Por:
Vicente Pérez Silva
Con la atención y el interés que merecen las publicaciones relacionadas con el centenario de La vorágine, hemos leído en Lecturas de El Tiempo, del domingo 25 de febrero, la colaboración del escritor Juan Cárdenas, una versión de su prólogo a una edición de dicha novela; colaboración que concluye con esta consideración.
Aunque evita las declaraciones racistas, el proceder de Cova da a entender que no tiene ningún respeto o interés por lo que podrían enseñarle los indígenas, ni siquiera los más hospitalarios con la expedición. Por el contrario, el héroe se muestra arrogante y torpe, casi siempre pueril en su machismo histriónico.
¿Arturo Cova, machista histriónico? Si de mujeres se trata, se refieren episodios y curiosas anécdotas, largo de contar, que dan cuenta de ciertas actitudes que tuvo Rivera en defensa erguida de la mujer ultrajada o vilipendiada.
Si reparamos que el nombre de Arturo Cova esconde o entraña el de José Eustasio Rivera, en su configuración autobiográfica, con el debido respeto que merece el pensamiento ajeno, ante los duros epítetos endilgados al “héroe” de la novela, nos parece que sea el mismo autor, redivivo, quien responda con estas palabras:
Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis, en que la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exuberancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debilitarme de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la visión imaginativa.
Frecuentemente las impresiones logran su máximun de potencia en mi excitabilidad, pero una impresión suele degenerar en la contraria a los pocos minutos de recibida. Así, con la música, recorro la gama del entusiasmo para descender luego a las más refinadas melancolías; de la cólera paso a la transigente mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.
Cabe recordar que Manuel Antonio Bonilla, eminente escritor y conocedor de la lengua castellana, con los seudónimos de Atahualpa Pizarro y Américo Mármol, libró con José Eustasio Rivera una de las más duras y aguerridas polémicas en torno a sus dos obras Tierra de Promisión y La vorágine. A la postre entre otros merecimientos, destaca el relacionado con la personalidad de Rivera, de quien dice que fue “un hombre en la verdadera acepción del vocablo, y que como tal procedió en todos los actos de su vida”.
Pero, además, un explorador, un expedicionario entre una selva inhóspita; un soñador por la suerte y la reivindicación de los desprotegidos; un altivo acusador de los crímenes y atrocidades inhumanas contra los caucheros, colonos y tribus indígenas.
Todo esto, y mucho más, sin que olvidemos que “la novela es el género literario más difícil de someterse a normas especiales”, como lo expresó Rivera en una de sus polémicas. Ahora, estamos ante una obra centenaria en su original contenido y desarrollo, desde luego, sin que esté ajena al análisis y la crítica actuales, de los aciertos o desaciertos en los que pudo haber incurrido el autor. Aún más, de qué carece o cómo debieron configurarse ciertos temas o episodios. En otros términos, no considerar una obra tal como es, sino cómo debió ser.
En últimas, de nuevo escuchemos estas palabras del tan exaltado y fustigado, del tan controvertido y controvertible novelista:
La perfección ha sido siempre una quimera tras de la cual encamina el hombre sus aspiraciones, sin que nunca la realidad sepa corresponder a la grandeza del empeño.
Vicente Pérez Silva
Bogotá, marzo del 2024