Los Elegidos

Por: Ariadna Revelo Flórez

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Mi pasión por Notre Dame comenzó desde que era muy pequeña, gracias a que mis padres me relataban las historias de Quasimodo, uno de los personajes de la famosa novela “Nuestra Señora de París”, y me recalcaban, una y otra vez, que esta catedral contenía infinidad de misterios y reliquias. Me sabía de memoria su historia y había visto fotos de muchas de las obras de arte que se encontraban en su interior. Mi mayor sueño era conocer, algún día, esa magnífica catedral y adentrarme en su historia a través de su arquitectura, sus bellos vitrales, sus famosas esculturas y sus imponentes arcos góticos.
Cuando cumplí 18 años, mi mamá me dijo: “Estela, sé que has anhelado esto por mucho tiempo y hoy, por fin, ha llegado el momento de volver realidad tu sueño”. Al escuchar estas palabras, mi corazón se aceleró intensamente. Estaba segura que mi madre hacía referencia a la ilusión que nació en mí, a los 8 años de edad, gracias al regalo más bello que recibí en ese cumpleaños: el libro “Nuestra Señora de París” del escritor Víctor Hugo. Recuerdo que ese libro traía en la contraportada, un hermoso medallón de plata envejecida, similar a la Rosa de los vientos, que, desde ese día, yo traía en mi pecho.
El viaje a París fue maravilloso. Lo hice en una excursión al comenzar el otoño. Al llegar a la “Ciudad luz”, un sentimiento de euforia invadió todo mi ser. Cuando arribé al hotel, vi que mi habitación tenía una hermosa vista a Notre Dame. Eran las 8 p.m., pero a pesar del largo viaje no me sentía cansada; así que decidí, salir a recorrer las calles cercanas. Caminé por la “Rue de la Bûcherie”, hasta llegar al “Pont au Double”, que atraviesa el río Sena y conecta con la “Île de la Cité”, donde se encuentra la fascinante catedral de mis ensoñaciones. Luego de cruzar aquel puente, me dirigí a la plaza “Parvis de Notre-Dame” para detallar la fachada de la majestuosa construcción con sus tres bellas puertas decoradas con adornos de hierro forjado.
Me senté junto al “Point zéro des routes de France”, que señala el punto cero, o punto central de París, y lo observé cuidadosamente. Estaba absorta ante la coincidencia del diseño de mi medallón con la estrella de ocho puntas que se ve en ese punto. Quise comprobar si el diseño era exacto y entonces tomé el medallón de mi pecho, lo coloqué encima del piso y al hacerlo, un rayo de luz intensa surgió del centro de la estrella y algo se abrió sorpresivamente. En medio de mi asombro y mi confusión, alcancé a observar que allí había unas escaleras que descendían en la oscuridad. Muy asustada, retiré mi medallón y salí corriendo. No sé cómo definir lo que experimenté en ese momento; sólo sé que esto daba vida a una de mis ensoñaciones. Regresé al hotel, comí algo ligero y me acosté en la cama, pero seguía impresionada sin poder sacar de mi cabeza aquel suceso. Me tomó bastante tiempo conciliar el sueño, pero no descansé como debía porque tuve diferentes sueños, todos relacionados con lo que vi en la plaza de Notre Dame.
A la mañana siguiente, me desperté sobresaltada por el timbre del teléfono. De la recepción del hotel me informaban que el transporte que me llevaría al Palacio de Versalles ya había llegado. Contesté aún somnolienta y le dije al recepcionista que por favor informara, a quienes me estaban esperando, que había amanecido indispuesta y no podría acompañarlos. Volví a recostarme y las imágenes de aquél intenso rayo de luz y de las escaleras que vi en el Punto Cero, se apoderaron de mí nuevamente. Algo en mi interior me empujaba a regresar a la plaza de Notre Dame para comprobar si lo ocurrido la noche anterior, había sido una ensoñación o, por el contrario, fue algo real. Decidida a descubrir la verdad, me bañé y me vestí rápidamente; bajé al restaurante y sólo tomé café con croissant.
Creo que llegué a Notre Dame en menos de 10 minutos y lo que vi, me dejó desconsolada. Las filas de turistas que inundaban el espacio de acceso a la catedral, eran interminables, y en el Punto cero, “Point zéro” también había mucha gente. No podía llevar a cabo lo pensado; tendría que regresar por la tarde cuando la catedral tuviese menos visitantes. Decidí, entonces, aprovechar el tiempo para visitar otro ícono de París, la Torre Eiffel.

Tomé el Metro en la estación “Île de la Cité”, y en pocos minutos ya estaba en mi destino. Lamentablemente no pude disfrutar por completo mi visita a esta famosa torre porque mi mente seguía concentrada en lo que me sucedió en la plaza de Notre Dame. No tengo recuerdo alguno del recorrido que hice en la torre, lo único claro en mi memoria, es que cuando accedí al segundo nivel, busqué, por todos lados, la verdadera razón de mi viaje a París. Abajo contemplé el Río Sena reflejando en sus aguas el azul del cielo, y a lo lejos, vi las dos torres de la fachada de la Catedral de Notre Dame y la alta aguja en la parte central del techo. El paisaje de París desde la Torre Eiffel era hermoso, y en el aire se respiraba mucha paz y tranquilidad.
Al atardecer regresé a Notre Dame. Había pocos turistas y por fin pude ingresar. La recorrí por completo y descubrí todos aquellos misterios y reliquias que recordaba de las historias que mis padres me contaban en mi infancia. Estaba maravillada con todo, y quise subir a las torres para poder saludar muy de cerca a las amigas de Quasimodo, las Gárgolas y las Quimeras que adornan el barandal. Dicho recorrido que duró aproximadamente 50 minutos lo hice con un grupo de veinte personas. Fueron 422 peldaños que me llevaron a entender que lo sucedido la noche anterior no fue fruto de mi imaginación. Emocionada y de espaldas a la “Estirga”, pedí al guía, me hiciera el favor de tomarme una fotografía para llevarme un recuerdo de la más famosa de las gárgolas. El flash encandiló mi vista e inmediatamente sentí que alguien me tocaba en el hombro; al voltear, estaba la Estirga mirándome fijamente y con un dedo en la boca en señal de silencio. No podía creer lo que estaba viendo, pensé que era el efecto del flash en mis ojos o una ensoñación más, y por eso, me reincorporé al grupo que ya había avanzado por la Galería de las Quimeras. En ese momento, escuché una voz que me decía: “Estela, regresa al Punto Cero”. Quedé paralizada y me sentí mareada. No recuerdo lo que ocurrió después.
Cuando desperté, me encontraba en una habitación de hospital; la enfermera que atendió mi llamado me informó que me había desmayado en las torres de la Catedral de Notre Dame. Un médico me examinó y dijo que ya me encontraba bien y que podía irme. Al salir del hospital me sentí sola y desconcertada y llamé a mi mamá. Le comenté todo lo sucedido; le dije que me había desmayado al escuchar lo que me dijo la “Estirga”, pero que ya me encontraba bien. También le dije que sentía una gran necesidad de regresar al “Point zéro des routes de France” porque quería comprobar, esa misma noche, si lo que vi, por la mañana, en ese lugar, era una realidad o una alucinación. Ella me dijo que tuviera cuidado, e insistió que todo podía ser producto de mi mente porque, desde pequeña, yo me había caracterizado por tener una extraordinaria imaginación y una personalidad fantasiosa, según la opinión de la sicóloga.
A las 8:30 p.m. me encontraba sentada, justo al lado del Punto Cero en la “Parvis de Notre-Dame”, frente a la Catedral. La plaza estaba desolada y un silencio atemorizador recorría el lugar. Estuve a punto de regresar al hotel, pero algo me lo impidió. Miré para todos los lados, y al darme cuenta que nadie me observaba, puse nuevamente mi medallón sobre la estrella del Punto Cero. Por segunda vez, vi ante mis ojos el rayo intenso de luz que emergía del centro del círculo; y todo mi ser se estremeció de temor. Respiré profundo, hice un esfuerzo para conservar la calma y esperé ansiosa a ver qué pasaba. A los pocos segundos vi nuevamente las escaleras que descendían hacia el interior de lo que parecía una cripta y escuché una música cautivadora que salía desde el fondo, como invitándome a bajar. Empecé a sentirme relajada y descendí despacio. Lo que tuve ante mis ojos al bajar por las escaleras me dejó absorta… parecía que me encontraba en una dimensión desconocida, como si hubiera viajado en el tiempo, o estuviera viendo una película de ciencia ficción. Asombrada, me vi en la plaza observando que la catedral estaba destruida. Había muchas estatuas destrozadas, humo y escombros por todos lados, que hacían de París un lugar triste y desolado. De repente, una extraña figura salió de entre las sombras y comenzó a acercarse lentamente hacia a mí. Con cada paso que daba, iba en aumento mi nerviosismo, y sólo cuando aquella misteriosa figura se situó a unos dos o tres metros de donde yo estaba, pude comprender de quién se trataba. En un tono de voz tranquilo y con su mirada fija en mí, la Estirga me dijo: “Estela, si en los próximos cinco años no han logrado cambiar los corazones de los seres humanos, no solamente París se verá así, sino el resto del planeta. Tú eres una de las personas elegidas para detener el exterminio de la humanidad”. Incrédula por lo que estaba oyendo, lo interrumpí, pero él, amablemente me pidió que lo escuchara y dijo que, al final, respondería todas mis dudas. Así lo hice.
“Ese medallón que llevas en el pecho –me dijo– es lo que te identifica como una de las elegidas. Existen en el mundo, otras personas con medallones similares y todos están relacionados con este Punto Cero. Ellos son de diferentes lugares del planeta, y tú eres la primera que logra llegar a esta dimensión para enterarte de tu trascendental misión”.
Al escuchar esto, no pude evitarlo y le pregunté: ¿Por qué yo soy una de las elegidas?
Él me respondió: “Porque sólo las personas que son persistentes y tienen un corazón bondadoso como el tuyo, logran convertir sus ensoñaciones en realidades que benefician a la humanidad”.
Esa noche logré comprender el significado de mis ensoñaciones, estableciendo el objetivo del resto de mi existencia.

 

FIN

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