SI LES PREGUNTÁRAMOS A LOS SOLDADOS COLOMBIANOS
Un ejército es una fuerza viva, no para aplastar a sus semejantes; sino para emprender en nombre de estos los retos más difíciles.
Por:
Guillermo Linero Montes

El ejército colombiano, en su historia -fundado en 1810- ha sido fiel a la constitución y ha obedecido con ciega lealtad a los gobiernos de turno. Esa es una verdad que no tiene discusión en Colombia y es unánime la creencia de que tal lealtad es el talante moral del ejército. Por ello, quienes estudian nuestra historia política (la historia de la violencia, de la corrupción y de las inequidades) aseveran que la guerra, que el conflicto armado, que la miseria y la corrupción, no son por culpa del ejército, sino por culpa de los gobernantes a quienes los mandos militares han obedecido ciegamente.
Hoy, el gobierno de Gustavo Petro, por ser el primero de izquierda en la historia política de Colombia, el contexto resulta por completo distinto y el ejército se encuentra en una prueba de fuego, pues deberá probar que esa lealtad demostrada hasta ahora, es verdadera, y que no ha estado ligada al provecho que los mandos militares les sacaban a los gobiernos de derecha apoyándolos en sus insensateces.
De hecho, siendo los ejércitos un conjunto de personas que por su preparación física son capaces de asegurar la consecución de sus fines sociales, y para ello -como ya lo han determinado científicos y filósofos, deben sumar además factores y herramientas, y es necesario que sumen igualmente estos cuatro componentes: la tecnología, las experiencias, las aptitudes humanas y los medios de producción.
Un ejército es una fuerza viva, no para aplastar a sus semejantes; sino para emprender en nombre de estos los retos más difíciles. Por eso es injusto que un ejército, aparte de la férrea disciplina que les exige a sus soldados, no les garantice la dignidad humana, que reside en un buen trato, en un salario justo y en bonificaciones merecidas.
Si les preguntáramos a los soldados colombianos si les gusta la guerra más que la paz, o si sienten deseos de matar a los otros no importa si de la misma comunidad suya y de la misma condición social; todos dirían que no, que al ejército llegaron pues no había otra opción de vida, y porque el destino los arrojó allí por haber nacido en la casa de alguien sin empresa, sin propiedades y sin educación.
Por todo lo anterior, es muy claro que los soldados colombianos del presente -en esa tradición de un ejército cuyo talante moral es la lealtad a su comandante en jefe y a la constitución- sin importarles lo que digan los expresidentes, los opositores al gobierno, los jefes políticos de la derecha y de la extrema derecha, o lo que sugieran los grupos económicos de poder, no moverán un solo dedo en contra del presidente Gustavo Petro.

