Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
Gabo debutó cinéfilo a los 22 años en su columna “La Jirafa” en El Heraldo y en El Espectador y desde entonces tuvo fruición y fervor por el arte de la filmación. Seguía así la magia del celuloide del que lucraron Malraux -ministro de Cultura que fue de Francia-, Hemingway, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Julián Marías, Kazantzakis…
Ahora se abren los telones para el realismo mágico latinoamericano, según anuncia Netflix, para Pedro Páramo y para la saga de los Buendía.
Tiempo mítico de los primeros fundadores de Macondo, llegada de Melquíades y aparición de la historia occidental en América Latina, fusión de lo mitológico andino con lo histórico europeo, vicisitudes de los Buendía, imaginario de la América Latina. La muerte de los personajes de la primera generación de los Buendía, la caída de Macondo, deterioro de las otras generaciones. Dicen que Gabo denuncia a una sociedad insaciable de ambiciones, odios, rencores, violenta, pecaminosa y solitaria, aislada del mundo, “tan cerca de Estados y Unidos y tan alejada de Dios”. De ahí que no surja un protagonista que se libere del fatalismo.
Las obsesiones, una tiene que ver con el incesto que será el eje de las seis generaciones de los Buendía. La mayor preocupación de la familia será evitar que nazca un hijo con cola de puerco. Ya Gabo transmite el pecado incestuoso, imperdonable a los ojos de Dios.
Otra obsesión, el comienzo manchado por la sangre que recuerda a Abel y Caín. José Arcadio Buendía y Prudencio Aguilar fatalmente prueban el matrimonio no consumado. El prejuicio bíblico es nítido y así se entrelaza la religión y la historia. José Arcadio -como Caín y como Rómulo- fundará una ciudad para defenderse de sus enemigos y para poder escapar del mal de conciencia. La sangre de Prudencio clamará venganza forzando la expatriación.
Como los primeros padres, los cuales perdieron el paraíso por haber comido la manzana del árbol de la ciencia, los Buendía pierden su paraíso por la violencia del tabú que prohíbe el matrimonio entre parientes cercanos, con la prevención de que habrán de nacer criaturas contra natura. Estos eventos presagian la destrucción de Macondo, saga y epopeya de los Buendía, antes de su fundación. El tiempo dará vueltas en redondo y todos los Buendía heredarán el pecado de sus padres
La fundación de Macondo tiene además el sabor de la edificación de las grandes ciudades -Cuzco, Roma, Tenochtitlán- destinadas a forjar no solo conglomerados sino destino, casa y morada.
“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de agua diáfana que se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.
Con su llegada los gitanos lo transformaron en un pueblo vivo con tiendas y talleres de artesanos y una ruta de comercio que vio llegar a los primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrios por guacamayas.
Macondo, especie de Arcadia donde aguas cristalinas y el susurro de los pájaros acompañan la labor de construcción de los primeros fundadores, es la América Latina antes de la llegada de Melquiades, símbolo de la civilización europea.
José Arcadio empieza a sacar el oro de la tierra y acaba con la época de la edad de oro, comenzando la época del hierro con lo cual el hombre se construirá las armas recias y poderosas para derramar la sangre. Es el pecado de haber matado a Prudencio Aguilar. Es la sangre del hermano muerto por el fratricida.
En Cien años, el autor se apodera de los mitos bíblicos, orientales y occidentales, uniendo a ellos la historia de los Buendía. Es la hora que las épocas de la historia se unen a la historia de los gitanos.
Lo que sería época de exploración para los gitanos y después época de conquista para la historia de los Buendía, la época de hierro. Gabo nos está preparando para la anomalía de la historia latinoamericana, siempre al margen de la historia universal. Es una perfecta fusión entre lo real y lo maravilloso. Macondo -como Comala, como Yoknapatawpha County- por cuya estación de ferrocarril pasa un tren cargado de tres mil muertos.
La desaparición del último Buendía devorado por las hormigas es la desaparición y el rechazo de la realidad latinoamericana. Y cuyo desagravio debe ser la revolución total.
El influjo de la iglesia, inofensivo o pernicioso, es otro dilema que circula en Macondo. Gabo no condena a sus personajes por su incapacidad de amar, sino a toda la tradición religiosa, moral y ética. Gabo alerta sobre la encrucijada de toda la civilización que hizo del latinoamericano esclavo de sus instituciones y de su camino histórico equivocado. De un Macondo indiferente a la Iglesia en la novelística precedente se pasa al reconocimiento explícito de su inmoralidad. Los habitantes ya no bautizan a sus hijos y el padre Antonio Isabel tiene únicamente la obsesión de edificar la Iglesia que supere a la de Roma y que Macondo sea la meca de los peregrinos católicos.
Por falta de credulidad en este mundo que está esperando el último momento apocalíptico para liberarse de su angustia, el autor destruye su fe en el porvenir colapsado en sus perjuicios, tradiciones y convencionalismos hipócritas. Es la narrativa gráfica, absurda y fantástica de los Buendía en el momento de la desaparición de la tierra, cuando la realidad y la invención ya no pueden divorciarse.
Macondo es la épica de unos pueblos sin historia. En el Atlas del Agustín Codazzi no clasifica, pero es cualquier pueblo bananero, expoliado y vejado por las transnacionales del saqueo y la depredación. Todas las eras geológicas se cumplen desde los tiempos bíblicos pasando por los bélicos, el precapitalismo, el diluvio inenarrable y perpetuo (cuatro años, once meses y dos días), la inevitable sequía y el apocalipsis final. La semiótica de la lluvia es la angustia, la desazón, la soledad.
Para la común y familiar narrativa, otro capítulo carnudo es la matanza perpetrada por el ejército en contra de los tres mil huelguistas -que todavía salpica a las (os) uribistas, ejército tan de ellos-, y que igual que los 6.402 de esta época, también son falsificados por historiadores y polopolos espurios.
Pero lo proverbial y apologético está ciertamente al comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Todos los tiempos verbales están condensados en la frase.
No se sabe cuál será la suerte de la publicitada producción de Netflix, en todo caso un desafío a la histórica negativa de Gabo para su traducción al cine, si se tiene en cuenta que, para la propia traducción al inglés, el oficiante demoró más de seis meses buscando una versión fidedigna para “soledad”. Téngase en cuenta también que la novela carece de diálogos y está plagada es de apotegmas supremos. El mismo Gabo confesó que todo descansa en saber hipnotizar y que el libro o el cine es una partitura digna de un Nobel…