EL VIRREY BLASCO NUÑEZ VELA PROMULGÓ CÉDULA REAL DESDE IPIALES EN 1545

GEOMETRIAS

Por:

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

 

Ahora es muy socorrido que los más y menos encumbrados magistrados pernocten o alcen vuelo desde nuestras provincias, pero que hace 478 años el primer Virrey del Perú, cuyo diámetro territorial y jurisdiccional cubría todo el continente suramericano, haya sentado sus reales, cabalgaduras y pesadumbres en la recién fundada Villaviciosa de la Concepción de los Pastos (Ipiales), fue un acontecimiento de veras memorable y legendario.

Remóntese que para aquel año de 1545 la nueva y “viciosa” Villa fundada por Pedro de Puelles ocho años antes, era tributaria del novato también Virreinato de Lima y que desde aquel espléndido puerto se incendiaba y apagaba la mayestática voluntad del remoto  pero implacable imperio metropolitano, y que con el Virrey Blasco Núñez Vela tendrán vasta y trágica figuración en este episodio definitivo de la atrabiliaria conquista.

 

Virrey Blasco Núñez Vela

 

Las  noticias de Pedro Cieza de León, “príncipe de  los  cronistas”, del Libro Verde de Cabildos de Quito, del Archivo Histórico de Indias, del propio cedulario español, entre otras, son las fuentes límpidas y manantiales que brindan la cronología y las vicisitudes de este capítulo que configuró el primer pulso entre las tentativas indigenistas de la Corona y las insaciables aspiraciones de los conquistadores, devenidos encomenderos belicosos e intransigentes.

El Mariscal Diego de Almagro y el Marqués Francisco Pizarro habían sido víctimas propiciatorias y quedado cadáveres de las primeras escaramuzas fratricidas por el poder militar y político de la cordillera a lo que vino el jurisperito Vaca de Castro a investigar y castigar tales crímenes de la primera guerra civil entre europeos en Amerindia. El ajusticiamiento recíproco de los dos fieros caudillos era consecuencia de la insaciable e inevitable pugna que trajo consigo la fundación de las encomiendas. Sus beneficiarios, a regañadientes, aceptaron las alambradas que con ellas les impuso la Corona. Los que no alcanzaron a detentarlas disputaron sórdidamente al Emperador su despojo o desahucio.

Ya desde lo reinos católicos se había dictaminado que en las extensas comarcas del Nuevo Mundo no se tolerarían estados dentro del estado, réplica del feudalismo. Por ello los repartimientos no podían otorgarse a perpetuidad o heredarse en más de dos generaciones; que solo debían ser representados en los hijos, o en su defecto en las mujeres; los indígenas no podían ser sometidos a la esclavitud y las tierras eran de propiedad de la Corona; las penas para castigar el desacato serían inapelables.

Desde 1542, se instituyeron las encomiendas y desde ese comienzo los súbditos ultramarinos pugnan por disputarlas. Los naturales debían rendir tormentoso trabajo, de grado o por fuerza, en el servicio doméstico, en la agricultura, en la minería y en cambio recibirían sustento e instrucción y enseñanza religiosa; tales porciones de tierra y material humano se encomendaban a los condotieros a quienes se retribuían así sus servicios a la Corona.

Harto difícil resultó controlar el cumplimiento de la normativa imperial, lo que se fue agravando con el transitar de los años, afectado por las enormes distancias y la diversidad de factores que participaban en la gigantesca empresa en la que España se empeñó. Todo tendía a  postergarse, las leyes no se cumplían y la víctima propiciatoria era el indio al que se esclavizaba sometiéndolo a toda clase de atropellos.

Es el primitivo conato de rebeldía contra el despótico gobierno español que brota en suelo americano, amenazante y uniforme.

En los orígenes del pensamiento político subyace el conflicto religioso entre la orden franciscana y la de los dominicos. La de los primeros de divisa dura negaba las consideraciones especiales con los indios, había que someterlos por la fuerza; la cofradía del padre De las Casas, por su parte, decía que la misión de los colonizadores era propiamente intelectual y lejos de dominar a los indígenas por la fuerza, sería por medio de la conversión, de la doctrina, del ejemplo, sin abusar de la preeminencia de conquistadores.

Así se introdujo la codicia como vector de la conquista, estribados en los franciscanos, partidarios de los ricos encomenderos; en contravía del magisterio de los seguidores de la reina Isabel que testó que a los indios debía tratárseles como vasallos no como esclavos.

La primera legislación la consiguieron los franciscanos, las Leyes de Burgos, pragmática que busca el sedentarismo de los indios, que funden y se asienten en ciudades. Este triunfo de los franciscanos llevó al arreglo con los descendientes de Colón para instaurar el despotismo y el caos lo que permitió a los dominicos, conseguir la voluntad real de expedir leyes excesivamente restrictivas en contra de los encomenderos. “Leyes Nuevas” que cobraron la vida al primer Virrey, como veremos.

Gonzalo Pizarro, heredero por hermano menor del poderoso y temible Marqués difunto, se alzaría inesperadamente como vocero vengador de los encomenderos soliviantados, pero todavía no escarnecidos.

En la llanura de Iñaquito se definirá este pugilato entre la emergente clase política que detentaba el poder local versus la Corona distante pero cosmogónica. Por primera vez se cuestionaban las reales pragmáticas contenidas en las seis leyes nuevas de Indias de 1542, que consagraban divisas del Derecho Internacional Humanitario naciente y aún del derecho social embrionario. La guerra de Quito, así llamada y librada en sus propios ejidos, puso de presente la ardiente e irresistible beligerancia de los conquistadores en defensa de sus pretendidos privilegios feudales y latifundistas embrionarios. Los encomenderos no obedecerían las justicieras cláusulas en tanto los despojaban de sus sinecuras esclavistas y premercantilistas.

En el atardecer del lunes 18 de enero de 1546, se liquidaría el enfrentamiento entre ese paranoico estamento que adquiría inusitada notoriedad en contra de la lejana pero todopoderosa autoridad monárquica. Surgía así aquel famoso apotegma del “se obedece, pero no se cumple”, tan celebrado en los anales rabulescos.

Blasco Núñez Vela fue creado por la Corona primer Virrey del Perú, precisamente con el encargo de atemperar los ánimos levantiscos. Resultó ser un personaje de catadura austera pero ajeno totalmente a la destreza y la sagacidad propios que aquel mundo andino y que los cruciales tiempos demandaban.

Apenas desembarcado por Panamá ya exhibió su talante intransigente e inauguró el ejercicio de su odioso e irascible mandato embargando oro y plata a los rebeldes, encarcelando colonos, libertando in continente a los esclavos encomendados.

Atracó en la llanura costera de Tumbes. Desde allí remitió a los cuatro costados de su gobernación copia de su nombramiento de virrey y de las ordenanzas de las nuevas leyes y la destitución de todos los funcionarios.

El agarrotamiento del Virrey pronto traumatizó el ya delirante devenir de Lima, Cuzco, Quito, Pasto, Popayán porque los colonos no solo fueron expoliados, sino que sus vidas mismas ingresaron en angustiosa capilla. Inevitablemente, regidores, vecinos, encomenderos, buhoneros, enviaron por Gonzalo Pizarro, “el cual estaba en Las Charcas quieto en sus minas, a doscientas leguas del Cuzco”. Organizaron ejército de arcabuceros, jinetes e infantes y descendieron a Guamanga y tomaron toda la artillería allí depositada de las batallas pasadas.

Por su parte, el Virrey organizó también su defensa: 200 voluntarios, 50 arcabuceros, 90 caballos, otros 200 mercenarios que pronto lo traicionaron y se pasaron a las filas de Pizarro. Muy tarde el Virrey prometió aplazar la vigencia de las nuevas leyes. Tal como había ocurrido con el Virrey de Méjico, Antonio de Mendoza, que había suspendido las Ordenanzas hasta lograr su acatamiento.

Núñez Vela, prototipo de crueldad y despotismo, para mayor escándalo dio muerte al factor de la real hacienda de Lima, Illán Suárez de Carvajal, así como al ex gobernador Vaca de Castro; los vecinos no podían tener ni siquiera indios domésticos ni encomiendas.

Cuando se instaló la Audiencia en Lima recientemente creada, ahí mismo surgieron graves desacuerdos con el Virrey toda vez que aquella no era partidaria de las nuevas leyes y en consecuencia gozaba del favor popular, por lo que el Virrey fue depuesto el 8 de septiembre por órdenes de aquella instancia, apresado en San Lorenzo y remitido a España “por delictuoso, desatinado y homicida”.

La sede vacante la buscó el hermano del conquistador Francisco Pizarro a trueque dizque de la tranquilidad del Virreinato. Fue designado Justicia Mayor y Procurador General por los cabildos de El Cuzco. Medio millar de hombres armados escoltaban la insólita iniciativa y terminó proclamado Padre de la Patria y Defensor de las propiedades, lo que inmediatamente reconoció la Audiencia  de Lima.

 

Gonzalo Pizarro, rey del Perú

 

El 28 de octubre de 1544 entraba Gonzalo triunfalmente como Gobernador del Perú, con una caballería de 1.200 jinetes y la impronta marcial de imponer imperativamente los fueros de los encomenderos. Entre tanto, el Virrey Núñez Vela había logrado escaparse o fue dejado libre, en Tumbes, con su hermano y adictos. Despachó correos a Trujillo, Piura, Puerto Viejo y Quito recabando apoyo para restablecer la autoridad real. Quito le brindó el albergue reclamado y desde allí se pidió el concurso del gobernador de Popayán, el fortalecido Sebastián de Belalcázar que de tiempo atrás y a sabiendas del régimen arbitrario de los Pizarros, había logrado sustraérseles.

En marzo de 1545 tropezamos con el Virrey en marcha hacia el sur, vía Loja, Ayabaca hasta Piura y allá se buscaría el enfrentamiento con Pizarro que venía de Lima. Pero el hombre fuerte venía tan holgadamente apertrechado, que el Virrey olió el peligro y retrocedió –o huyó- nuevamente hacia Quito.

 

El Virrey en Ipiales

 

Y el 3 de julio partió el atribulado Virrey más hacia el Norte. En el último año sólo se había conocido la autoridad del Gobernador Gonzalo Pizarro, que era obedecido por Oidores, funcionarios y encomenderos. La región padecía estado de sitio y el Virrey había emprendido un verdadero éxodo con alcaldes y regidores, familiares y enseres personales que dificultaban aparatosamente la marcha. Aprovisionarse en el camino significaba diezmar las poblaciones de paso. Previo consejo de los capitanes resolvió seguir la marcha más al norte con dirección a Pasto y Popayán, buscando el refugio protector de Belalcázar que se venía comportando feligrés de la Corona, para lo cual envió adelante al capitán Francisco Hernández Girón a prevenir las provisiones.

DESDE IPIALES comisionó a un lugarteniente ante el Adelantado Sebastián de Belalcázar, flamante Gobernador de la Provincia.

El Libro de Cabildos de Quito, Libro I, t. II, p. 179 y ss., informa literalmente que: “El Virrey desde IPIALES mandó a Rodrigo Núñez de Bonilla a Popayán con comisión especial para Belalcázar. En los pueblos del tránsito debieron facilitar las relaciones muchos vecinos que salieron de Quito en las excursiones anteriores de Belalcázar y que se establecieron en las poblaciones del tránsito de Quito a Popayán”. (Cfr. José María Vargas, HISTORIA GENERAL DEL ECUADOR, Banco Central, Quito, 1970, p. 237).

Y repárese en el  propio cedulario imperial: “Provisión real que el Virrey Blasco Núñez Vela y el Licenciado Álvarez, de la audiencia de Lima, dan en Ipiales a 5 de julio de 1545, y en la cual dicen cómo fue nombrado como Virrey y Presidente de la Audiencia el mismo Núñez Vela y reconocido por tal en el Perú, y cómo ejerciendo éste supuesto, se alzó Gonzalo Pizarro contra él, de donde fue preso y embarcado en un navío; pero que se vino para Quito y en San Miguel le hicieron traición el Maestre de Campo y algunos capitanes que traía, desanimándole la gente y tuvo que retirarse a Quito y a Pasto entrando en la Gobernación de Popayán, de la cual reclama apoyo para volver contra Pizarro, quien hizo con algunos de los oidores, que se quedaron en la ciudad de los reyes, le diesen título de Gobernador sin para ello tener poder.”

De esta linajuda guisa, pues, para 1545 ya figuraba IPIALES, no como Villaviciosa de la   Concepción – como fue fundada por Puelles- porque ya había sido incendiada y destruida, pero sí como cuartel, aldea o tambo en el itinerario territorial y guerrerista. Cieza de León también lo había acreditado en su prolija crónica.

Núñez Vela, contra el parecer de todos sus súbditos, llevaba consigo en rehén a un hijo extramatrimonial de Gonzalo Pizarro, pensando en un milagroso canje. El extremeño amaba entrañablemente a su hijo, que llevaba el nombre de su hermano Francisco. Era la porfía de su liberación lo que le obligó a perseguir hasta Ipiales y Pasto y Popayán el gabinete virreinal y precisarlo a refugiarse en jurisdicción de Belalcázar. El Virrey buscó ampararse por el litoral Pacífico, pero la costa cayó primero en manos de tenientes de Pizarro y en Buenaventura se apoderaron del bergantín real y rescataron al hijo de Pizarro. Los rebeldes retornaron a Quito convertido en centro táctico de gobierno y operaciones militares.

El propio jefe encomendero escribió la crónica de la guerra de Iñaquito en la cual relata las estratagemas que usó para derrotar al Virrey, darle muerte alevosa, malherir a Belalcázar que también estaba en el campo y era el jefe de la caballería, “y demás de esto murieron de su parte hasta cien personas y heridos más de ciento e cincuenta que murieron muchos dellos; y de nuestra parte murieron siete y heridos otros cuatro o cinco y ninguno dellos persona principal”.

El astuto Pizarro propaló la especie de que se alejaba a Charcas a combatir a Diego Centeno levantado a favor del rey, que no era sino una trampa para agarrar al Virrey quien marchó hasta Quito acompañado de su Audiencia, con Belalcázar, como teniente general, Juan de Cabrera como Maese de Campo, capitanes de infantería Hernando Cepeda y Garcia Pérez de Bayán, y de caballería Francisco Hernández Girón y unos arcabuceros se le unieron en Pasto. La urdimbre era tan certera que mientras Pizarro sabía de todos los movimientos del Virrey, éste ignoraba totalmente que aquél no había realizado tal viaje a Charcas, sino que demoraba expectante en Quito. Los indios pizarristas eran los chasquis vigilantes.

 

El 18 de enero de 1546. Gonzalo Pizarro derrotó al virrey Blasco Núñez de Vela en la Batalla de Iñaquito. En esta lucha fue asesinado el primer virrey del Perú. El cronista Agustín de Zárate en su obra “Historia del descubrimiento y conquista del Perú” publicada en 1553 dice que el virrey estaba disfrazado con una “camiseta de indios” que llevaba sobre su armadura.

 

La destrucción y magnicidio ignominioso del Virrey lo probó Gonzalo en acta que dirigió a Pedro de Valdivia, el adelantado chileno. Cayó en Iñaquito -hoy Banco Central- y su cadáver fue irrespetado por un licenciado Carvajal que le hizo cortar la cabeza por venganza de la muerte de su hermano. Episodio macabro que recuerda puntualmente el que ejecutaría en 1814 el “mosco” Rodríguez con Asín, en conducta indignadamente reprochada por el Precursor Antonio Nariño en su desgraciada campaña de Pasto.

Jefe de la caballería de Pizarro fue el capitán Pedro de Puelles. Y Lorenzo de Aldana –pretendido fundador de Pasto- también era de los tercios insubordinados.

Como siempre Belalcázar luchó bravamente padeciendo numerosas heridas. En la posada de Gómez de Alvarado en donde yacía desfalleciente, escapó de morir asesinado por Antonio de Robles. Aquel amigo lo ayudó en su convalecencia e intermedió ante Pizarro no solo para que le dejara en libertad sino para que se le permitiera regresar con sus soldados al Norte. Cuando Pizarro, arrepentido de su generosidad trató de darle alcance, el Gobernador de Popayán, baquiano de mil caminos ya se había internado en la Castilla del Oro.

 

Pedro de Puelles

 

Antes de regresar a Lima, Gonzalo integró el Cabildo de Quito y juramentó como lugarteniente de Gobernador y Capitán General de la ciudad, a Pedro de Puelles.

La aureola que rodeaba la estampa de Pizarro intensificó sus destellos desde que la diosa victoria lo alumbró en Iñaquito. Diego Centeno, quien había izado el estandarte leal a su Majestad en el sur del Perú era vencido por el Maese de Campo Francisco de Carvajal; Panamá y los barcos atracados en los puertos del Mar del Sur eran tomados por Pedro de Hinojosa, jefe de su flota; en fin, el gran imperio incaico se plegaba cual mágica alfombra a los pies del afortunado condotiero de una de las más genuinas castas de conquistadores del Nuevo Mundo. Ahora todo habría de depender de las verdaderas capacidades del invencible capitán.

Fuera del turbión de la rebeldía provocado por la aplicación de las nuevas leyes se había trazado una ruta que condujera al advenimiento de un nuevo país independiente de la Metrópoli. En cumplimiento de sus designios, Gonzalo no debía demorar un instante su proclamación como Rey del Perú, estableciendo su Corte con los correspondientes títulos de nobleza y demás recompensas, entre las cuales las más halagadoras podría ser aquella de convertir las encomiendas en señoríos territoriales, camino abierto hacia la implantación del añorado feudalismo que llevaba en la sangre. Empero, en casos como este, cuando la suerte está echada, la menor vacilación puede convertirse en peligro mortal.

Esas canonjías, discernidas con prontitud, ligarían definitivamente a todos sus secuaces que quedarían adheridos a los cimientos mismos del nuevo trono; a la raza vencida debería incorporarla apelando al vínculo matrimonial con algunas de las princesas de la prosapia de los Incas, desagravio este al linaje y a la memoria de los emperadores destronados que consecuentemente repercutiría con hondura en el corazón de la gleba indígena. También los más autorizados miembros de esta casta deberían ser distinguidos con preeminencias.

Los oropeles del triunfo y la diosa fortuna dieron pábulo a pensar que el Rey se allanaría a los hechos cumplidos y pondría a la cabeza del Perú a Gonzalo Pizarro, el heredero legítimo de la conquista y capitulación de su hermano el Marqués Pizarro. La Corona, sin embargo, hizo valer su trono inexpugnable, develando implacablemente la rebelión, pero atenuando la aplicación de las Leyes Nuevas.

Estaba el príncipe Felipe encargado en reemplazo de su padre Carlos V -quien guerreaba en Flandes- y comisionó como pacificador al Licenciado Pedro La Gasca a quien designó presidente de la Real Audiencia. Cura de inofensiva apariencia, de temperamento indulgente. Garcilaso dice que “era de mejor entendimiento que disposiciones; era muy pequeño de cuerpo con extraña hechura, que de la cintura para abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro tenía una tercia. Andando a caballo parecía más pequeño porque todo era piernas: de rostro era muy feo”. Eran estas las armas que ostentaba este hombre que había sido seleccionado por la Corona nada menos que para dominar a Gonzalo Pizarro, triunfante, sanguinario y soberbio.

 

Pedro de la Gasca

 

Una de las urgentes medidas que demostraron su habilidad, suficiente para sospechar sus alcances, fue cuando en Cartagena supo la muerte alevosa de Jorge Robledo. Ordenó al Visitador Díaz de Armendáriz no impetrar residencia al Adelantado Belalcázar, por ahora, pues así convenía a los intereses de su Majestad; bien que asumía la garra de don Sebastián, cuyos servicios se proponía aprovechar.

En Popayán difunde que se revocarán las nuevas leyes, se perdonará a todo aquél que atienda su mandato y continuarán disfrutando de sus honores y encomiendas. Los resultados no  serían avaros produciéndose los esperados pronunciamientos a favor del Rey.

Naturalmente, Diego Centeno y sus gentes salieron de sus escondites en donde permanecían acorralados Francisco de Carvajal y sus parciales y así sucesivamente hasta que, al poco tiempo, la causa real estaba fortalecida.

Pizarro otorgó a Lorenzo de Aldana su personería ante La Gasca para prevenirlo de que no pasase a Lima. Pero Aldana terció a favor de los tercios reales, previa amnistía general, revocación de las leyes nuevas y mantenimiento de encomiendas. El talante diplomático y sibilino desplegado por el presidente de la Audiencia consiguió debilitar la resistencia y encender la lealtad de los vasallos reales. Restaba desarmar y derrotar a Pizarro.

El mismo Lorenzo de Aldana fue enviado de regreso, pero esta vez para provocar la adhesión a la causa del Rey. Solamente restaba Quito, fortín del Norte, confiado al brazo robusto y levantisco de Pedro de Puelles. Era presidente del Cabildo, teniente de Gobernador y Capitán General de la Ciudad a nombre de Gonzalo Pizarro. También tocábale velar por la lealtad de Guayaquil. Pero aquí fue que se quebró la historia y la vida de nuestro fundador, y a poco, funcionarios y cabildos, se pronunciaron por los Austrias.

El 24 de mayo de 1547, brillaron por última vez en el Cabildo de Quito, las charreteras y los impetuosos sables de Puelles. La noticia del levantamiento de Puerto Viejo y Guayaquil influyó en el ánimo de algunos capitanes, que resolvieron secretamente eliminar a Puelles para declarar la ciudad por la fidelidad al Rey. Efectivamente Rodrigo Salazar, Pedro Tirado, Hermosilla y Andrés Morillo penetraron en el camarín de Puelles, bajo el pretexto de acompañarlo a misa del Domingo de Pentecostés, y lo mataron de puñaladas en la cama.

 

Plumilla del asesinato de Pedro de Puelles en Quito.

 

Todo condujo entonces a Arequipa, al sudeste del Perú, en donde demoraba Pizarro. Allí fue asediado por las armas reales que lo esperaban desafiantes en Cuzco, fortalecidas ahora por Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile.

El 8 de abril de 1548 fue la cita fatal de las fuerzas en disputa en las pampas de Jaquijaguana. La artillería realista resultó demoledora y arruinó las guarniciones pizarristas y el imbatible capitán de 42 años, fue derrotado y conducido al Cuzco y allí decapitado.

La defensa de las encomiendas otorgadas precipitadamente a los conquistadores fue la causa de la resistencia agresiva y suicida en contra del primer Virrey que vino con la tarea de pacificar las sangrientas rivalidades entre almagristas y pizarristas, pero, ante todo, a obtener el acatamiento de los díscolos encomenderos a las pragmáticas justicieras, lejanas pero coercitivas contenidas en las Leyes de Indias.

El fundador de la Villaviciosa de la Concepción de la provincia de los pastos – presumiblemente Ipiales-, aliado con las sediciosas huestes de Gonzalo Pizarro, corrió su misma suerte por el grave desacato para con el soberano ultramarino en el amanecer mismo de nuestras luchas sociales. Este alzamiento protoseparatista fue aplastado por el enviado extraordinario de la corona Pedro de la Gasca. Todos abandonaron al sedicioso Gonzalo Pizarro, menos nuestro fundador que siguió la beligerancia y murió en sus insaciables torbellinos.

Germán Arciniegas, Liévano Aguirre, Otto Morales, nuestro Montezuma Hurtado han documentado la epopeya de otros “tiranos” de la laya de Pizarro, tales como Álvaro de Oyón o Lope de Aguirre, quizá no belitres, forajidos ni apercollantes sino idealistas, soñadores, revolucionarios. Lope de Aguirre en el reino del Perú y Venezuela; Oyón pretendiente al señorío de la Gobernación de Popayán, en estos mismos años (en 1553) y reconocido por estos autores como “príncipe de la libertad”.

Alfredo Iriarte, Miguel Otero Silva, Castro Fulgencio López y el mismísimo Ramón del Valle Inclán, (“Tirano Banderas”), incursionaron en la tragedia y leyenda sombría de Lope de Aguirre (1514- 1561), conocido como Primer Caudillo de América, pero no más que sanguinario y rufián, cuyo puñal homicida no se detuvo ni ante la vida inocente de su hija doncella. Desde el alto Amazonas hasta el poblado de Barquisimeto guerreó su ambición de coronarse emperador de los Andes. Para lo que completó su paranoia con carta insólita a Felipe II en la que lo amenazaba con 300 de sus forajidos. La Corona, al igual que con Gonzalo Pizarro, depositó acá en el capitán García de Paredes, la estrategia de derrumbar al tirano. Que lo lograron decapitándolo, exhibiendo su cabeza en el rollo de Tocuyo, la mano derecha en Mérida y la izquierda en Mérida.

 

Lope de Aguirre, el tirano vasco que traicionó a España en América y apuñaló a su hija

 

Piénsese igualmente en un insurrecto de nuestras provincias, contemporáneo de Lope de Aguirre, porque al parecer las insurrecciones eran epidemia en los primeros cincuenta años de la conquista. “El pastuso Don Gonzalo Rodríguez, Precursor de Precursores”, descubierto y biografiado por el letrado e historiador Alberto Quijano Guerrero, en pieza excepcional ofrecida a la Academia Colombiana de Historia en el año de 1988, para ser admitido como miembro correspondiente.

“Don Gonzalo Rodríguez, conocedor de hombres y pueblos había nacido en la Villa (de Pasto) y, a diferencia de los peninsulares, pretendía erigirse en el vocero de una clase social, que busca el bienestar de su propia patria y no los dividendos de advenedizas maquinaciones…”.

Apenas a los 25 años de su edad Gonzalo Rodríguez, en la semana santa de 1564, cree llegada la hora de la revuelta armada y sangrienta en contra de las asfixiantes pragmáticas imperialistas. Y vislumbra un mundo independiente y soberano de las autoridades metropolitanas. Pero insospechadamente la traición de los  propios, lo delata y frustra la tentativa emancipadora. Descubierto el protomártir, se revelan igualmente sus nexos y cómplices en todo el  virreinato hacia el norte y hacia el sur.

 

Busto de Gonzalo Rodríguez en la plazoleta de Rumipamba (Parque San Andrés) de la ciudad de Pasto,

 

Quijano Guerrero elocuente y sombrío, registra su fin:

 

“En la mañana del miércoles, veinticuatro de mayo de mil quinientos sesenta y cuatro, el prisionero es conducido a la parte central de la plazoleta de Rumipamba, donde se levanta el rollo o la picota de la justicia. Tañen los bronces de la primitiva ermita de San Andrés Apóstol. Hay griterío creciente. Se asordinan algunas voces de protesta. Al estruendo de parches y timbales, el pregonero anuncia que va a ejecutarse a Gonzalo Rodríguez, por grave desacato a la Corona Española y por incitación al motín y al desorden. El reo no se inmuta. Su silencio es agresivo y contempla con desprecio el espectáculo infamante. En atención a su rango, se ordena cortarle la cabeza y descuartizar su cuerpo. Y en tanto que el verdugo cae sobre la víctima, con la voracidad de las aves de rapiña, se apagan en sus ojos los sueños de emancipación, ante los aliados que no llegan y la muerte que triunfa. Para mayor sevicia, se dispone derruir la casa de Rodríguez y “sembrarla de sal”.

¡Así se enseñorea la justicia del Rey y así se decapita la más prematura algarada en contra del despotismo peninsular!

 

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  • armando

    Interesante el tema , pero el estilo para contarlo esta demasiado adornado para esta epoca……como practica gramatical se acepta , pero si se quiere llegar a mucha gente , no se debe emplear esta manera grandilocuente de expresion .