Por:
J. Mauricio Chaves-Bustos
En Jorge Eliecer Gaitán puede vislumbrarse el hombre como caudillo y como mito. El primero está cubierto con la condición puramente humana, pero llevado a un plano de dirigencia, aquel que señala un camino que muchos optan por seguir, señala, si se quiere, una salida a una hecatombe causada por aquellos que tradicionalmente han gobernado a un país. Así mismo, se ha mitificado constantemente a quienes se consideran grandes seres humanos, hombres y mujeres que salen del común y que pueden ser ubicados en los extremos de una dialéctica que van entre la bondad y la maldad, entre la ignorancia y la sapiencia, en fin, entre esa serie de dualismos que forman lo que reconocemos como humanidad.
Jorge Eliécer Gaitán Ayala no es la excepción, quienes hemos crecido bajo el influjo de lo que otros nos han dicho sobre él, enmarcados en la concepción mítica antes anunciada, debemos hacer la tasación exacta para comprender realmente el papel que desempeñó dentro del constructo de nación que enmarcó su vida pública hasta su asesinato el 9 de abril de 1948, día realmente en que nace el mito y muere el caudillo.
El mito es un milagro, quizá esa conjunción de lo inexplicable puede tener cabida en el hombre público que fue Gaitán y que representó para Colombia el martirio constante de lo que pudo haber sido el pueblo si su vida hubiese continuado, así como lo sintió el país cuando cayeron asesinados Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro León-Gómez, inclusive el propio Álvaro Gómez Hurtado, por mencionar solo algunos de la larga lista que confirma que la horrible noche no ha cesado.
Un orador excepcional, sin duda alguna, sus piezas de oratoria son aún escuchadas por diferentes generaciones, la Oración por la Paz, pronunciada poco antes de su muerte, es un ejemplo de ello; así mismo sus intervenciones en el Congreso de la república siguen siendo piezas hermeneúticas que retratan la dialéctica que se daba entre las castas políticas de liberales y conservadores para detentar el poder. Ahí es donde habita el caudillo del pueblo, que es mucho más que la figura y las frases que aparecen en el billete de más baja denominación, el de mil pesos: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo” y “El pueblo es superior a sus dirigentes”, las cuales si se analizan bien pareciera que en la primera emerge el caudillo y en la segunda el mito, ya que al ser Gaitán un pueblo, él mismo es superior a los dirigentes de la época, entre otros Carlos Lleras Restrepo, que aparece en el billete de más alta denominación, el de cien mil pesos, tan escaso en los bolsillos de la mayoría de colombianos; además, cerca al lugar donde cayó Gaitán, espacio de culto de los viejos liberales y de muchos demócratas que dejan cada año ahí arengas y flores, en tanto que cruzando la avenida Jiménez, a pocos pasos, fuera del edificio de lo que fuera la gobernación de Cundinamarca, yace abultada la estatua de Lleras que es más un orinal público que nada. Quizá así pueda comprenderse la diferencia entre a quienes les asiste ser mitos y caudillos a la vez o haber sido solo caudillos por un brevísimo tiempo cósmico.
Sin embargo, el caudillo cuando acepta ser parte de la burocracia puede también equivocarse y caer en el marasmo de lo que tanto criticó el propio Gaitán, es decir se pierde en sí mismo el horizonte de lo que puede ser el “país político” y el “país nacional” , que parecieran ir en contravía desde el discurso, pero convergen cuando el caudillo sucumbe al poder, esto es fácilmente detectable cuando Gaitán fue alcalde de Bogotá por 9 meses, impopular porque quiso uniformar a los taxistas, y expidió decretos para que se dejara la ruana y la alpargata, así mismo para pintar las fachadas de las casas con una paleta de colores determinados; esto, por lo que fue acusado de fascista por sus enemigos políticos, hizo que pasara a un segundo plano el cuidado que le puso a la cultura en la capital, así como el acceso a la alimentación en los comedores escolares, entre otras obras que buscaban, no solamente la modernidad de la ciudad, sino la inclusión social.
De igual manera, siendo alcalde, se llevó a cabo la primera feria del libro de la ciudad, la primera semana de octubre de 1936, impulsando de esta manera el acceso de la cultura a las capas menos favorecidas de la sociedad, sin embargo, también es necesario recordar que no solamente prohibió que el libro “El apóstol desnudo o dos años al lado de un mito” de Fermín López Giraldo se vendiera o exhibiera ahí, sino que, como anotan los entendidos, ordenó recogerlo y quemarlo, el libro había sido publicado en Manizales el 15 de marzo de 1936, el autor hace de libelista contra el propio Gaitán por haber traicionado a la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, su propósito es: “castigar con mi pluma su grotesco pecado de una traición a la masa; la infamia de crearle un ideal, hacérselo amar y defender, aún a costa de la vida, y luego, de espaldas a los muertos heroicos y a los sobrevivientes perseguidos, abrazarse con los perseguidores” (p. 9). De tal manera que quienes conservan un ejemplar de tal libro, son realmente privilegiados.
Como ministro de educación (1940-1941) y como ministro de trabajo por cinco meses (1943-1944), siguió su política pública trazada durante su administración como alcalde, buscando el acceso a la cultura por parte de los menos favorecidos, así como el acceso a la educación, al alimento y a mejorar las condiciones de vida de millones de colombianos que vivían desatendidos por parte del gobierno central. Y aunque actualmente su papel como administrador público es altamente ponderado y se reconocen sus avances sociales para la época, para entonces podría decirse que pasó por el tamiz de sus enemigos políticos y para el grueso del común sin pena ni gloria, como se puede deducir de los periódicos y análisis de entonces. De igual manera se recordará que una de las banderas de los partidos tradicionales fue el voto femenino, Gaitán argumentaba el otorgamiento gradual de los derechos civiles y políticos para las mujeres, mientras que Guillermo Chaves Chaves, conservador, defendía la tesis del voto universal, tal y como se deduce de las ponencias presentadas tanto en la Cámara como en el Senado de la República.
Lo anterior permite comprender cómo en Gaitán convergen el caudillo y el mito, ahí la condición humana, puramente humana, como diría Nietzsche, cobra especial vitalidad, ya que emergen las contradicciones propias de toda individualidad. El político capaz de abrir un camino, luego truncado como todos sabemos, de hacer emerger una esperanza en un país donde las desigualdades sociales entre el campo y la ciudad campeaban inmisericordemente -no quiere esto decir que las condiciones se hayan superado, al contrario, quizá por algo Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo -, entonces, ese hombre se vuelve un caudillo, animado por la fogosidad de la palabra y por el magnetismo de saberse seguido y querido, hasta el punto de perdonarle precisamente la condición humana y proclamarlo un posible salvador.
El teórico ruso Viacheslav Ivanov, anota respecto al mito: “El mito no es una invención libre, un mito verdadero es una autodefinición colectiva, no es una alegoría ni una personificación, sino la hipóstasis de cierta energía o esencia […] No puede ser individual […] Un símbolo es supraindividual por naturaleza propia y por eso es capaz de transformar el silencio íntimo de una vivencia mística en el órgano de pensamiento y sentimiento unánime”, basta con visitar cada 9 de abril el lugar donde cayó inmolado Gaitán para comprender que es un verdadero mito, un símbolo de todo lo que en Colombia pudo haber sido y no fue.
Para terminar, quizá el poema del poeta ipialeño Florentino Bustos nos permita comprender la mirada que existe frente al caudillo y al mito que convergen en un solo hombre:
A Jorge Eliécer Gaitán
Ayer
Así debes cantar: noble colombiano,
de América, elogiado en tu grandeza,
con tu verbo, de ardor demosteciano,
guardas de tu raza, tu altiveza.
Así debes retar: cual espartano,
sublimas de Colombia su realeza,
defendiendo la ley de Justiniano,
con valor y con enorme gentileza.
Así debes opinar: tu cuerpo rudo,
tu gesto soberbio y displicente,
al oligarca, levántale el sacro escudo,
por él, mi país luce fulgente….
Así debes gritar: El, en nuestra historia,
“su nombre es diademado por la gloria!
Hoy
¡Ha caído el titán! El horizonte
siempre preñado estará por nubarrones;
por eso al pensador, al Jenofonte,
el asesino Roa mató sus ilusiones.
Cuando Gaitán, en el Sacro Monte,
cual Bolívar, plenario de ilusiones,
la injusticia dijo que la afronte,
y cual un rosal le haga eclosiones…
Gaitán, como un sol tuvo alborada,
la envidia lo mató con saña airada,
al genio que enanizó los ruiseñores…
Jorge Eliécer, el señor de un continente,
Dios de su ser puso en su mente,
¡toda su luz, de perennes resplandores!…
Abril 9 de 2025