LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA NARIÑES (2)

Lo cierto fue que en nuestro territorio la historia no fue leyenda sino severa cuotidinianidad.

Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Hasta tiempos recientes, nuestra historiografía se montaba binariamente en la leyenda negra de la conquista y la colonia o en la leyenda rosa de un imperio borbónico paternal y justiciero. La Colonia era una época tenebrosa, de opresión y catecismo católico que mantuvo en los túneles de la barbarie a las naciones aborígenes.

Para algunos, llegados al 20 de julio de 1810, se produjo el repentino y milagroso advenimiento de una generación de próceres -héroes de la patria llamaríanlos hoy-, quienes alumbraron la nueva nacionalidad en la que se extinguieron de repente, gracias a la taumaturgia de la independencia, las tinieblas de la colonia y el antiguo tenebroso régimen.

Como tales escribas no pudieron concordarse en sus ensalmos, ahí mismo empezaron los enconados enfrentamientos, las guerras intestinas, los abusos de poder, el fraude electoral y el desprecio de la tabla de derechos y libertades que se garantizaban en códigos constitucionales que febrilmente se proclamaban: que los indios perdieron sus tierras, defendidas durante tres centurias por los bárbaros gobernantes españoles; que el standard de vida del pueblo neogranadino descendió en el siglo XIX; que Hispanoamérica se “balcanizó” y adquirió la calidad de zona colonial periférica de Inglaterra y los Estados Unidos; pero todos esto se mantenía en la penumbra y lo único que salía a luz era que los notables de la Patria Boba y sus herederos espirituales en el siglo XIX habían incurrido en algunas equivocaciones, adjudicables a la novatada, la candidez  o filantropía de sus miras y su carácter. Toda motivación fenicia o usurera o mercantil se impugnaba acerbamente por los cronistas autenticados y paniaguados, quienes presentaban a la Nueva Granada como la “Atenas sur­americana”, cuya vida idílica se interrumpía, de vez en cuando, por los conflictos “románticos y caballerescos” de los partidos.

Lo cierto fue que en nuestro territorio la historia no fue leyenda sino severa cuotidinianidad.

José Vasconcelos -pensador azteca que pasó por Pasto y por Ipiales hace 100 años- también había captado que el poder y la riqueza habían sufrido un mero tránsito de las manos de los invasores ibéricos a los engreídos militares que se lucraron usureramente de la independencia.

Las condiciones económicas de los indígenas, de los campesinos y de los afros siguieron aún peor, comoquiera que antes tenían por lo menos el ala protectora de la corona. “Bolívar les distribuyó la tierra y abolió el tributo, pero más pudo la rapiña de los terratenientes”. Hasta ahora mismo, con el tratado del Colón de hace 10 años, se conoce el censo de millones de hectáreas en poder de unos pocas castas oligárquicas.

Los autores más conspicuos, coinciden en que lo neurálgico fue la exclusión de los criollos -más por costumbre que por ley- de la burocracia, de la iglesia y del gobierno y los desprecios sociales de los españoles nacidos en la metrópoli que alimentaban esa odiosa exclusión. Verdadero origen del prontuario de agravios que finalmente fueron el detonante de la revuelta.

Afectaba primordialmente a la élite nativa de propietarios y profesionales; el hombre corriente no podía aspirar a Obispo o Juez y menos magistrado y no sería excluido, por razones de nacionalidad, si buscaba un lugar mínimo en el servicio de correos…

La estructura de la sociedad pastusa descansó en las castas. Descendientes de conquistadores fueron los encomenderos, sacerdotes y gobernantes, todos probados en la pureza de sangre. Defendieron el realismo como causa personal, sirviendo de escudo en la defensa de las dos potestades: la monárquica y la religiosa.

Una vez culminada la etapa de la Independencia, ni la dignidad del indígena ni las leyendas heroicas sobre su rebeldía y altivez, pudieron contra la crueldad de la ocupación española, ni con la que continuaron sus descendientes. El golpe había sido tan severo y la discriminación tan radical, que cuando se habló de libertad e igualdad, su contenido ideológico no pasó de la simple retórica. Lo cierto es que transcurridos los años y entrado ya el siglo XXI, el pueblo raso aún no ha podido superar su calidad de siervo ni su condición de víctima.

En tales circunstancias, resulta explicable que, ante la eventualidad de una rebelión triunfante contra España, la indiferencia fuera la característica corriente entre indígenas y hombres del común. “Nada màs natural entonces que el pueblo bajo adoptara frente a la Independencia una actitud hostil. Que a la bandera revolucionaria opusiera los estandartes reales. Lo contrario hubiera sido un contrasentido, pues para él luchar por la causa de España era objetivamente luchar por su libertad (contra la opresión criolla), como combatir en las filas patrióticas significaba reforzar sus cadenas” (Indalecio, Conflictos, 1972, p.842).

Agustín Agualongo, la encarnación más perfecta del valor de la lealtad de su propia gente, es la figura indígena que en Colombia simboliza el rechazo de ese “pueblo bajo” a la alternativa criolla.

El pueblo era indiferente, porque en estas guerras no se planteaban problemas de su raza, de su clase o de su condición sociopolítica, ni se combatía por los postulados de libertad e igualdad en cuyos nombres se declaraban. Se libraban por motivos de ordenamiento de la República, o por razones económicas de clase, como fueron la prohibición del negocio de esclavos o el destino de los bienes de manos muertas.

Desde finales de 1810 hasta finales de 1814, cuando Bolívar toma Santa Fe, enfrentamos la primera guerra civil conocida como la “Patria Boba” o Primera República. Y de 1815 al 19, la reconquista española. Pero no todo español fue realista ni todo americano patriota, ni los indios se definieron en conjunto por un bando ni los negros esclavos tomaron partido por una lucha que no era suya.

Santa Marta, Popayán, Pasto, entre otras, incluida la propia Santa Fe no siempre aceptaron nada distinto al Consejo de Regencia y más tarde a Fernando VII.

Ni tampoco todos los pueblos del Distrito de Pasto fueron realistas. La provincia de los Pastos, con Ipiales a la cabeza, lucharon enérgicamente por los ideales independentistas. Tanto que el 7 de septiembre de 1810 formó Junta y promulgó Acta de Independencia absoluta de todas las autoridades, incluidos Fernando VII, la Junta de Regencia de Cádiz y obviamente Pepe I Bonaparte.

Amén que no todo el Distrito de Pasto fue decididamente monarquista comoquiera que la Provincia de los Pastos (capital Ipiales) fue independentista ostentando el inusitado logro de haber constituido Junta de Gobierno y proclamado Acta y Grito de verdadera y sediciosa independencia de España el 7 de septiembre de 1810. Ratificada mediante otra acta de finales de ese mismo mes, suscrita en Cumbal.

Sin ningún sobresalto, rígidamente estratificada, conservatizada y aún fanatizada, Pasto permaneció estacionaria, sin signos de vida para la lucha a muerte que se libraba en el continente en contra del Imperio.

A diferencia de sus vecinos Popayán o Quito, Pasto, situada en los Andes septentrionales, adscrita a la zona de los páramos ecuatoriales, no cultivaba relaciones comerciales con el exterior y su economía resultaba feudal y autárquica. “Era un poblado de tercera categoría enclavado en un pliegue de los Andes inmensos, lejos de todo el mundo”, recuerda Sergio Elías Ortiz en las crónicas de su ciudad.

Las vías de comunicación con el mundo exterior de esta porción de América Hispana, se reducían a los primitivos caminos reales (de los Incas y de los Pastos), habilitados para vías por los conquistadores y colonos españoles y recompuestas de tarde en tarde, con el trabajo obligatorio de los indios, al terminar las rigurosas épocas de invierno que las dejaban totalmente destruidas.

Era una estación de paso en el circuito comercial que unía a Quito con Popayán, las minas del Chocó, Santa Fe y Cartagena. Únicamente abastecía de carne seca, papas y tejidos bastos de la provincia de los Pastos a las minas de Barbacoas, y de harina de trigo y algunas artesanías a Popayán.

Por eso, las transacciones comerciales se hacían a baja escala con Popayán y Quito e Ibarra que enviaba harina, lana y ganado en pie. La producción local abastecía las necesidades de los distintos sectores. Los indígenas se vestían con sus propios textiles de lana, que confeccionaban en telares artesanales. Grupos de ellos se abastecían de productos elaborados en los obrajes de Quito y solamente las clases altas se vestían con los géneros de Castilla. La economía, entonces, puede calificarse de autárquica, agravada, además, por las cósmicas vicisitudes andinas que “hacen de la nuestra la topografía más inaccesible del planeta”.

Todo ello conspiró en contra de nuestra integración al mapa de la independencia y de la Patria y propició y estimuló el estancamiento ruinoso. Al amanecer del siglo de las luces, el 19, Pasto permaneció insólita pero laberínticamente aislada; para peor, sus herméticas clases altas presumieron que eran todo un desafío para sus presentes y cuantiosos privilegios las ideas insurgentes y republicanas. El aislamiento trajo como consecuencia nefasta la perpetuación del sistema feudalista tanto en las relaciones de producción como en el comportamiento social.

No existió en las clases dirigentes un grupo sublevado que disputase contra el régimen colonial, ante todo porque ellos mismos se sentían peninsulares, cobraban los tributos y lucraban sus preeminencias y privilegios. A pesar de los impuestos ellos los escamoteaban. Además, habían lucrado las encomiendas, mitas, concertajes y todas las concesiones que les hizo la Corona.

El también ipialeño Pedro Carlos Verdugo señala que para la época de la independencia, el actual departamento de Nariño era “zona de disputa permanente entre las élites y las Diócesis de Popayán y de Quito … debido a la presencia muy notoria de una élite aristocrática en el terreno político y de la Iglesia Católica en el ámbito socio-religioso; como también por su gran diversidad cultural (Pastos, Quillacingas, Telembies, Awa-kuaiquer, Embera, Yuríes) y presencia de un sincretismo sui generis hispano-afro indigenista”.

“En el plano político hubo heterogeneidad. La provincia de Pasto fue una región conservadurista con unas élites compuestas por familias terratenientes de corte aristocrático, las que no se resignaban a perder sus prerrogativas sociales, que habían obtenido desde la colonia hasta los comienzos de la República; élite que lideró, conjuntamente con la Iglesia Católica y un amplio sector indígena, orientado por Agustín Agualongo, la defensa de la causa realista y de la autonomía regional en el proceso de construcción del estado-nación”.

Esto permitió la presencia de un partido realista hegemónico, elitista, clerical, burocrático, excluyente, que únicamente periclitó ante la huida de su protector y garante Basilio García después de la Batalla de Bomboná.

El apoyo del clero, fanático y atávico, fue definitivo. El obispo Jiménez de Enciso Cobos y Padilla impuso con la severidad de lo infalible que el sismo republicano era enemigo de Dios. La prédica está con los siete sellos y ningún mortal puede adversarla. Los sensatos no hacen diferencias entre el reinado del cielo y una monarquía terrenal. Para ellos, los dos extremos se unen y confunden en un sólo trono indivisible. Desde 1809 hasta octubre de 1811, todos sus pronunciamientos apuntan a militar encarnizadamente en la causa de España. En 1811 hubo una pausa favorable a la República, pero para abandonarla diez meses después.

La parábola épica de Agustín Agualongo se sitúa en el paralelo conceptual que hemos intentado, a propósito de la recalcitrante resistencia indígena a la revolución burguesa de independencia.

Acto seguido a las capitulaciones de Berruecos, después de la  batalla de Bomboná, desde su cuartel en Túquerres, a comienzos de noviembre, el teniente coronel Benito Boves, sobrino del terrorífico José Tomás, envía una improvisada patrulla campesina, recogida en los resguardos indígenas de Genoy y Catambuco a saquear a Ipiales y Tulcán por su no disimulado patriotismo, y en cabeza de Agustín Agualongo y Eusebio Mejía (a. “calzones”).

La retaliación fue sumamente cruel porque en las dos poblaciones se quemaron varias casas y se mataron civiles incluyendo mujeres y niños, siendo apresada Antonia Josefina Obando Murillo, pues se le cobraba su adhesión a la gesta bolivariana. A la fuerza fue empujada hacia los pueblos cercanos para demostrar el supuesto poderío de la insurrección rural, que había motivado Boves y sus secuaces, como si fuera un profeta vengador. En ese mismo noviembre negro la ninfa ipialeña fue fusilada en donde años después se levantó capilla de La Escala.

Huelga precisar que para esa misma época Ipiales fue devastada, incendiada; hasta sus archivos fueron arrasados como si hubiérase querido desaparecerla de la memoria popular.

Fue Monseñor Justino Mejía el que localizó finalmente la partida de bautismo y comprobó que nació en Pasto, en Hullaguanga, en 25 de agosto de 1780, como Juan Agustín Agualongo Sisneros.

Según ficha militar elaborada en  7 de marzo de 1811, cuando voluntariamente se presentó con el contingente reclutado por los realistas, amenazados por los patriotas de Quito y Santa Fe, Agualongo era de bajísima estatura, medía un metro con cuarenta centímetros, pelos y cejas negras, ojos pardos, nariz regular, poca barba y una mancha como carate debajo de los ojos; era cariabultado, tenía color prieto y bastante abultado el labio superior.

Sabedor el Presidente de la Real Audiencia de Quito, Melchor Aymerich, de las desgracias de Calzada, se trasladó a Pasto y designó a “don” Basilio García como Comandante. Y se dirigió urgentemente a Guayaquil, puerto en el que el 9 de octubre había estallado una nueva revuelta. Se llevó consigo al teniente Agustín Agualongo, a quien conocía desde las épocas de Antonio Nariño. Así que el 2 de noviembre partieron, el 5 estaban en Ibarra, el 9 entraron a Quito; el Presidente dispuso una división bien armada y pertrechada para salir a Ambato con el fin de detener el paso de los soldados victoriosos de la revolución de Guayaquil, quienes ya habían ocupado la ciudad al mando de los coroneles Luis Urdaneta y León Febres Cordero.

Costeños y peruanos vs. chapetones se dieron cita el 22 de noviembre en la planicie arenosa de Huachi. Estos al mando de Aymerich y los patriotas, de los Generales Sucre y Mire. La poderosa caballería enemiga cargó contra la infantería nacionalista; el General Sucre se salvó en su caballo herido y él mismo contusionado escapó por el camino de Guaranda y fue perseguido hasta el pie del Chimborazo. Hicieron prisioneros a los Generales Manuel Antonio López y Mires, a 26 jefes y oficiales y 600 de tropa, y quedaron muertos los capitanes Jorge Lozano, hijo del Marqués de San Jorge, Nicolás Gamba y Manuel Buendía.

Las fuerzas realistas no quisieron caer sobre Guayaquil, sino que cayeron sobre Cuenca para despejar el camino hacia el Perú y comunicarse con sus correligionarios que combatían contra el General San Martín. Prosiguieron hasta la costa y el coronel González sigue ese camino hacia principios de agosto de 1821 con el fin de enfrentar a Sucre. Agustín Agualongo era el Jefe Militar de la plaza de Cuenca.

El 20 de enero de 1822, junto con el Coronel Carlos Tolrá, abandona Cuenca con el objetivo de venir al norte a defender a Quito ante la próxima arremetida en las laderas del Pichincha. Les tocó defender la retaguardia desde Iñaquito, desde donde supieron el resultado de la batalla y emprendieron de inmediato el retorno a Pasto.

Así que Agualongo salió de Pasto el 2 de noviembre de 1820 y regresó el 29 de mayo de 1822, por lo que no participó en las jornadas de Genoy ni Bomboná, y tampoco en la del Pichincha. El que sí estuvo en Bomboná fue Estanislao Merchancano.

Para el 24 de mayo de 1822, Agualongo fue hecho prisionero junto con Benito Boves, los que lograron fugarse y entrambos acaudillaron al pueblo de Pasto al grito de “Viva el Rey”. Esto era el 28 de octubre.

Ya de Teniente Coronel, cuatro meses después del armisticio de Berruecos, firmado el 6 de junio, Agualongo declara su jurada rebeldía a la independencia, que en Pasto había mostrado las más sanguinarias e inicuas represalias. Recuérdese las sombrías navidades de ese año y entiéndase entonces cómo el ejército supérstite de Fernando VII se nutría de entristecidos y enlutados pastusos. Pero esa será precisamente la hora del capitán pastuso, que se revelará a partir de esa capitulación en toda la descomunal e insólita intensidad de su extraña e incomprendida tragedia.

“El pueblo de Pasto no se había rendido y estaba furioso contra don Basilio, que en la noche del 9 se libró providencialmente de ser asesinado por un miliciano, y también en contra del Obispo y del Cabildo por haber capitulado –dice Sergio Elías Ortiz. ¿Por qué el pueblo de Pasto no aceptaba los hechos cumplidos, una vez que la propia España en las personas de sus más altos representantes, el presidente de Quito, Aymerich, y el Comandante de la División del Sur, García, los habían aceptado y se retiraban de la lucha?

A todo lo cual contestaban con serena entereza los pastusos: “No crea Usted que es pueblo bárbaro con quien trata; valiente sí, constante en las obligaciones que tiene con Dios, con el rey y sus justos derechos; mira con horror el perjurio, siente la desolación y el estrago que ha causado el olvido de la fidelidad a Dios y al rey y está resuelto a esperar ser reducido a cenizas antes que faltar a sus deberes”.

Dueño de su ciudad le puso gobierno, así que “el blanco” Estanislao Merchancano fue designado Gobernador y él mismo se proclamó Comandante General, en nombre del Rey de España.

Y como si fuera poco, Agualongo se decidió por capturar Quito. Y para ello se encaminó a Ibarra a apoderarse de aquella preciosa joya en su botín realista. El general Bartolomé Salom, de siniestros recuerdos, que quiso detenerlo en El Puntal, fue desbaratado.

La futura capital del Imbabura fue sometida al régimen de pillaje y pandilla, por varios días, por ese ejército de indígenas hambrientos, más de manjares terrenales que de conveniencias imperiales.

Y esa demora los perdió. Avisado Bolívar por Salom de la frágil situación republicana, regresó de Guayaquil inmediatamente y se puso al frente del ejército. El 18 de julio de 1823 enfrentó murgas callejeras en Ibarra, que ni siquiera sospechaban de su presencia. El propio Agualongo no pudo reponerse de la inminencia y fiereza del ataque. Ochocientos pastusos quedaron cadáveres camino al Chota. Sólo cincuenta con Agualongo, pudieron atravesar el Guáitara por Rumichaca.

De regreso a Pasto, sitió nuevamente la atormentada ciudad. El propio Vicepresidente Santander el 6 de noviembre de 1823 le escribió una carta conciliadora que no fue respondida. Así que vinieron Salom y José Mires, que con Flórez arrinconaron al solitario coronel realista. Volvió a las montañas, pero esta vez para buscar Taminango, el Patía y el camino de Barbacoas, a cientos de kilómetros y de calamidades, amén de enfrentar al teniente coronel Tomás Cipriano de Mosquera, Gobernador de la provincia de Buenaventura, cuya capital lo era el puerto minero.

“Un fogoso oficial de veinticinco años a quien la designación le venía muy bien, pues en esa región y con la ayuda de cuadrillas de esclavos africanos, su familia explotaba las minas de oro. Mosquera contaba con el apoyo de una pequeña tropa porque su principal misión era preparar un envío de cincuenta mil pesos en tejos de oro, para financiar las actividades del ejército colombiano en el Perú”, dice el historiador-periodista Mauricio Vargas.

Esta batalla se dio el 31 de mayo y el 1 de junio de 1824 y no en 1826, como lo destaca una pintura del Museo Nacional, a instancias del sospechoso historiador Pedro María Ibáñez. “A pesar de que los realistas lo doblaban en número, el joven coronel se movió con valor y astucia y derrotó a Agualongo”, se lee en “El mariscal que vivió de prisa”.

Lo único claro fue que Agualongo se escapó de nuevo diezmado a sus montañas y al coronel Mosquera le rompieron ambas quijadas, que repuso meses más tarde en Nueva York. Desde luego él cobró caro la osadía: 140 realistas muertos, 183 prisioneros. “Nuestra pérdida fue de 13 muertos y 18 heridos, incluso yo”, dice el futuro General de mil soles. A los problemas en el habla que le dejó la herida que le destrozó media quijada, les debería el apodo “mascachochas”, que lo acompañaría hasta su muerte, cincuenta y cuatro años y media docena de guerras civiles después.

Vargas Linares, Alberto Montezuma y Rodrigo Llano, puntualizan que la herida la recibió de un soldado, de apellido Martínez, de su propio ejército que a última hora lo traicionó.

Durante 20 días, deambuló Agualongo por la ruta del retorno que fue su ruta de la muerte. Llegó al Páramo del Castigo, suelo estéril y desolado. Allí lo esperaba José María Obando, su antiguo compañero de armas realistas, que a principios del 22, se entrevistó en Cali con el Libertador y se alistó en los ejércitos patriotas.

“Es ese hombre tan bajito y feo el que nos ha mantenido en el terror?”, preguntó un notable de la ciudad al verlo.

“Sí, contestó Agualongo tras fijar sus ojos negros en el hombre que indagaba. Pero dentro de este cuerpo tan pequeño se alberga el corazón de un gigante”.

Era el 13 de junio de 1824, cuando Agualongo fue conducido a Popayán a enfrentar el implacable consejo de guerra verbal. Obando hizo esfuerzos por indultarlo y homologarlo al Generalato de la República, pero Agualongo no quiso, porque hubiera significado para él desdibujar mediante una canonjía todo lo que fue la razón y la sinrazón de su lucha.

La trágica experiencia de Agualongo quedó grabada en la memoria de las más destacadas y épicas gestas de la Independencia.

Ya habíamos recordado también al profesor Pedro Carlos Verdugo, quien advierte que: “Los excesos referidos del general Sucre y del Libertador en la ciudad de Pasto, se quedan en miniatura ante las atrocidades cometidas por los ejércitos realistas con la población ipialeña, entre 1812 y 1814: saqueos, incendios, fusilamiento y exterminio, especialmente de la comunidad indígena de los Pastos”.

Guillermo Segovia Mora: (p. 55), conceptúa sobre Agualongo: “Es un homenaje digno de exaltar y cultivar los valores positivos que signaron a un paisano, pero no se debe olvidar nunca el anacronismo de su enseña. Fue un realista criollo, un pastuso herido por las afrentas a sus creencias y a su pueblo, pero así mismo el caudillo de una causa reaccionaria como los hubo a lo largo y ancho de las colonias españolas, a los que hoy exaltan ultraconservadores nostálgicos españoles que denuestan de la Independencia y glorifican la monarquía con argumentos amañados e interpretaciones acomodaticias”.

“Pero la resistencia tuvo el límite de lo inevitable. Advertido de la irreversibilidad de la victoria patriota y de los nuevos tiempos por venir, el pueblo pastuso juntó su sangre al torrente de la naciente nacionalidad colombiana. Sin embargo, consolidada la independencia, la provincia no tuvo calma por el uso que de estas huestes irreductibles hicieron los caudillos de las guerras civiles, que prosiguieron, aprovechando el ánimo de vindicta y la tendencia guerrera larvada en indios y negros tras largos años de violencia, no pocos triunfos y un modo hosco y aislado de vida”.

Los ipialeños retenemos en nuestro martirologio que esta masacre se había abierto con broche escarlata con el fusilamiento de los hermanos Belalcázar, en la pared de la ermita de San Joaquín y de Santa Ana en Ipiales, y continuó con la vil ejecución pública de la matrona Antonia Josefina Obando Morillo, en noviembre de 1822, por el realista Eusebio Mejía.

“Este fue el asesinato colectivo en la época de la independencia, más grande e inhumano que recuerde la historia de Colombia, dada su premeditada crueldad y teniendo en cuenta el reducido número de habitantes de la subregión afectada, más concretamente de Ipiales y Tulcán. Soldados y mercenarios realistas obraron, con premeditación y fases repentinas de terror, en la liquidación selectiva de dirigentes y adultos de las comunidades indígenas, de mestizos que fueron delatados y de algunos habitantes urbanos que alcanzaron a huir hacia las montañas vecinas”, termina diciendo Armando Oviedo.

¡¡¡Y de esta masacre sí que los historiadores no se recuerdan!!!

Ernesto Vela Angulo, EVA, siempre polémico, heterodoxo, contestatario nato, adobado de un espíritu ecuménico y burlón que lo divorciaba de los báculos insoportables. Ha poco de su muerte, era zaherido por sus intencionales, pero ya inocentes invectivas picarescas y urticantes deslizadas en la revista de la UDENAR o en “Cultura Nariñense”, o en “Memorias del Sur”. Con Agualongo y Sañudo barajaba jugosamente su “realismo mágico”.

Del filósofo solía repetir que representó la reacción de Pasto contra la independencia y la libertad. Independencia no sólo política. “Ese modo de pensar influyó tremendamente en Nariño. ¿Nuestro territorio había sido maltratado durante el siglo 19, pero por culpa de quién? De los propios pastusos.

Se encargaron de enaltecer lo realista. El departamento es realista hasta ahora”. Y del magno guerrillero: “Agualongo prefiere a sus viejos amos y desprecia olímpicamente a los criollos, encarnando el tipo clásico del reaccionario de su tiempo y de enemigo apasionado de la causa de la independencia”.

A lo que ripostaban sus contradictores, que EVA aparece “aduciendo grandes mentiras, sobre Pasto, como una ciudad oscurantista y reaccionaria, que se opuso a la independencia, a la libertad, sin que se haga un análisis de las circunstancias y condiciones que vivía Pasto y su gente” (carta de Enrique Herrera, 30 de mayo, 2005).

Igualmente reprochaban a EVA que haya recordado que al departamento de Nariño “se quería ponerle por nombre el Departamento del Corazón de Jesús”, como si no hubiera cierto que le quisieron bautizar con el de su beatísima madre, “la Inmaculada Concepción”.

Con razón, Julián Bastidas Urresty, en un reciente y espléndido libro, recuerda que Humboldt sentenció que “en Pasto, Quito, Perú, los indios han cambiado un excelente gobierno, como el de los incas, por un miserable: el español”.

Y dice Julián: “A pesar de las constataciones de Humboldt, algunos historiadores aseguran hoy que los habitantes de Pasto vivían felices con Fernando VII, razón por la que se resistieron a la independencia de España”.

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