Protestas masivas, reformas e ingobernabilidad.

"La voz de protesta del pueblo contra un gobierno arrogante que no sabe escuchar sus reclamos, tarde o temprano termina derribándolo".

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Por:

Juan Revelo Revelo

 

Juan Revelo Revelo, Ingeniero industrial Escritor

 

“La voz de protesta del pueblo contra un gobierno arrogante que no sabe escuchar sus reclamos, tarde o temprano termina derribándolo”.

Esta frase la pronuncia Anselmo Pérez-Sierra a su amigo Genarius, el personaje central del relato “El demócrata” de mi nuevo libro “Los tiempos azarosos”.

Y viene a cuento esta frase, porque hoy leí una nota que escribió el poeta Julio César Goyes, a raíz de las manifestaciones que se desarrollan en todas las ciudades de Colombia como protesta a las últimas actuaciones del gobierno de Iván Duque que afectarán a la mayoría de ciudadanos si se aprueban las reformas fiscal, laboral, de salud y pensional, sin consulta previa con los partidos, gremios, asociaciones, sindicatos y representantes de las diferentes regiones de Colombia que tienen características y necesidades diversas, integradas por pueblos con idiosincrasias, costumbres, culturas y expectativas variopintas.

Un país complejo, con problemáticas disímiles, con riquezas explotadas por consorcios extranjeros, con gente pobre y multimillonaria, con tasas de desempleo creciente y burocracia excesiva y, además, con violencia generada, en muchas zonas rurales, por el narcotráfico, los paramilitares y las disidencias de las guerrillas. Un país así, requiere un gobierno con oído atento a las necesidades de la población y con habilidad y sabiduría para resolver los diferentes problemas sociales y económicos sin perjudicar a las personas de medianos y bajos recursos.

Desafortunadamente el gobierno actual, ha demostrado inexperiencia en la administración pública y falta de sintonía y conocimiento de las realidades nacionales. Da la impresión de que sólo escucha a sus mentores políticos y a los patrocinadores que lo apoyaron en las elecciones y eso es un grave error. Olvidar que el principal deber de un buen gobernante es trabajar por el bien de todos los ciudadanos, sin excluir a los que no votaron por él, es otro grave error porque al asumir la presidencia de una nación, el compromiso es el de gobernar para todos. Además, para lograr un exitoso ejercicio del poder es indispensable tener la habilidad para convocar, dialogar y crear consensos. Sólo así se puede unir al país y no desunirlo y polarizarlo como ha sucedido en los últimos años desde la toma de posesión de Iván Duque. La tarea de conectarse y trabajar con los diferentes grupos, no ha sido lograda ni por el presidente ni por sus ministros (nombrados por amiguismo y recomendaciones politiqueras); por eso es necesario que rectifique los errores, y empiece a disminuir gastos en el aparato burocrático del Estado y en eliminar prebendas a la élite empresarial que tienen inmensos ingresos y utilidades, antes de pensar en subir impuestos a la clase trabajadora, a las empresas medianas y pequeñas y al ciudadano común.

Les comparto la reflexión que le hice a mi amigo de Quinde Audiovisuales:

 

Los grandes cambios, como ocurrió en la revolución francesa,
siempre llegan empujados por el pueblo

 

Si la debacle que vive el país se resolviera con tumbar y volver a colocar estatuas de próceres como Antonio Nariño o de conquistadores genocidas como Sebastián de Belalcázar, el futuro para nuestros hijos sería maravilloso, pero desafortunadamente los problemas fundamentales no se resuelven con esos actos sino con actitudes de consenso, escuchando a la gente y estableciendo diálogos sin posicionamientos cerrados ni fanatismos partidistas que siempre llevan a confrontaciones y desencuentros.

Si el gobierno y los diferentes partidos propiciaran el diálogo, se evitarían las manifestaciones y protestas que están incendiando a Colombia en donde, como ocurre en otros países del mundo, suelen ser aprovechadas por delincuentes que rompen vidrios y roban mercancías, y por vándalos –encapuchados para no ser reconocidos–, que se infiltran, por motu propio o enviados por alguien, para desprestigiar dichas manifestaciones. Así logran desviar la atención de la ciudadanía en complicidad con algunos medios de comunicación “enmermelados” que se enfocan en mostrar detalles de esa violencia y no destacan los actos multitudinarios de protesta pacífica, ni los reclamos de la gente, ni el repudio de los propios manifestantes a dichos actos vandálicos.

No se puede olvidar que, en una verdadera democracia, es importante reivindicar el derecho que tiene el pueblo a protestar cuando un gobierno, elegido por ese pueblo, trata de implantar normas y leyes que atentan contra su bienestar y, en muchos casos, contra su propia vida. La protesta, en esas circunstancias, es válida y necesaria, sin que esto quiera significar que se admitan los actos vandálicos, las agresiones físicas y, mucho menos, la muerte de civiles o militares que deben ser investigadas y sancionadas por la justicia.

Las protestas que se iniciaron la semana pasada a nivel nacional, con gente que votó a favor y en contra de Iván Duque, son manifestaciones de descontento legítimo, no solo por la inequidad tributaria propuesta, sino también por la corrupción, el exceso de gastos de la burocracia, los asesinatos de líderes sociales y las reformas improvisadas que perjudicarán a la población si no se eliminan o modifican.

Estas manifestaciones deben servir para que el presidente y todos los gobernantes regionales entiendan que los ciudadanos los eligieron para que trabajen en beneficio de las mayorías y no para sus propios bolsillos y para un pequeño grupo privilegiado (8,5 % de los colombianos) dueños del 78 % de las riquezas. Estamos refiriéndonos a la élite integrada por los banqueros nacionales y extranjeros; los terratenientes multimillonarios que evaden impuestos, los macro comerciantes, las multinacionales y los dueños de grandes medios (prensa, radio y tv.), que apoyan a los gobiernos de turno para beneficiarse con prebendas fiscales, apoyos financieros y jugosos contratos que aumentan sus ganancias y capitales en forma extraordinaria hasta el punto de que, cada año, el abismo entre ellos y los pobres, se agiganta más y más, originando el descontento social y la indignación que ha estallado en estos días y que parece se prolongará si el gobierno no recurre al diálogo y a la concertación, en vez de la represión armada y violenta. Ya se están oyendo voces -en Colombia, Estados Unidos, Europa y en varios países de América Latina-, que dicen que el responsable, si la situación se agrava, es el propio inexperto Iván Duque.

 

Desde las inmensas ciudades hasta los pueblos más pequeños se ha movilizado la gente: cansada, indignada, decidida…

 

¿QUÉ ESPERA LA CIUDADANÍA?

 

Lo que están esperando los colombianos es una cuidadosa revisión de las reformas tributaria, laboral, pensional y de salud propuestas para que no perjudiquen a la mayoría de colombianos el (91,5 %) que en estos tiempos de pandemia han visto disminuidos sus ingresos y sus posibilidades de trabajo y subsistencia. Una forma alterna para no desangrar a la clase trabajadora con nuevos impuestos sería la de conseguir recursos para reducir el hueco fiscal, bajando los gastos del gobierno y recortando las billonarias nóminas de la burocracia en el congreso, ministerios, departamentos y municipios, estableciendo un equilibro entre el gasto público y los ingresos fiscales, como lo hicieron, con buenos resultados, en Chile que tenía una deuda pública de 32% del PIB al cerrar 2020. Eso mismo se debería hacer en Colombia, con alta prioridad, ya que aquí la deuda subió a 60% del PIB, y el gobierno siguió gastando en publicidad desmedida, en costosos helicópteros, en carros con blindaje y en los aviones de combate Lockheed que tiene negociados, y que costarán la astronómica cifra de US $ 4,500. 000.000 (cuatro mil quinientos millones de dólares), que bien se podrían aplicar para paliar la crisis económica. ¿No les parece de elemental sentido común?

Estas consideraciones también deben reflexionarlas los congresistas antes de cometer el grave error de apoyar esos gastos y esas reformas que van en detrimento de la economía del país y, por ende, de todos los ciudadanos. Si las apoyan, demostrarán que no son sus legítimos representantes y voceros, arriesgándose a no volver a ser elegidos. Así mismo, los políticos aspirantes, en las próximas elecciones, a alcaldías, gobernaciones y presidencia de la República, también deben comprender que la gente empieza a abrir los ojos y a no “tragar entero” (gracias a la divulgación masiva de información y noticias en las redes sociales), y comienzan a reconocer a los lobos que suelen disfrazarse de pacíficas ovejas, animalitos que se santiguan, tocan guitarra, sonríen en las entrevistas, muestran cara de “yo no fui”, prometen y no cumplen. También deben entender que el pueblo que (“somos todos los que no estamos en el gobierno”), ha ido aprendiendo a reconocer a los mentirosos y manipuladores que, en campañas electorales dicen que no subirán impuestos, que la educación y la salud serán gratuitas, que aman la paz, que fomentarán el empleo…, pero que tan pronto son elegidos y adquieren poder, se les hincha el pecho de vanidad, prepotencia y cinismo, y entonces, dejan de ponerse la mano en el pecho, y cuando la gente no los ve, reniegan y vociferan antes de dar la orden de silenciar a quienes les cantan la verdad y protestan por sus erróneas actuaciones.

 

Todos los políticos, gobernantes y ciudadanos debemos recordar que los verdaderos cambios siempre llegan empujados por el pueblo en ejercicio de la democracia, como lo advirtió Anselmo Pérez-Sierra a su amigo Genarius, el personaje central del relato “El demócrata”, y como lo sentenció Abrahan Lincoln cuando dijo: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

 

JUAN REVELO REVELO

Tercer día del mes de mayo en el año de la pandemia 2021

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