NOSOTROS LOS BARBUDOS

Pero la barba que más admiro, sin duda alguna, es la del leído y releído Walt Whitman, mi poeta de cabecera

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Siguiendo lo preceptuado por la Alcaldía de Bogotá, nuestro confinamiento empezó el 20 de marzo, desde entonces las conversaciones virtuales son el tema del día con esto de la pandemia del Covid 19, – que tiene un curioso nombre de perro -, de tal manera que casi a diario tenemos videoconferencias por uno u otro motivo. Decidí desde ese día no afeitarme, no tengo una causa real que justifique tal decisión, quizá el pensar en que tendría menos vida social, quizá la simple pereza de aquello que implica el proceso de la afeitada diaria; el todo, es que con el pasar de los días, la barba empezó a crecer y a crecer.

No diré que tengo la barba de los patriarcas bíblicos que me deslumbraban en la niñez en la serie “Grandes héroes de la Biblia”, serie estadounidense de los años 1978- 1979, en donde Abraham y Moisés lucían unas barbas blancas, casi como algodón de azúcar sin el colorante, y cuando las nubes se abrían y una luz salía en la pantalla, antesala de una voz que hacía estremecer, pues era la de Dios, parecía que una gran barba blanca se deslizaba hasta la humanidad pecadora. Pero mi humilde barba no es ni blanca ni santa. Ni tampoco la barba de los personajes de otra serie que nunca ha dejado de gustarme, “El planeta de los simios”, también serie estadounidense de 1974, ahí el Dr. Zaius y el General Urko, personajes que terminamos odiando, lucían sus barbas negras, con la salvedad que el pelaje les lucía por todo su rostro. La mía ya muestra en el mentón unas cuantas hebras blancas y ni tampoco es tan perversa.

Ni mucho menos las barbas que lucían nuestros próceres o presidentes durante buena parte del siglo XIX: la de Mosquera, apodado “mascachochas”, que es más bigote, para tapar la cicatriz que le dejó un pastuso por allá en Barbacoas, de donde le viene el remoquete, con patillas, en un solo conjunto; estilizada y casi afeminada -si cabe el adjetivo- como la que luciera el conspirador Florentino González; o abundantísima, entre blanca y negra, casi ceniza, como la que luciera José Hilario López, cuya barba estaba dividida en tres cuerpos, como recordándonos a los colombianos nuestras tres cordilleras; taciturna, como la de Aquileo Parra, utilizando el viejo secreto de su abundancia y cuidado para desviar la atención sobre la alopecia. Y ni qué decir de la barba de Eliseo Payán, partida en dos, o la de Rafael Núñez, más constitucional y conservadora en su etapa final.

Otros en cambio lucen sus bigotes, que me recuerdan también esos remedos de patricios de la Guerra de los Supremos, como José María Obando, con su mostacho abundante y terminado en puntas blancas; o incipiente, queriendo sumar también las patillas, como el de Pedro Alcántara Herrán; y ni que decir del que lució Santander, más civilista, casi como dos triángulos separados por el filtro y el arco de cupido.

Saliéndome de toda lógica y razón, y me disculpan mis elucubraciones poco ortodoxas para este tema, pero no sé qué relación hay entre la barba y los bigotes con el manejo del Estado: el último presidente con abundante barba fue José Manuel Marroquín, a quien le correspondió sortear la Guerra de los Mil Días, lucia barba bien recortada, habían desaparecido ya las gruesas patillas y terminaba en punta, casi a lo Freud; desde la obsequiosa barba de Jorge Holguín Mallarino, que fue reduciéndose a los bigotes, pasando por la aderezada de Pedro Nel Ospina, hasta llegar a esa línea negra que lucía por sobre sus labios Miguel Abadía Méndez. Entonces se acabaron los Patricios y aparecen los lampiños o imberbes, como fue el gobierno sin bigotes y sin barba de Olaya Herrera. Los últimos en tener pelos sobre su cara fueron Guillermo León Valencia y Andrés Pastrana Arango, lucieron bigotes durante sus mandatos, el del primero era más una mezcla de estilos entre Chaplin y Hitler, aunque la mirada siempre se dirigía hacia sus ojos desorbitados, abiertos como en asombro; y los del segundo, bueno, su bigote era más de chico “play”, sin nada más que decir.

Pero la barba que más admiro, sin duda alguna, es la del leído y releído Walt Whitman, mi poeta de cabecera, y me disculpan tantos adjetivos juntos, pero su barba es blanquísima, purísima, bellísima; como blanco algodón que cubre su rostro de poeta, como si las nubes quisieran escuchar su voz y se hubiesen aglomerado alrededor de sus labios. Barba prístina, barba inmaculada que resguarda la cara de un santo, de un abuelo bueno. Barba de Papa Noel y de Moisés en uno solo. Barba consustancial. Barba democrática. Mi barba no es ni la sombra de una sola de sus hebras.

La verdad, en casa la barba no era muy bien vista, de tal manera que desde que llegó la pubertad, se nos obligó, óigase bien “obligó”, a afeitarnos; pero la verdad, antes que esto se hiciera oficial por parte de nuestro padre, con mi hermano ya habíamos hecho uso de ese hermoso estuche para la afeitada, reservado única y exclusivamente para papá; ahí guardaba unas gruesas brochas blancas, con empuñadura de carey, la máquina de afeitar de marca alemana que ya no recuerdo, a la que había que abrir mediante un dispositivo e introducir una cuchilla, esa sí, la consabida Gillette; la crema de afeitar estaba en un tubo, como de pasta dental, con un rico olor a menta que delataba a cualquiera; mi hermano, más grande y mandón, me obligó a afeitarme a mi primero, sin más remedio, debí hacerlo; al principio la máquina se deslizaba suavemente, pero la falta de pericia, más los afanes de mi hermano, hicieron que mi cara terminara forrada con pedacitos de papel higiénico, como lo hacía papá, para detener la sangre. Pero este ritual no para ahí. Luego, había que aplicarse la loción para después de la afeitada, entonces era necesario coger esos frasquitos blancos, como si fuesen botellitas de leche, decoradas con un galeón azul y en grandes letras rojas escrito “Old Spice”, y ahí fue Troya, pues empecé a gritar por el ardor y mi hermano a taparme la boca para no delatarnos. Y así terminó la aventura. No sobra decirles que mi hermano, cuando vio mis lágrimas, renunció al pacto y no se afeitó. Quizá eso contribuyó a que jamás usara yo barba, bueno, hasta ahora, a la que yo llamo la barba del covid.

Volviendo a las videoconferencias, he visto que varios familiares y amigos han tomado también tal decisión, entonces lucen sus barbas, unos al estilo del diablo de la caja de fósforos, otros deseando que les llegue a la blancura y a la textura del algodón como la de Papa Noel. A otros les crece su barba por pedazos, recordándome al colegio, cuando un profesor nos decía que teníamos barbas dibujadas con lápices y parchadas por el borrador. No sé qué pensarán sus madres o sus esposas. En su casa, mi mamá espera que termine esta pandemia y que la visite sin esa “horrorosa barba”, como bien la califica ella, idea a la que se suma mi nieta, quien únicamente ha tenido el disgusto de verla por videoconferencia, ya que esta pandemia nos cogió en casas diferentes. Mi esposa y mi hija, que tienen que verla a diario, la han visto como un juego que pasará algún día. Yo no sé. Mi hijo, que vive en el confinamiento desde hace más de un mes en Milano – Italia, donde estudia, simplemente se limita a decirme que se ve algo bien. Sin embargo, su barba incipiente y su cabello abundante permiten recordar mi apariencia de hace unas cuantas décadas.

Yo sólo sé que, en este estado, puedo decir sin resquemores y sin prejuicio de ninguna clase, cuando empiece una video conferencia: nosotros los barbudos.

1 comentario
  1. Rikardo Pantoja dice

    Entre barbas y poemas, creyendonos aquello que miramos en el espejo, soportando la lejanía de nuestras semejanzas.
    Gran texto, me recordó que me gustó mucho la época de la Guillette. Con su cuchilla y todo el ritual para su uso.

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