LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y NUESTRO FUTURO CIBERNÉTICO
A esa transformación le temen muchos, preocupados por creer y dar por cierto que las Inteligencias Artificiales carecen, y carecerán aún más, de emociones y sentimientos. Pero, lo cierto es que semejante a los humanos, que no hemos perdido la animalidad de los primates, tampoco las máquinas pensantes tienen por qué perder, ni la animalidad de los primates ni la humanidad de los seres pensantes.
Por:
Guillermo Linero

Un día, muy temprano en la línea de tiempo de nuestra especie, los prehumanos -los primates- por la sola necesidad de vivir o sobrevivir más cómodamente, habrán reaccionado con asombro pasmoso, cuando alguien de los suyos deshojó una rama y la introdujo en un nido de termitas para sacarlas. Y es discernible que así hubieran reaccionado, pues, a partir de esa simple ocurrencia, que por ajena a sus facultades físicas naturales es artificial, encontraron más cómodo y eficaz la manera de obtener su manjar predilecto y llevarlo a sus bocas tal y como sus descendientes lo hacemos hoy con los pinchos de carne.
Ese nuevo ser, perteneciente al segundo estadio de nuestra evolución, un día también advertiría que, si bien ya había alcanzado un relativo confort en virtud de todo lo descubierto y lo inventado, ahora -a causa del cúmulo de memoria intelectual y científica- la tarea de acceder a las informaciones le presentaba nuevos y mayores retos para su capacidad nemotécnica y para su habilidad de cálculo. En consecuencia, y por su natural inclinación a pensar, reflexionar y soñar, vio necesaria la invención de una máquina para que le ayudara efectivamente en eso de pensar, calcular, memorizar y resumir todo lo acumulado; o mejor, se le ocurrió abrir las puertas a un tercer estadio evolutivo, donde, de seguirlo, se tornará igual como el primate se tornó en un ser racional, en un ser cibernético; es decir en un ser vivo análogo a las máquinas, o en una máquina análoga a los seres vivos.
Aunque, en la lógica de Jünger, en lo que deben entrenarse las IAs es en el mundo físico, tangible por fuera de las pantallas, pues el entrenamiento mental ya lo tienen asegurado. No obstante, cabe preguntarse, más allá de si las IAs y los robots puedan realizar acciones físicas, si estas y estos tienen capacidad para desarrollar la espiritualidad, cuyos contenidos carecen de la lógica matemática de lo racional -memorizar, pensar, calcular, crear y construir- y descarta los algoritmos -de rigor cualitativos y cuantitativos, porque la espiritualidad, eso lo tendrán que aprender las máquinas inteligentes, no se mide por la calidad -digamos el modo de ser de las personas- ni por la cantidad de bienes o virtudes que estas posean.

