31 DE DICIEMBRE: DESFILE TRADICIONAL DE AÑOS VIEJOS

En Pasto, la crítica, la sátira, el humor, la imaginación y el espíritu creativo de pastusos y nariñenses, continúan aflorando en el tradicional desfile de Años Viejos y concurso de figuras alegóricas cada 31 de diciembre.

Por:

Carnaval de Negro y Blancos de Pasto

 

 

Historia y tradición

 

La crítica, la sátira, el humor, la imaginación y el espíritu creativo de pastusos y nariñenses, continúan aflorando en el tradicional desfile de Años Viejos y concurso de figuras alegóricas cada 31 de diciembre.

La primera quema del año viejo en Pasto nos remite al año 1930, a partir de un relato protagonizado por el señor Fernando Narváez Benavides (armero de profesión), quien había guardado el muñeco de inocentes que se elaboraba con trapos y aserrín, para quemarlo el 31 de diciembre. Unas muchachas de la época habrían tomado el muñeco que estaba en la puerta del taller de don Fernando, para llevarlo a la puerta del Palacio Municipal, donde “fue enervado en un jumento que pasaba con cantinas de leche” (Rodrizales, 2011).

Se dice que, al sentir el muñeco como jinete, el animal había salido despavorido por la Plaza de la Constitución, hasta llegar al sector de La Carnicería de Los Dos Puentes, provocando tal perturbación, que don Fernando fue requerido a pagar una multa, por valor de un peso ($ 1.0). Pese a lo sucedido, el monigote no se salvó de ser quemado aquella noche del 31 de diciembre de 1930 y a partir de entonces surgiría la tradición del “Año viejo”.

Cuenta el señor Javier Guerrero (2017) que la tradición ancestral del año viejo, en el Carnaval del año 1935, contó con monigotes rellenos de aserrín y tronantes explosivos; tradición que se ha ido transformando en los últimos años, con la prohibición del uso de la pólvora, impulsada por las autoridades gubernamentales, así como las nuevas dinámicas de elaboración y comercialización de muñecos ecológicos y alternativos que han ido emergiendo.

El ingenio pastuso con los años viejos, según don Miguel Ortega (1999), q. e. p. d., se manifestó en el Carnaval de 1939 a través de muñecos de trapo, viruta o aserrín, que eran llevados a los desfiles, cargados en hombros o en carretillas de tracción animal para quemarlos a la medianoche del último día del año. Este ritual se acompañaba con la preparación de un delicioso mote, empanadas, champús y un aguardientico, que se compartía al ritmo musical de la Ronda Lírica.

Los dolientes del año viejo piden una “limosnita”, para reunir fondos destinados a la quema del muñeco a la media noche. Cuando se acerca la hora de la quema, las familias se aglomeran en calles y andenes para dar el último adiós al año viejo y recibir el año nuevo.

Entre alegría, llanto y nostalgia, familiares, amigos y vecinos se abrazan y expresan conmocionados su deseo de “feliz año”, mientras los monigotes son quemados durante el “ritual de purificación de fuego y muerte” o “rito simbólico regenerativo”, en palabras del Maestro Germán Zarama Vásquez (1999), porque cada primero de enero, permite “apreciar un ambiente social más sano y libre de tensiones” (1992).

Este “ritual del fuego y la purificación”, según el Maestro Javier Rodrizales (2011), permite “alejar la mala suerte” y dar paso a la “regeneración del tiempo y las buenas energías”. Así mismo, Octavio Paz (1950) considera que “los ritos que celebran su extinción están destinados a provocar su renacimiento: la fiesta de año viejo, es también la de año nuevo”.

El desfile de años viejos

 

Las estampas de los primeros desfiles de años viejos estaban a cargo de sindicatos, asociaciones, gremios, artesanos y obreros, pero, con el paso del tiempo, los muñecos también se fueron elaborando en las casas, tiendas, talleres, entidades y lugares de trabajo, para despedir el año viejo y festejar la llegada del nuevo año.

En los desfiles de años viejos y durante la fiesta carnavalera, es muy recurrente el uso de máscaras de cartón o papel encolado, con las cuales se “imita una cara con que uno se cubre el rostro para no ser conocido”, refiere la historiadora Lydia Inés Muñoz Cordero (2007). Se trata de una nueva apariencia que encubre la personalidad, “encarnando antepasados, espíritus, dioses, animales y toda clase de fuerzas sobrenaturales aterradoras y fecundantes” (Rodrizales, 2011).

Sobre el origen de este elemento, Muñoz (2007) revela que, en África, Asia, Oceanía y América, la máscara tuvo su función ritual en “ceremonias mágicas, totemismo y tabú”; mientras que, en la antigua Grecia, las máscaras se utilizaron en las representaciones teatrales. Como efecto de la “difusión y contacto cultural con Roma”, la máscara se extendió a otros territorios de forma animosa, instalándose en las fiestas populares y en los carnavales, apareciendo así las “fiestas de disfraces”, “fiestas de máscaras o mascaradas”.

Las estampas elaboradas con cartón, papel encolado, madera y otros materiales desechables, desfilan al ritmo de murgas, bandas y agrupaciones musicales cada 31 de diciembre, cautivando el interés y el aplauso del público, no solo por la genialidad de las figuras, sino por la jocosidad, ironía, y la crítica social y política con la que se representan distintos acontecimientos y personajes de la vida pública local, nacional e internacional. “Gratitudes e ingratitudes que deja el año que termina” (Rodrizales, 2011).

En ningún desfile de años viejos pasa desapercibido el nombre o título que identifica el tema de cada motivo alegórico y el testamento que, con lenguaje irónico y humor propio en tiempo inverso, hace un “recuento de los sucesos que caracterizaron el año que culmina” y esboza “recomendaciones a sus protagonistas para el año nuevo” (Rodrizales, 2011) y, finalmente, “reparte entre sus dolientes, todos sus haberes, deudas y teneres” (2011).

La creatividad, el humor y la sátira inmersos en los monigotes y letanías de los testamentos, someten al escarnio público, las decisiones o conductas contraproducentes de gobernantes, dirigentes políticos, personajes públicos y todas las formas de poder.

La inconformidad, el descontento y la burla del pueblo, se ven legitimados en la aprobación, admiración, la risa y el aplauso del público, durante el paso de los motivos alegóricos, que también suelen ir acompañados de comparsas, puestas en escena y “personajes simbólicos como viudas, huérfanos y plañideras” (Rodrizales, 2011) que hacen el recorrido a pie, llorando y lamentando la muerte del año viejo.

Además de los elementos simbólicos del tradicional desfile de años viejos aquí mencionados, hay un aspecto relevante en la fiesta de fin de año que también la destaca el Maestro Rodrizales (2011) en sus aportes y que infaltablemente ameniza el ritual de la quema del año viejo, la música. De allí que es muy conocida la canción popular que dice: “Yo no olvido el año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas”, como también es tradicional escuchar los acordes de la canción “faltan cinco pa’ las 12:00 y el año va a terminar”.

 

El desfile de carros antiguos

 

Al cierre del tradicional desfile de años viejos, en los últimos años se ha ido incorporando el desfile de carros antiguos, exhibiendo una diversidad de automotores clásicos y de vieja data que han sido conservados por sus coleccionistas. Es característico que los conductores de los carros antiguos vayan vestidos de acuerdo a la época de fabricación del vehículo, generando la admiración y el cariño del público, mientras desfilan por la Senda del Carnaval

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