Por:
Luis Fidel Cabrera *
En la ciudad verde de Almere, un club de caminantes organiza una caminata en cada cambio de estación meteorológica. Se llama “La caminata de las cuatro estaciones”. El fin de semana pasado se celebró la del otoño, con el propósito de despedir el verano y abrirle las puertas y el corazón al otoño. Un hermoso ritual que representa una celebración profunda y consciente del vínculo con la naturaleza.
Numerosos estudios han documentado el impacto de la naturaleza en nuestra vida cotidiana. Un nuevo estudio de la profesora Kathy Willis, experta en biodiversidad de Oxford, lo confirma con evidencia científica. El artículo destaca cómo el contacto con la naturaleza tiene efectos positivos y comprobables sobre la salud física y mental.
No se trata solo de caminar y moverse, sino de entrar realmente en contacto físico con la naturaleza: tocar madera natural reduce la presión arterial. No es una creencia espiritual, sino un efecto fisiológico medido en estudios. Las plantas y el entorno verde, o simplemente estar rodeado de vegetación, mejoran el bienestar, reducen el estrés y potencian el rendimiento. De ahí la importancia de mantener espacios verdes en escuelas y barrios. Los niños que toman sus recreos en zonas rodeadas de vegetación se vuelven más creativos y se reducen los intentos de suicidio. Algo que podría aliviar en parte el problema de suicidio juvenil en Ipiales.
Durante mi hospitalización experimenté cómo el impacto visual acelera la recuperación. Ver árboles y pájaros desde una ventana hospitalaria mejora el estado de ánimo y reduce el uso de analgésicos. El simple acto de observar la naturaleza tiene efectos terapéuticos. Algunos hospitales en Países Bajos han diseñado salas de cuidados intensivos rodeadas de vegetación, y los resultados muestran que los enfermos sanan más rápido de lo habitual.
Al entrar en contacto con la naturaleza se activan nuestros cinco sentidos. No solo vemos, escuchamos, tocamos y probamos, sino que también percibimos aromas naturales. Olores como los de los bosques nativos, el frailejón o la lavanda tienen efectos similares a los medicamentos: inducen calma, mejoran el sueño y regulan procesos biológicos.
Pero atención, no todo lo verde es beneficioso. Los monocultivos, aunque tengan apariencia verde, son un “desierto verde”. El uso de pesticidas y la falta de biodiversidad los convierten en espacios sin beneficios reales para la salud.
También existe desigualdad en el acceso al verde: las personas en barrios pobres tienen menos acceso a espacios naturales, lo que se relaciona con mayores problemas de salud mental. La planificación urbana debe garantizar naturaleza para todos.
Soluciones personales: aunque no vivas cerca de un parque, puedes rodearte de naturaleza en casa.
La profesora Willis evita especulaciones filosóficas y se enfoca en datos concretos, lo que refuerza la credibilidad de sus afirmaciones. Además de lo ya comentado, el texto profundiza en varios aspectos fascinantes sobre cómo la naturaleza influye en nuestra salud. Las ciudades verdes tienen habitantes más saludables.
La naturaleza es como una medicina silenciosa, los efectos fisiológicos son reales: Kathy Willis explica que los compuestos que emiten los árboles, como los de los bosques de pinos, pueden ingresar a nuestro cuerpo al respirar y actuar como lo haría un medicamento. Por ejemplo, la lavanda activa circuitos moleculares similares a los de un calmante, ayudando a dormir mejor.
No es magia, es ciencia: Willis insiste en que estos beneficios no son creencias esotéricas, sino resultados de estudios rigurosos. Si una farmacéutica descubriera un medicamento con efectos tan potentes como los de la naturaleza, sería revolucionario.
A caminar en la naturaleza, amigos lectores. A exigir zonas verdes para nuestras ciudades: no son un lujo, son una necesidad. Así, las droguerías tendrán menos clientes y los parques más visitantes. O con otras palabras menos droguerías, más zonas verdes.
* Biólogo Ambiental, Periodista de Ciencia
Cabre018@planet.nl