“QUÉ TEMEN LAS MUJERES DE AFGANISTÁN”

Las mujeres afganas viven prisioneras en su propio territorio, por una legislación que ha cercenado su dignidad y todos sus derechos.

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

“Quiero ayudar a las chicas
a que tengan una vida libre y alegre.
 Hemos nacido para vivir libres,
 ese es nuestro derecho”  
Shakila

 

 

Parecería que somos emocionalmente dispuestos a la inmediatez de lo noticioso, porque cuando los Talibanes volvieron en este año a tomarse el poder de Afganistán, hablamos mucho de la situación de las mujeres de este lugar y nos solidarizamos con ellas en contra de la restricción de sus derechos fundamentales, como lo son la educación, el trabajo y especialmente las libertades individuales. Sin embargo, nos olvidamos con mucha facilidad de este y de otros acontecimientos dolorosos que le ocurren al mundo, para envolvernos en cada evento nuevo que conocemos. Así funcionamos los humanos entre el recuerdo y el olvido.

 

No ha pasado mucho tiempo desde que el gobierno talibán rige nuevamente a Afganistán. El mayor problema se presenta cuando lo hace con una estricta y extrema interpretación de la ley islámica, según la cual, las mujeres están confinadas, en gran medida, a permanecer recluidas en sus casas. Según el discurso de uno de sus dirigentes, van a proyectar su reglamento con mayor moderación, especialmente en lo que tiene que ver con la conducta de las mujeres, pues han anunciado consideración con el derecho que ellas tienen a la educación, sin embargo, se sabe que estas promesas solo han quedado en simples palabras.

Aunque muchas veces se ha pensado que a las mujeres de Afganistán les usurparon sus derechos en aplicación de principios que consagran el sometimiento al hombre, como lo determinan los preceptos religiosos de su pueblo, pero no es tan cierta esta afirmación, puesto que por encima de estas concepciones, las mujeres de Afganistán lucharon y lograron la igualdad de derechos, a tal punto que ellos fueron incluidos en las constituciones de 1964 y 2004, con  apartes de relevante importancia que permitieron a muchas profesionales y académicas incidir, de manera segura, en el desarrollo de su pueblo, aunque, en el período comprendido entre 1996 y 2001 con la Guerra Civil y la llegada al poder de los grupos fundamentalistas talibanes, las mujeres perdieron todos estos derechos.

Como se ha afirmado, desde el 27 de agosto de este año, nuevamente los talibanes se tomaron las principales ciudades de Afganistán y en los siguientes días, por medios bélicos, llegaron al palacio presidencial y provocaron la huida del presidente Ashraf Ghani.

Para los talibanes los mejores gobernantes son aquellos que interpretan radicalmente el Islam, por eso anunciaron: “Los derechos de las mujeres estarán dentro del marco de la Ley Islámica”. Este principio lo comunicaron cuando trataban de apaciguar a las mujeres que expresaban su justo descontento porque sabían lo que esta frase significaba viniendo de ellos. La historia había mostrado las consecuencias de la aplicación radical de la ley islámica o “sharía”, pues fue de esa manera como las mujeres que las antecedieron, vieron cercenados todos sus derechos. Durante este tiempo eran comunes las lapidaciones de las mujeres acusadas de adulterio, así como los cruentos castigos corporales para quienes quebrantaban la ley. Las mujeres tampoco podían trabajar o circular solas por la calle y a las niñas mayores de 10 años se les prohibía asistir a la escuela.  El “sharía” es un código detallado de conducta para los musulmanes, que constituye la base del sistema legal islámico y que rige todas las actividades de la vida cotidiana, incluyendo ayuno, normas financieras, donaciones para los pobres, herencias, etc.

Son varias las interpretaciones que se da a la Ley Islámica, pero en todas se aprecia una clara vigilancia a la conducta de la mujer. En las más radicales, el derecho de la mujer es nulo dentro de la familia, lo mismo que el acceso a sus finanzas y negocios.

Los talibanes de hoy vuelven a exigir la vestimenta que cubre a la mujer de pies a cabeza, se las obliga a llevar el “burka”. Suponen que esta es una manera de formar una conducta recatada y modesta. Los castigos según sus leyes siempre fueron cruentos. Abundan historias de mujeres muertas y torturadas de maneras crueles, inhumanas y degradantes.

La llegada de los talibanes ha despertado el miedo en muchos ciudadanos en Kabul. Las mujeres habían estado ausentes de los canales de comunicación. “Hoy reanudamos nuestra transmisión con mujeres presentadoras”, dijeron los actuales gobernantes. Sin embargo, hay muchas restricciones: “cuando salgo tengo que llevar el burka y un hombre me tiene que acompañar”, dice una mujer que intenta salir de su país. Las ciudades se vuelven silenciosas y el talibán vigila: “Tenía muchos planes para mi futuro, pero ahora no podré ir ni al trabajo ni a la universidad. Estoy buscando salir de Afganistán”, dice otra. Como vemos, la mujer afgana debe luchar por todo, por su educación, por sus creencias, por su marido, por su vestido. Afganistán no solo es tradicional y patriarcal, sino todo lo que, según la versión amañada y radical de los talibanes, plantea el Islam.

Tienen total razón de tener miedo las mujeres de Afganistán cuando, por una interpretación de su cultura religiosa, las obligan a casarse y a unir su vida con quien no aman, ni conocen. Para comprender la gravedad de las circunstancias que tienen que afrontar, nada más diciente que lo que ocurre a una pareja de enamorados clandestinos, a cuya novia sus padres le informan que en seis meses contraerá matrimonio con alguien que ellos han determinado y que, aunque es para ella un desconocido, ellos consideran que será un buen marido. Pero lo más grave es que ha perdido su virginidad con su novio clandestino a quien ama profundamente. El hecho es que tiene que demostrarle a su marido, a su familia e invitados que llega virgen al matrimonio. Las familias pueden pedir pruebas de este requisito. Consciente de que nada puede hacer para liberarse de esta esclavitud, acude a una médica que, siendo feminista, (médica de treinta años, de nombre Shakila, quien justifica su tarea con el epígrafe que encabeza este artículo), opera clandestinamente a muchas mujeres para repararles su himen y para que puedan cumplir con esta norma que exige la ley islamita a la que están sometidas. Esta costumbre que brevemente narramos, nos detiene en la comprensión de esta cultura que resta a la mujer el más humano de sus derechos, como es la libertad de amar y elegir el compañero con quien compartirá su vida.

Esta realidad que tiene a las mujeres afganas inconformes, justifica su temor y su protesta contra la imposición de esta interpretación cultural milenaria que, en mi consideración, constituye un delito contra la vida, contra la ética, y contra la libertad de las mujeres.

Considero que podemos comprender todas las diferencias culturales entre los pueblos, pero no podemos cohonestar con costumbres culturales que asesinan libertades y convierten a las mujeres en esclavas de poderes inhumanos. Las mujeres afganas viven prisioneras en su propio territorio, por una legislación que ha cercenado su dignidad y todos sus derechos.

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