Por:
Jorge Luis Piedrahita Pazmiño
Agobiados por el fuego abrasador de Junín y Ayacucho –que había sancionado la emancipación de la América Meridional- iniciando agosto de 1825, avanzaban los carromatos que llevaban la rijosa impedimenta, seguida de la cadena de jinetes que tremolaban los estandartes tricolores en el perenne horizonte pardo de la sierra peruana. El cielo colosal pesaba sobre la pomposa caravana, como igualmente abruma esa tierra pedregosa, desolada, áspera, aterida y erizada que sisa el aire a los pulmones de los expedicionarios.
Por aquellos abismos insondables que se precipitan sobre las cumbres nevadas, en el camino del Cuzco que lleva al Puno, no distante del sacramentado Titicaca –alcurnia de Manco Cápac- marcha el Libertador cual cónsul romano, saludando a la grey pasmada y absorta ante el paso de una gloria ambulante. Lo acompañaba su maestro Simón Rodríguez, recién regresado de su circunnavegación atlántica.
Es fama que, en aquella romería, encabezando la feligresía iba un curita piadoso, inerme, frágil, nativo, que ante Bolívar surgía intuitivamente cerebral, a quien solapadamente confiaríale un encargo asaz metafísico e imperecedero en los fastos de la oratoria laudatoria. Llamólo a su seno e insinuante y cesáreo encomendóle:
“Antes de llegar al lago, en sitio apropiado para la ocasión, Usted me saludará en nombre de los indígenas redimidos por mí con este discurso (…)”. Repentinamente el rayo milagroso saltó en incendio incontenible que el clérigo grabó ad pedem literae, con el que en el tutelar cerro de Pucará encumbró a Bolívar, a su pueblo nativo y a sí mismo:
“Quiso Dios de salvajes formar un gran imperio y creó a Manco Cápac; pecó su raza y lanzó a Pizarro. Después de tres siglos de expiaciones ha tenido piedad de la América y os ha creado a vos. Sois pues, el hombre de un designio providencial. Nada de lo hecho hasta ahora se asemeja a lo que habéis hecho, y para que alguno pueda imitaros será preciso que haya un mundo por libertar. Habéis fundado tres repúblicas que en el inmenso desarrollo a que están llamadas, elevan vuestra estatua a donde ninguna ha llegado. Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.
(Júzguese el corte literario y parentela espiritual de la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá: “Cuando después de cien siglos la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrará con respeto los protocolos de Panamá. ¿Qué será entonces del Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”)
Y no era la primera vez que el Libertador se valía de terceros para anunciar sus encendidos raciocinios.
Sirviéndose de la pluma del cuencano Vicente Solano, publicó “Miranda sobre América”; el venezolano y pariente, Antonio Leocadio Guzmán, transmitió las lecciones de derecho constitucional que Bolívar aprendió en la Universidad de San Marcos y que eran apologéticas de la Constitución de 1826; el coronel Perú de la Croix divulgó sus confidencias en “El Diario de Bucaramanga”; el peruano Benito Lasso, la célebre “Exposición patológicas y jurídica”; en la cátedra de Charas asombró a los doctores de Chuquisaca entreverando su elocuencia con la de su amado capellán monseñor Pedro Antonio Torres, oración conmemorativa del aniversario de Ayacucho; a Olmedo le dictó su propia lisonja poética; para la Gaceta de Lima, sólo con iniciales. Parece ser que el diálogo con el tiempo “mi delirio sobre el Chimborazo”, sí fue quirografario de él. Las instrucciones a sus secretarios Pérez y Felipe Santiago Estenós, secretario peruano y a su sobrino Fernando, contenían su pensamiento incontrastable y patógeno. El chismoso de Sañudo delató que los pliegos enviados a Santander para que los remitiese a Basilio García eran apócrifos…
Más espectacularmente corre la especie de que en Mérida –andina, universitaria y heroica- le pidió a Cristóbal Mendoza –primer presidente venezolano- que, ante su inminente y gloriosa entrada en Caracas procedente de la campaña admirable de 1813, “aquí en Mérida, ara de gloria y púlpito donde se levanta nuestro evangelio, aquí Usted me proclamará El Libertador”.
***
Lo verdaderamente insólito fue que aquel portavoz ocasional pero perenne no era cura; que el que improvisó fue un civil, que pronunció la arenga en lengua aimara; y que aquella homilía de 104 palabras, sublime y precisa, bajo relieve de la América mestiza que cubre desde el caos bíblico hasta la epopeya telúrica, con auroras sangrientas, no fue de universal encomio.
La semiótica de la soflama se ha supuesto supersticiosa pues que, al invocar a Pizarro con su carga devastadora, esta proclama bolivariana era adventicia igualmente de un escarmiento predestinado por los oráculos.
Quien hizo la proclama en el Distrito de Pucará, provincia de Lampa, fue José Domingo Choquehuanca (1789-1854), doctor de la Universidad de Chuquisaca, político, incluso Ministro de Instrucción que lo nombró el presidente Ramón Castilla; hijo extramatrimonial o fruto sacrílego, “de dañado y punible ayuntamiento (como rezaba el código civil) del consabido cura indio José Gregorio, sindicado por muchos autores y por luengos años de ser el perorador de marras, concebido en la cacica María León Tupac Amaru. El pastuso José Rafael Sañudo, tan puntilloso y quisquilloso, así lo admitió y divulgó como gregario que fue de don Ricardo Palma en todo su antibolivarismo. Entrambos hablaron del “cura de Pucará”, siguiendo una tradición equívoca.
La proclama tuvo egregios prosélitos entre ellos don Juan Montalvo, quien se interrogaba: “¿Qué será Bolívar cuando sus hazañas, pasando de gente en gente, autorizadas con el prestigio de los siglos, lleguen a los que han de vivir de aquí a mil años?”. Y Martí y Abigail Lozano que “Sintió aproximarse su fin como una sombra que avanza a la caída de la tarde”.
Luis López de Mesa, tan críptico y poco devoto del héroe, dijo de la arenga que es obra maestra de la literatura universal, entre el sermón de la montaña y la oración de la acrópolis de Renán.
Fabio Lozano Torrijos–diplomático que fue en Lima- y Marco Fidel Suárez que en uno de sus sueños celebró “las arengas que Bolívar recibía y especialmente aquella del cura de Pucará que comparó su gloria creciente con las sombras que se alargan al ocultarse el sol”. O Luis Alberto Sánchez, peruano ecuménico, Jorge Basadre y el clásico Tito Salas que pintó a Choquehuanca con traje talar. Hasta la revista del Reader’s Digest informaba que “el doctor Choquehuanca pobre pastor de almas de Pucará, aldea perdida…”
Sólo hace unos treinta años, Vicente Lecuna, el erudito y estricto Eduardo Posada, el general Julio Londoño se adelantaron a la rectificación. La oligarquía peruana, enemiga de Bolívar y antiindigenista de suyo, se vengó del bolivarismo cerrero de José Domingo, murmurando su filiación sacrílega.
***
Habían sucedido los fastos de la pampa de Junín y de Ayacucho cuyo bicentenario acabamos de celebrar. Batalla, la de agosto, librada a hoja de sable y punta de lanza porque no se hizo ni se oyó disparo.
El Libertador la invocó –juntamente con la de Bomboná- en su postrer y sublime carta a su prima Fanny:
“A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, apareces ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bomboná… Adiós Fanny… Todo ha terminado…”
Borges, bisnieto del coronel Suárez, contendiente allí cinceló un poema donde el tumulto de la batalla, ese instante único de alucinada gloria –“la luz, el ímpetu y la fatalidad del carga” … “La batalla es eterna y puede prescindir de la pompa/ de visibles ejércitos”.
En Perú los hijos del sol y de Atahualpa. En Ayacucho, que queda en el Alto Perú o pampa de Quinua o el rincón de los muertos como se conocía, todos los suramericanos y los pastusos que al mando de Córdoba formaron la murga que interpretó el legendario bambuco indígena de “La guaneña”, o “juaneña”, que coreaban las juanas compañeras de los guerrilleros. Allí no estuvo Bolívar porque el Congreso de Colombia y Santander, le había relevado del mando y de sus facultades extraordinarias. Inclusive en Chalhuaca le pidieron sus generales a Bolívar que no participara en Ayacucho ya que los idus estaban en su contra. La que sí combatió fue Manuelita Sáenz con sus charreteras de Coronela del sol con los archivos caóticos.
Tomás Hidalgo Calvache, el malogrado intelectual que disputó sobre Historia Ecuatoriana con el arzobispo González Suárez –y que vivió en Ipiales- dejó escritas estas frases reivindicadoras: “El pastuso fue patriota; el pastuso triunfó en Ayacucho; esto he dicho y lo sostengo. Es verdad que muchos de nuestros antiguos conciudadanos fueron adictos a la Corona de España, pero ni fueron todos, ni fueron los más notables. ¡Si, también nuestra Patria levantó el grito enérgico de Independencia y se vio sacrificarse a muchos en aras de la libertad! Varios soldados, tres coroneles y un edecán del gran Libertador Bolívar, representaron a Pasto en la gloriosa batalla que por completo dio la libertad a la América española, ¡día de eterno recuerdo en que el pabellón colombiano se paseara victorioso en los campos de Ayacucho!”
Custodio Rivera que fue soldado del estandarte real, pero terminó envuelto en los pabellones bolivarianos; Manuel Ordoñez, que a los diez años se alistó al servicio de la emancipación y fue Coronel en Ayacucho y un joven Santacruz, junto a Manuel José de la Barrera, edecán del Libertador y hermano del presbítero Tomás de la Barrera que alternaba discursos patrióticos con Bolívar en Lima.
También Manuel Antonio López combatió en Ayacucho, de lo que dejó memoria sesenta años después. Allí recordó que la batalla duró 70 minutos mientras que Junín 45. Dejó 1.400 realistas muertos vs. 370 patriotas.
***
Un cuarto de siglo después un explorador francés –Paul Marcoy- atravesó por Azángaro, limítrofe con Pucará, legendario cantón de la arenga, ciudad heroica de los tiempos de Tupac Amaru, que en sus bóvedas sagradas guardaba los tesoros de oro y plata negados a los invasores; tierra de Choquehuanca, que en épocas de Bolívar y en estas de 1852 habían acogido al ignoto Simón Rodríguez. El foráneo descubrió una pulpería en cuyas paredes pendían paquetes de vela que el viento nocturno balanceaba haciéndolas chocar entre ellas. El maestro del Libertador despachaba en su tienda y con la mayor cordialidad y desenvoltura recibió al francés en su propio idioma. “No soy inglés, ni italiano, ni portugués, no obstante que hablo esas lenguas como la de usted, y además los dialectos de esas lenguas también me son familiares”. El cronista francés quedó aturdido de recibimiento tan desparpajado en una cueva perdida en las desconcertantes cumbres andinas. El anfitrión le homenajeó con tasajo, puré picante y agua alicorada, que era el menú que preparaba su mujer.
“Era un hombre de más o menos 70 años, de una robusta constitución, de un subido color y cuyos cabellos tenían la blancura de la nieve. Sus rasgos comunes, pero impregnados de bondad y delicadeza, recordaban las del ilustre cantor (Berénger) una de nuestras más puras glorias nacionales. Su vestido, no daba realce a su persona. Su camisa sucia de cuello arrugado, su corbata retorcida, su poncho de un amarillo indefinible cuya abertura dejaba ver un pecho velludo y bronceado por el frio, sus pantalones de bayeta gruesa y azul y sus zapatos claveteados; este vestido muy apropiado para un churrapaco de baja ralea o para un alcaldillo de la sierra me parece una blasfemia para un hombre que habla seis idiomas”.
Simón Rodríguez había instalado la misma tienda que atendía en la provincia de los Pastos 10 años atrás después de haber sido primer ministro de instrucción de Bolivia y haber enseñado anatomía en su propio cuerpo desnudo y flácido.
“Después de haber recorrido la Europa, me vino la idea de radicarme en América del Sur. Viví algún tiempo en Chile, he recorrido los dos Perú y terminé por establecerme en Quito. Mis compatriotas reinaban todavía en todo el territorio de los Andes; pero había un no sé qué, algo flotaba en el aire y esos murmullos sordos que dejan oír los volcanes en proceso de erupción y los reinos dinásticos advertir a los espíritus que una regeneración político social se preparaba. Simón Bolívar acababa de entrar en escena, y la República que él proclamaba iba a reemplazar un reino de tres siglos. El azar nos acercó y no nos separamos jamás. Es un error que los historiadores que se han ocupado de esta época me han hecho el preceptor del Libertador. Yo he sido solamente su amigo y consejero. Lo he seguido en sus principales campañas contra los realistas. Hacía seis años que nos conocíamos cuando se dio la batalla de Ayacucho y se obtuvo la independencia. Acabada su obra, asqueado de los hombres y desilusionado de sí mismo, se apartó a la vida privada. A su muerte, yo reemprendí mis correrías a través de América, y como la fortuna no me ha sonreído, me he ingeniado para encontrar los medios para sobrevivir. He creado sucesivamente en las grandes ciudades del Continente una fábrica de jabón blanco, una lavandería, una estufa para empollar los huevos de gallina, empresas que no tuvieron éxito. El espíritu de los americanos es refractario a las innovaciones. Las ideas de progreso no entran en su cerebro sino a golpe de martillo. De ir de ciudad en ciudad un buen día llegué a Azángaro, en donde para vivir me puse a fabricar velas de sebo. Esta que nos ilumina, es obra de mis manos. Decirle que gano bastante en este triste oficio sería una jactancia indigna de mí. Debo confesarle que él me proporciona lo justo para vivir cada día. Desafortunadamente estoy dotado de una filosofía del instinto, y sé contentarme con poco. ¿A qué objeto, por otra parte, debo perseguir una quimera irrealizable cuando ya me queda poco tiempo de vida? Prefiero dejar correr mis últimos días en una quietud profunda a ejemplo de estos ríos de América que corren sin saber a dónde y dejan a la Providencia el cuidado de conducirlos”.
Él no se interrumpía –rememora el francés en su anecdotario “Voyage an tour du monde”- sino para despabilar con sus dedos la vela de sebo que él había fabricado, cuando el pabilo, que parecía la cabeza de un hongo, despedía más humo que llama.
“El lecho que él me ofreció en un reducido anexo a la pieza en donde habíamos cenado -dice el viajero- se componía de dos pieles de cordero recubiertas de un poncho de lana. Tomé posesión de él, conviniendo conmigo mismo que la filosofía tiene su razón de ser, pero que una cama blanda hubiera sido preferible cuando yo había hecho entre dos soles, 17 leguas de cordillera” (…) Al momento de montar en mi cabalgadura, él puso en mis manos un objeto de tres pulgadas cuadradas envueltas en un pedazo de tocuyo, tejido de algodón del país. “Esta es una reliquia que le regalo para evitar que a mi muerte caiga en manos profanas. Consérvela en recuerdo de su servidor y sobre todo del hombre ilustre a que ella perteneció por mucho tiempo”.
“Recibí el objeto en cuestión con la idea que se trataba de un fragmento de la verdadera cruz o de la corona de espinas de nuestro redentor, pedí a don Simón la autorización para abrir el paquete con la intención de admirar delante de él la santa reliquia y testimoniarle de viva voz mi gratitud. Ábralo”, dijo simplemente.
“El paquete encerraba una caja que imitaba caoba o cedro oloroso, con bisagras para abrirse y se cerraba con un garfio. El fondo de la caja estaba recubierto de papel, sobe el cual un calígrafo había trazado la rosa de los vientos. Una aguja un poco enmohecida, colocada al centro de la rosa, indecisa, vacilante entre el N y el NN E ¼ N. Esta pequeña brújula, evidentemente fabricada en el país a la primera vista. Prometí a mi anfitrión conservarla religiosamente en recuerdo de nuestro conocimiento”.
Y también el Libertador Simón Bolívar, repitió don Simón. “Esta brújula es la de que él se servía en sus marchas por América; ella ha marcado sus pasos en la vía de renovación que él siguió y las incisiones hechas con el cortaplumas en su tapa testimonian tantas victorias alcanzadas por mi noble amigo sobre los ejércitos de los virreyes”.
“Guardé la reliquia histórica en el fondo de mi bolsillo, después de vehementes votos de prosperidad y un estrecho apretón de manos entre don Simón y yo, dejé al noble americano en el umbral de su puerta, y tomé detrás de mi guía el camino a la Huancané”.
José Domingo Choquehuanca y Simón Rodríguez, hermanados por su bolivarismo sellado, también fueron gemelos en ser extramatrimoniales y en ser hijos de cura: el uno del cura de Pucará, y el otro del cura Carreño. Por eso Rodríguez se burlaba: “Yo no conocí a mi padre, pero sí a un cura muy amigo de mi madre”.
Mi admiración Jorge Luis por tu crónica sobre Bolívar, don Simón Rodriguez y sus cabalgatas andinas en búsqueda de la libertad de América. Merece publicarse en un mejor medio de comunicación