y homologarse con las sociedades norteamericana o francesa que les sirvieron de modelo. Charles A. Beard (1874-1948), por ejemplo, escribió su libro “Una interpretación económica de la Constitución de los Estados Unidos”, hace cien años, en el que intenta probar que los padres fundadores que habían redactado la Constitución, eran miembros de las clases altas, que la invocaron para preservar sus privilegios –el derecho de propiedad- contra la temida agresión de las chusmas envalentonadas.
Acusado de ser “una hiena que violaba las tumbas de los patriotas muertos”, el antiguo profesor de la Universidad de Columbia explicó que había captado los resortes que mueven a los políticos, escuchándolos fríamente y en privado, en la sala de su casa en Indiana, en las conversaciones con su padre, hacendado y comerciante.
En contra de lo que se suele suponer, el economicismo no es característico de los historiadores marxistas o de izquierda, sino que aparece con frecuencia entre los científicos sociales más conservadores. Pruébalo W.W Rostow, asesor de los presidentes Kennedy y Jhonson, que explicó “las tensiones sociales” por el precio del trigo y por la marcha de los negocios, y sostuvo que la revolución soviética hubiera podido evitarse si la Primera Guerra Mundial hubiese comenzado diez años más tarde, ya que para entonces la industrialización rusa habría avanzado lo suficiente como para no contagiarse de la peste revolucionaria, olvidando que muchas causas que no tenían nada que ver con el crecimiento industrial, contribuyeron al derrumbamiento del zarismo.
Charles Veer, igualmente hizo una aproximación económica a la formación de la Carta de Filadelfia. Tratábase de un enfoque cuasi rudimentario de los conflictos económicos para explicar las disensiones partidistas o de grupos políticos en general.
Por su parte, si se examinan las causas que condujeron a la Revolución Francesa, igualmente se advierte que, a lo largo de un siglo, las interpretaciones han corrido con distinta fortuna. El filósofo Ortega y Gasset decía que las minorías políticas casi siempre tienen la razón. Es un concepto reaccionario, pero muchas veces las minorías egregias imponen su voluntad. El caso patético es Aulard: al hablar de la Revolución Francesa, dice que, extrañamente, una asamblea monarquista proclamó la República. Nadie se decía republicano en Francia en ese entonces, salvo un inglés, un prusiano y un belga: Thomas Paine, Anacharsis Cloots y François Robert.
Jules Michelet (1798-1874), que publicó su “Historia de la Revolución Francesa”, a mediados del siglo XIX, sentó la idea de que el origen de la revuelta fueron los invencibles vejámenes que padecían los franceses, que finalmente se sublevaron en contra de unas estructuras políticas inadmisibles que provocaban sólo desahucio y pobreza.
Jean Jaurès (1859-1914), por contraste, en “Historia socialista de la Revolución Francesa”, de comienzos del siglo pasado, alega que el ariete revolucionario no fue la miseria del pueblo, sino la extravagante opulencia de la burguesía, que necesitaba compartir las mieles del poder y por ello pretendía acortar todas las distancias que la divorciaba del primer estado y que impedían su enriquecimiento y nivelación.
En tanto que Ernest Labrousse, cercano a Jaurès, en sus dos grandes obras sobre la economía y la sociedad francesas del siglo XVIII, publicadas en 1932 y 1944, avaló a entrambos filósofos, en quienes no halló disputa sino más bien complementariedad. Examinó el comportamiento de precios y salarios, de rentas y beneficios, y esto le permitió concluir que el cuadro deficitario que cubrió la economía francesa en los años inmediatamente anteriores a la revolución, empujó su desencadenamiento. “Una coyuntura desfavorable reúne, en la misma oposición, burguesía y proletariado. La revolución aparece a este respecto como una revolución de la miseria. Pero considerado en su conjunto, el siglo XVIII fue una época de prosperidad y crecimiento, un siglo de expansión económica, de alza de los ingresos capitalistas, de aumento de la riqueza y del poder burgués. Como tal, prepara la revolución, una revolución de prosperidad”.
Su ascenso, facilitó a la burguesía labrarse una conciencia de clase que le permitió zanjar los pronunciamientos populares que, sin ella, pudieron haber quedado en meros motines de subsistencia, sin consecuencias renovadoras ningunas.
Asi pues, las tesis de Michelet y Jaurès no eran contradictorias porque no eran totales. Desde luego que la de Labrousse tampoco era la verdad absoluta.
En similar cuerda interpretativa, Antonio Gramsci, quien distinguió entre clases dirigentes, dominantes y hegemónicas. El marxista italiano enseñó que, dadas ciertas condiciones, un grupo y una ideología pueden dominar tan completamente una sociedad que hasta los que no son beneficiarios de esta hegemonía y de su ideología pueden aceptarla. Claro que explicaba también que no hay una conexión automática entre ser clase dominante y ser clase dirigente, esto es gobernar el Estado. En general, una clase hegemónica tiene las dos cosas: saber gobernar el Estado y allí tiene legitimidad y es eficiente para hacerlo y al mismo tiempo dentro de la sociedad civil a través de toda una serie de mecanismos materiales e ideológicos, tiene y mantiene una posición al estar en la cúspide.
En próximas Geometrías demostraremos cómo la evolución de nuestra historia patria comprueba también la validez de la transfiguración de sus intérpretes.
En este artículo, Piedrahita hace un abrebocas de lo que espermos sea una serie de artículos relacionados con la forma en que se ha escrito la historia regional – a todas luces pastocéntrica, según mi parecer -. El deseo de levantar un monumento a Agustín Agualongo en España, auspiciado por “Héroes de Cavité” y la Asociación Renacer Hispanoamericano, en el municipio granadino de Arenas del Rey, es el pretexto que le sirve al autor para analizar filosóficamente cómo ha sido la interpretación de la historia desde diferentes contextos, previendo que esa clase dominante pastusa se ha perpetuado en el tiempo, fueron ellos los tozudos realistas que se opusieron a la causa de la Independencia, arrastrando al pueblo a una guerra que los convertía en chivos expiatorios de sus propios deseos y frustraciones vistas a futuro. Sobra decir que analizando a los postuladores de la causa agualonguista en España, son falangistas relegados y reaccionarios que piensan que la hispanidad propuesta por los invasores españoles y pérpetuada por los pérfidos Borbones, pueda tener asidero en esta América libre, independiente y soberana. Excelente artículo que nos da una muestra de lo que vendrá. J. Mauricio Chaves-Bustos.