Introducción
No era para mí infrecuente pensar que el primer libro completo que escribiría sería sobre el cáncer de la sangre; sin embargo, estaba muy lejos de considerar que sería sobre el mío propio y sus consecuencias.
Este libro fue inspirado en la tormenta de verano que acaecería en una de las mejores etapas de mi vida y mi carrera profesional, momento en el que asumí con aceptación y convencimiento que mis días podrían llegar a su fin y que así se desvanecía, con el paso del tiempo, la posibilidad de contar lo vivido. Por ello, estas líneas fueron inicialmente escritas en uno de aquellos días en los que recibía quimioterapia, aunque al haber sobrevivido a la experiencia, he podido pulirlas cinco años después.
Hasta esos arrolladores días, el cáncer había sido mi pasión en términos académicos y profesionales; ahora era la enfermedad que respiraría en mi propio cuerpo. Comprendí que haberme formado en las mejores escuelas para tratar el cáncer no me indultaba de la posibilidad de sufrirlo, pues tenía la única condición que se necesita para padecerlo: estar vivo.
Entendí, con mi experiencia, que los efectos del cáncer no se quedan solamente en el cuerpo, sino que penetran profundamente en el alma y en la mente, e indefectiblemente transforman y no siempre a situaciones decorosas. Este mal no solo aparece en los pocos minutos de la consulta médica y aplicación del tratamiento, que es lo que a veces suponemos los médicos. Por el contrario, convive a cada minuto en el pensamiento y el corazón, es decir, está presente en el amanecer y el anochecer, en el desayuno y en la cena, en el día y en la noche, en el trabajo, en el descanso e inclusive cuando hacemos el amor con nuestra pareja.
Con la personalidad obsesiva que me caracterizó en su momento, me dispuse a investigar los secretos escondidos sobre la biología y el tratamiento del cáncer mucho más allá de lo que es necesario conocer en el ejercicio propio de mi profesión, ahora siendo mi propio paciente. En este camino de lecturas infinitas que acompañó mi terapia, llegué ineludiblemente a la conclusión de que, aunque los avances han sido enormes en materia del tratamiento del cáncer, en algunas ocasiones parecidas a la ciencia ficción, hoy en día conocemos mucho menos de lo que pensarnos.
La biología en general, esto incluye la oncológica, nos aventaja en billones de años y en la manera en la que paralelamente evolucionan cientos de fenómenos moleculares oncogénicos que ni todos los científicos juntos podríamos comprender. Aun así, muchas veces pecamos por ignorancia sobre los factores de riesgo con suficiente evidencia oncogénica, que son verdaderas bombas de tiempo y que nos negamos a ver e ignoramos, como si se nos hubiera dado algún tipo de inmunidad extraordinaria. También logré profundizar en las causas que hacen que se fracase en el objetivo de alcanzar la curación, la mejoría en la supervivencia y la calidad de vida, y pude elucidar una maravillosa manera de penetrar en el alma y el corazón de las personas que están viviendo los peores momentos de su vida.
Bajo la luz de la mejor evidencia científica, ahondé sobre aspectos quizá igual de importantes que el tratamiento antitumoral, como la nutrición, la actividad física, el manejo del estrés, la espiritualidad, etc., lo que otrora constituiría el objeto principal de este libro; empero, en años ulteriores a alcanzar la remisión de mi enfermedad, pasando por una experiencia igual o más luctuosa aún, consideré cavilosamente que era mejor ahondar sobre algo que comprendí notablemente bien: el incuestionable hecho de que muchos seres humanos cargamos con un deleznable “cáncer mental”, que es el verdadero tumor intangible que hay que derrotar, y que acabarlo podría optimizar de manera dramática la forma de viajar por esta efímera existencia y con ello alcanzar un verdadero estado de satisfacción vital sostenible.
Absolutamente todos los hechos relatados en este libro son reales.
Bogotá, enero de 2024
Capítulo 2: El control
Aquella noche, recostado en el sillón de la habitación principal, con Eva entre mis brazos, rememoraba con ansiedad y tristeza lo que había pasado unos meses atrás.
Ya Eva se había quedado dormida y yo me estaba quedando dormido también. Mientras caminaba en la habitación oscura a recostar a Eva en su cuna, advertí la presencia de un par de sombras que furtivamente se desplazaban de un lado a otro en la pared más lejana de la habitación y me saludaban ondeando sus manos como lo hacían mis abuelos maternos, ya fallecidos, cuando llegaba con mi madre a su acogedora casa. Aunque me sobresalté un poco, mi mente atribuyó rápidamente que la forma de esas sombras humanas había sido generada por elementos compuestos a contraluz, ya que yo estaba solo.
Sin darle demasiada relevancia al asunto, dejé a Eva dormida en su pequeña cuna y al tiempo que retiraba mis manos de su pequeño cuerpo, la sensación de una daga atravesándome el pecho acompañaba la remembranza de la situación deshonrosa que yo había propiciado. Esos pensamientos me acompañaban a cada instante y de cuando en cuando se intensificaban denotando que jamás podría escapar de ellos. No paraba de culparme por haber hecho algo que era contrario a mis principios, a la ética y la moral, aunque el pecado era aún mayor por haberle ocultado a toda mi familia tan peligrosas decisiones que sin duda arriesgaron mi existencia. Sin embargo, pensaba todavía que no habría podido proceder de otra manera, pues era la única forma de entender y contender con este mal que había amenazado a algunas personas de mi familia desde hacía algún tiempo. Tuve todas las herramientas dispuestas fácilmente para desarrollar y curar mi propio cáncer, una afrenta aún más peligrosa que practicar el salto base o perseguir tornados en las grandes llanuras norteamericanas.
Cuando tomé la decisión de iniciar el experimento lo hice con la plena conciencia de que iba a transgredir los mandatos de la investigación científica. Aunque el progreso de la medicina se basa en la experimentación que la mayoría de las veces requiere estudios exploratorios o confirmatorios en seres humanos, está notablemente establecido por la declaración de Helsinki que “es deber de los investigadores promover y velar por la salud, bienestar y derechos de los pacientes, incluidos los que participan en investigación médica”, eso me incluía a mí mismo. “Los conocimientos y la conciencia del médico deben subordinarse al cumplimiento de ese deber” y por eso debía ocultar todo tipo de información que pusiera en riesgo mi integridad profesional. Tenía muy claro lo que quería, pero no pensaba arriesgar todo lo que había construido. Era muy importante no perder el control.
Era innegable que todo estaba dado para que el experimento fuera exitoso. Las cosas estarían bajo mi control como siempre. Después de mi formación básica primaria y secundaria me gradué de médico y cirujano en el 2006 y luego obtuve el título de médico internista y hematólogo, orientándome mucho más por las enfermedades oncohematológicas que por las enfermedades benignas de la sangre. Muy tempranamente en mi carrera me había interesado en la investigación clínica de algunos cánceres como los linfomas, las leucemias y el Mieloma Múltiple mientras trabajaba en una de las instituciones más importantes sobre control y tratamiento del cáncer en el país, sitio en el que desarrollaría mayoritariamente mi experimento.
Uno de los primeros proyectos de investigación que efectué fue sobre Linfoma de Hodgkin, motivado quizás por la existencia de dos casos en mi familia hasta ese momento. La investigación fue sustrato para la tesis de grado de una de mis estudiantes de posgrado de hematología y en ese trabajo pudimos explicar la importancia del trasplante de células madre en el tratamiento de la primera recaída en este tipo de cáncer hematológico. Unos años después lo publicamos en una distinguida revista nacional dedicada al tema.
Se cumplían para el momento de ese proyecto casi 20 años del primer suceso infausto de cáncer en mi familia.
No tenía yo más de 16 años para las épocas en las que mi hermana mayor fue diagnosticada con Linfoma de Hodgkin. Ella vivía en la capital y estaba terminando sus estudios en derecho mientras mi madre en la provincia se hacía cargo de sus dos pequeños hijos. Siendo aún adolescente fui su acompañante a las quimioterapias y radioterapias que se ofrecían en ese momento como el mejor estándar de cuidado. Al principio, y motivada por ese angustioso estado vergonzante que llega con el diagnóstico oncológico, ella no reveló detalle alguno sobre el tema, ni siquiera a su familia, guardándose para sí las aterradoras emociones de la imprevista situación ocurrida en su vida, en nuestras vidas.
La desconsoladora verdad es que sufrió mucho, desde la forma cruel en la que un estudiante y no el especialista le diera el diagnóstico de cáncer en alguno de los consultorios de una de las otrora insignes instituciones universitarias del país, hasta la esencia inocultable de su condición al perder la totalidad de su cabellera, y la robustez que la caracterizaba, producto de la enfermedad en sí y de su tratamiento. Luego de cada infusión de los medicamentos que entraban a su cuerpo a matar el cáncer, me abrazaba, frágil y disminuida, detestando la bolsa con el líquido de color rojo que marcaba el inicio de cada contienda. Después de alguna de aquellas sesiones me soltó imprevistamente para agarrarse de un par de barandillas en las afueras del parqueadero del hospital expulsando desde sus entrañas los pocos alimentos que yo le había llevado unas horas antes. Fue un año de tratamientos en el cual veía muy poco a sus hijos, disfrutaba muy poco de la vida, pero aún así seguía luchando por sacar adelante sus estudios y su familia. En aquella etapa de mi vida yo ya había tomado la decisión de estudiar medicina y de posiblemente dedicarme a tratar pacientes con cáncer en un futuro no muy lejano. Fue justamente mi hermana, Amanda, quien no permitió que mi sueño feneciera en el intento de volverme, como decía ella, uno de los mejores médicos del país.
Sorprendentemente, la vida me llevaría a ocupar la jefatura del servicio de Hemato-Oncología de esa misma institución unos años después y así pude intervenir en el diagnóstico y manejo del segundo incidente de cáncer en la familia, el cual se presentó en una de mis primas.
Así las circunstancias y aunado a esto el hecho de haber sufrido en mi infancia de una trombocitopenia inmune primaria, antes llamada “púrpura”, propiciaron el camino que me llevaría a escoger la sangre como objeto de mi profesión y mi vida sin saber lo que llegaría unos años después con la funesta experiencia vivida con mi madre…
Sobre la obra
En un momento crucial de mi vida y mi carrera, el cáncer me hizo aceptar mi mortalidad. Inicié este libro durante tratamientos de quimioterapia para plasmar mi lucha personal y profesional contra el cáncer, enfermedad que pasó de ser mi campo de estudio a mi propia batalla. Me convertí en mi propio paciente.
Sobrevivir me permitió pulir estas palabras cinco años después, transformando mi visión del cáncer: una entidad que trasciende el cuerpo para invadir alma y mente, presentándose en cada aspecto de la vida cotidiana.
En este viaje de aprendizaje sin fin, supe que, a pesar de los avances científicos, la complejidad de la biología oncológica supera nuestro entendimiento, y que a menudo ignoramos factores de riesgo evidentes.
Este libro, originalmente centrado en aspectos como nutrición y espiritualidad posremisión, evoluciona hacia una reflexión sobre el “cáncer mental” que aflige a la humanidad, proponiendo su superación como camino hacia una satisfacción vital duradera.
Cada una de las experiencias aquí compartidas es auténticamente real, y las comparto para brindar una perspectiva íntima sobre la enfermedad, la ciencia y la existencia misma.
El autor
Humberto Martínez Cordero (lpiales, 1981) es médico de la Universidad de Caldas, especialista en Medicina Interna y Hematología de Adultos de la Universidad Nacional de Colombia. Magister en Epidemiología de la Universidad El Bosque y cspccialista en Hematología de Adultos y Mieloma Múltiple de la Universidad de Toronto. Canadá; se desempeña como médico hematólogo, trasplantólogo de médula ósea, epidemiólogo y profesor universitario.
Hoy coordina el Centro ele Excelencia Mieloma Múltiple del Instituto Nacional de Cancerología y la Unidad de Hematología y trasplante de Médula ósea del Hospital Militar Central de Colombia y participa en grupos internacionales de investigación en cáncer como La Latinoamerican Myeloma Nctwork y el Grupo de Oncología del Suroeste (SWOG).
Instagram: @dr.humberto_martinez_cordero
X: @HumbertoMar_Cor
Edición y redacción:
Uriel René Guevara Revelo