Por:
Vicente Perez Silva
Mi recuerdo de Arnoldo Palacios se remonta a una lejana tarde, cuando con la ayuda de un par de muletas, por el lamentable estado de salud que desde temprana edad se había ensañado contra su cuerpo, llegó a los predios de la histórica hacienda de Yerbabuena, sede campestre del Instituto Caro y Cuervo. Su arribo fue todo un espectáculo de nunca olvidar. Desde entonces, mi amistad y aprecio no han tenido ocaso.
A raíz de la publicación de la segunda edición, en 1972, de su novela bautizada con el llamativo nombre de Las estrellas son negras, madrugué con un somero comentario, en el cual, entre otras consideraciones, escribí lo siguiente:
“Arnoldo Palacios ha creado una novela de la más onda raigambre social. Una novela que, desde su comienzo hasta el final, está nutrida por las cotidianas desventuras que asedian a las gentes humildes de toda su comarca, el departamento del Chocó. Una novela por cuya trama se van entrelazando los problemas más agudos que torturan al hombre que se desenvuelve o, mejor dicho, que se consume en medio de la maraña de una selva inhospite: el hambre, la desnudez, la enfermedad, la desolación, el desamparo… Sus páginas, llenas de un dramatismo aterrador, electrizan la mente del lector más insensible”.
Qué cruel y dura fue la vida de Arnoldo Palacios, golpeada de manera indolente por el signo de la tragedia.
De la entraña de la selva chocoana viene a Bogotá, en donde adelantó sus estudios de bachillerato. Poco después, gracias a una beca otorgada por La Sorbona, viaja a París, en donde disfruta de una nueva vida, una vida llena de reconocimientos y satisfacciones humanas e intelectuales. De aquí pasa a Rusia, en donde por fin logra la tan deseada y merecida recuperación de su salud; y en donde publica su obra La selva y la lluvia (Moscú, 1958 ). Así pagan los dioses, en compensación, a ciertas vidas signadas por la adversidad y el desamparo. A su regreso de Europa, mantuvimos algunas entrevistas, animadas con la vivacidad del narrador de aventuras y gratas experiencias.
A la postre, en día ineluctable lo sorprende la intrusa. Así, al lado de pocos familiares y amigos en la funeraria los Olivos de Bogotá, tuve la adolorida satisfacción de balbucir algunas palabras del más hondo pesar, ante el cadáver del amigo.
Cómo duele este recuerdo. Fue una mañana fría, lúgubre y muy triste. Pero a su vez conmovedora, cuando unas estrellas negras, se tornaron brillantes, al caer sobre el cuerpo yerto de Arnoldo Palacios. Un hombre que luchó sin tregua contra el infortunio de su naturaleza y se esforzó, con entereza, por alcanzar ideales de superación. En fin, Arnoldo Palacios un negro de alma blanca y buen corazón, que dejó huellas de sus virtudes humanas y de su claro talento.
Bogotá, agosto del 2024, año centenario de su nacimiento.