ANOTACIONES AL MARGEN DEL LIBRO “EL INFINITO EN UN JUNCO”, DE IRENE VALLEJO

Anotaciones al margen del libro “el infinito en un junco”, de Irene Vallejo
Irene Vallejo en la Academia Colombiana de la Lengua
Por:
Vicente Pérez Silva
Vicente Pérez Silva
A decir verdad, no he leído, sino he devorado con una avidez intelectual infinita, el libro de Irene Vallejo: El infinito en un Junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Título y subtítulo que nos ponen sobre ascuas.
Vicente Pérez Silva con Irene Vallejo
Si como se ha dicho hay libros de libros, éste es uno de ellos. Un libro de calidad y calidez, de una prolífica y galardonada historiadora que nos lleva prendidos de sus manos, desde la primera hasta la última página. Sencillamente, porque viajamos sin tregua alguna, por los caminos de una obra de carácter histórico que subyuga, por la variedad y soltura de sus descripciones y por la erudición de sus conocimientos que asombra.
Lo anterior, sin perder de vista la espontaneidad de sus rasgos autobiográficos, vivencias que nos acercan, aún más, a la altivez de su personalidad y a la valoración de sus virtudes.

 

Irene Vallejo
Al cabo de una lectura que nos llena de encantamiento, no resisto la tentación de traer a colación, ciertos episodios que, no obstante el trascurso del tiempo, curiosamente, tocan o coinciden con otros de los que me he ocupado en algunas de mis publicaciones, ocurrencias que me dan pie para estas anotaciones.

Medio de comunicación indígena

En el aparte que tiene por título El mundo perdido de la oralidad: un tapiz de ecos, leemos lo siguiente: La cultura inca peruana, por ejemplo, conquistó y gobernó un poderoso imperio, sin apoyo de la escritura (más allá de un sistema de mensajes mediante nudos o encuerdas o quipus… Sólo podían comunicarse a través de un sistema de ecos, ligero y fugaz como el aire.
Entre nosotros, en el discurrir de las tradiciones, concretamente la tribu de los huitotos, ubicada en el territorio comprendido entre los ríos Putumayo y Caquetá, como medio de comunicación utilizaban el llamado maguaré; un instrumento de madera muy fuerte y vibrante. Este ingenioso medio, les servía de telégrafo, sin hilos, con el cual hablaban a largas distancias, unas tribus con otras, para prevenir los peligros e invitar a las fiestas.

Proceso de un canicida

En el llamativo aparte Una apasionada relación con las palabras, la erudita autora nos sorprende con esta curiosa reminiscencia:
Aristófanes escribió una comedia paródica sobre un individuo llamado Filocleón, un auténtico yonqui de los judíos. Para ayudarle a superar la compulsión fiscal, su hijo monta un juzgado en su propia casa y le ofrece la presidencia al padre. A falta de a quien acusar, juzgan al perro de la familia por haberse comido un pedazo de queso en la cocina, improvisando largos alegatos a favor y en contra.
Por asociación de motivos, esta recordación me acerca al acopio de nuestra fabulosa picaresca judicial. Entre tantos, contamos con el caso de una demanda contra un canicida, por el envenenamiento de un perro que, merced a su vecindad con la carnicería, pasaba con frecuencia a comerse trozos de carne. La demanda se ventiló en el juzgado segundo penal del circuito de Medellín, en el departamento de Antioquia. El defensor de oficio lo hizo mediante un memorial en décimas, “con todas las de la ley”, el juez lo encontró aceptable y falló a favor del carnicero. La majestad de la justicia había entendido que “el donaire y el derecho no están reñidos y que la sal es condimento de lo serio”.

No se necesita pensar

Una referencia del libro que nos pone alerta, ante el vertiginoso avance del tecnicismo, constituye el aparte en el que la autora transcribe la premonición que para el futuro, nos hace el escritor George Orwell: En realidad, acentúa, no habrá pensamiento en el sentido que ahora lo tenemos. La ortodoxia significa no pensar, no se necesita el pensamiento. Como quien dice, lisa y llanamente, no hay necesidad de pensar. O lo que es peor, como si retornáramos a la época nefasta, en que unos abyectos catedráticos de la Universidad de Cervera, en tiempo de Fernando VII, elevaron una exposición al rey, en la que le decían: “Lejos de nosotros, señor, la funesta manía de pensar”.

Libros en la hoguera

De los apasionantes apartes que hacen relación con la vida y milagros de los libros; concretamente con los libros llevados a la hoguera o la quema de libros, faltaba menos, en nuestro medio y en tiempos no muy lejanos, también se ha incurrido en tamaña y repudiable actitud, de la cual daos cuenta en el libro Anécdotas y curiosidades entorno al libro en Colombia.

Libros galardonados

Otro aspecto que es preciso destacar, es el relacionado con los libros excepcionales o galardonados de especial significación, reconocimiento y trascendencia. Tema por demás extenso e intenso en el ámbito universal. De nuestra parte únicamente me permito señalar los siguientes:
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en la cumbre del prestigio universal, inútil mayor comentario de quien inicia su vida multiforme, como un “vendedor ambulante de libros, por los polvorientos pueblos de la costa atlántica”, según sus propias palabras; y luego, alcanza el premio nobel de literatura.
Las raíces de la ira, de Carlos Bastidas Padilla, premio Casa de las Américas de Cuba.
Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazabal, una novela de nuestra cruda e interminable violencia, con varias distinciones nacionales e internacionales.
Y la obra Tipos delincuentes del Quijote, del maestro Ignacio Rodríguez Guerrero, que obtuvo el premio quinquenal internacional de estudios cervantinos “Isidre Bonsoms” (1961-1966) del Instituto Catalán de Barcelona, España, concedido el 23 de abril de 1966, por primera vez a un escritor hispanoamericano.

Recuerdo de Eulalio Ferrer

Al correr de las páginas del libro de marras, de modo muy especial, me sorprende el nombre de mi apreciado e inolvidable amigo Eulalio Ferrer, autor del maravilloso libro El Lenguaje de las trilogías, y promotor y fundador del Museo Iconográfico Don Quijote de la Mancha, en Guanajuato, México. A raíz de su muerte, en su memoria, escribí el artículo que aparece en mi libro Travesuras y Fantasías Quijotescas.

Inscripciones en los árboles

Para concluir estas someras anotaciones, lo hago de manera emotiva con esta recordación:
En el atractivo aparte En el principio fueron los árboles, acerca de las inscripciones que se hacen en sus troncos, no puedo menos de traer a mi memoria, este tan sentido y expresivo poema de juventud, titulado Tres Recuerdos, del gran poeta y maestro Rafael Maya:
Tres recuerdos unidos a este naranjo en flor. 
El uno es infantil, dorados frutos conmigo ella juntó.
El otro, de esperanza, el tronco vivo, aún guarda su inscripción.
Y, el último, sin nombre, cuando ajena pasó al altar de Dios,
con unos azahares parecidos a los que tiene mi naranjo en flor.
La vida nos depara sorpresas no por inesperadas menos satisfactorias. A mi edad, jamás había soñado disfrutar la fortuna de conocer personalmente a Irene Vallejo, ni tampoco poner en sus manos estas anotaciones, como ahora lo hago en esta feliz y memorable ocasión.
Bogotá, Lunes 7 de Septiembre del año 2024.
Comments (0)
Add Comment