Iván Duque, nuestro Lazarillo de Tormes

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, es una novela de la picaresca española, quizá una de las más importantes, escrita en 1554 y con autor anónimo.

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Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, es una novela de la picaresca española, quizá una de las más importantes, escrita en 1554 y con autor anónimo. Cuenta la historia de un sujeto a quien la fortuna no le ha sonreído, de tal manera que debe rebuscarse la vida de un lugar a otro, topando siempre con amos que encarnan el deshonor, la avaricia, la corrupción, el hambre, la mendicidad, el abandono, las apariencias, el egoísmo, entre otras más debilidades del género humano. Busca a toda costa el Lazarillo amos que le permitan ganarse la vida honestamente, pero a medida que cambia de señores, éste va aprendiendo las mañas que ve en cada uno de ellos, hasta llegar a ser todo un pillo al que, finalmente, hasta su esposa le es infiel con un Arcipreste, su jefe.

Los últimos acontecimientos del país han mostrado la debilidad de un Presidente que cada vez reafirma su condición de comodín de quien gobierna en cuerpo ajeno desde el Ubérrimo.

Empezó su gobierno con pie izquierdo cuando le dio los supuestos saludos de su mentor a un rey de una dinastía a la que le importa un bledo este rincón del globo, obrando casi como un mensajero frente a un asunto tan complejo como son las relaciones internacionales; posteriormente, en el “besa manos” casi llora como un niño al darle la mano a su mentor, gestor y creador político, el mismo del Ubérrimo; siguió su debacle, que es como su invisibilización permanente, rodeándose de un equipo de gobierno cuestionado y caracterizado por su fidelidad a la ideología guerrerista, lo que desde ya auguraba el fin de los Acuerdos de Paz; además, empezó y se mantuvo durante un buen tiempo creyéndose el presidente de Venezuela, ya que su preocupación constante parecía más el estado del vecino país que el suyo propio.

Sus respuestas a la pandemia del Covid-19 han sido desastrosas, obedecen a que jamás gobernó ni siquiera una tienda de barrio, donde los tenderos deben enfrentar a especuladores, ladronzuelos, rufianes y avivatos, pero el pobre Presidente ni siquiera dirigió una tropa de exploradores, de ahí su inexperiencia. Creyó que siendo el reemplazo de Jota Mario lograría captar la atención de los colombianos, haciendo ahí de nigromante y de mocetón, así como cuando en la campaña política los principales medios televisivos y radiales lo ponían a cantar, bailar, tocar guitarra o hacer maromas con el balón, como si de elegir al reemplazo del citado presentador se tratara y no al Presidente de una nación que siempre ha tenido retos muy graves que enfrentar.

Al lado de nuestro Lazarillo están los medios, como la ensombrecida revista Semana, cuya directora no ha hecho sino levantar murallas tras murallas para crear alcázares desde donde se defiende la ineptitud del torpe Presidente, la última portada y su respectivo artículo son muestra fehaciente del extremismo al que se puede llegar, endilgándole la culpa de los males del país al jefe natural de la oposición, Gustavo Petro Urrego, por quienes muchos de estos periodistas parecieran sentir un odio visceral, como el fallido Darío Arizmendi, Néstor Morales cuñado del Lazarillo, la misma Vicky Dávila de Gnecco, cuyo actuar de su familia política está silenciado por propia orden suya, éstos y otros más que no son sino personajes secundarios de una novela en donde desde el Ubérrimo se direcciona su prontuario.

Su actitud frente al Paro Nacional de este 2021 ha mostrado realmente su faceta más ruin, de espalda a la realidad, toma medidas que lo que hacen es atizar la hoguera del descontento: militarizar las ciudades, fortalecer al Esmad, dar espaldarazos a Generales altamente cuestionados por sus constantes violaciones a los derechos humanos; persistir como un niño caprichoso para que un torneo de futbol se realice en el país; crear alocuciones presidenciales en otro idioma para culpar a otros de la situación a la que ha llevado a la nación.

Es que como el Lazarillo, parece que en cada nuevo asunto los mensajes que recibe del Ubérrimo, desde donde se encarna en un solo ser toda la malquerencia de esos 9 amos que tuvo el personaje español, están cargados de un odio visceral hacia la juventud que protesta y hacia todo aquello que no representa a su estamento. Por eso su accionar es tan desacertado, pareciera que en la Casa de “Nari” están sintonizando otro canal para ver la realidad nacional, un lugar anhelado por el Lazarillo, en donde la fuerza del dominio, desde luego no la suya, imponga una paz chicha y un equilibrio sostenido en el miedo que la fuerza pública genera sobres sus gobernados.

Sin embargo, la realidad es otra, basta darse una vuelta por las calles, escuchar a cualquier ciudadano y entender que el descontento es general; claro, los medios, siguiendo el juego de su jefe natural escondido en el Ubérrimo, lo que hacen es generar pánico mostrando el desabastecimiento o llamando vándalos a quienes están en contra de lo que se busca instituir.

 

Muchos sabemos que el desabastecimiento está anclado en los sueldos mezquinos que decretan los gobiernos de turno, no hay comida no porque no la haya en los supermercados sino porque no hay con qué comprarla. Muchos sabemos que no podemos movilizarnos de un lado a otro, no porque las protestas lo impidan, sino porque no hay vías de comunicación en casi todos los territorios del país. Muchos sabemos que el miedo generado no viene de los supuestos vándalos que salen a protestar, sino que el miedo viene de un Estado que no es capaz de generar la confianza mutua entre sus ciudadanos, porque la fuerza pública se emplea para dispersar estudiantes y no para combatir a los carteles de la droga que inundan el país.

El Lazarillo por lo menos tuvo la dignidad de cambiar de amos, Duque no ha hecho sino rodearse de sus desastrosos amos, a quienes les agacha la cabeza y les presenta obediencia ciega, especialmente al director de esa nauseabunda orquesta, quien tira los hilos desde el Ubérrimo.

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