Geografía de los amantes del Sur

Una geopoética del sur. El libro de Mónica Viviana Mora

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¿Qué podría ser lo poético hoy?, cuando acosados por la violencia de lo real nos enceramos en nuestras casas, cuando torturados por la historia de los vencedores y el futuro incierto que pregonan los bandidos que ostentan todo tipo de poder, pronunciamos palabras vanas, sin aliento, solo como contacto comunicativo, feedback dicen los magos del marketing, los promotores de la lógica del signo. No obstante, las palabras continúan quemando porque fundan el asombro, marcan la diferencia en el impulso y la técnica del poema. No obstante, las palabras ya no salen sometidas a la presión de la forma, o salen poco; el tirabuzón de la modernidad ansiosa, abarcadora y fracturada impulsa a dentelladas los poemas como si dependieran de la operatividad y el utilitarismo; quizá también porque se atollan, como escribió César Vallejo. Igual que nosotros, ellas, las palabras, corren a encerrase en sí mismas sin pronunciar silencio alguno.
Qué sentido podría tener escribir poesía hoy, cuando los géneros se disuelven y los formatos son atrapados en el rating. La escritura parece reenviarnos a los orígenes no del mundo sino de los comienzos –como enseñaba Nietzsche–, pensando en los elementales: agua, fuego, aire, tierra. El mismo autor de Zaratustra filosofa mientras narra o viceversa. Más que lírica, novela, dramática, hoy nos exponemos y re-conocemos en las escrituras y lecturas narrativas, expandidas, diferidas, resonantes. De manera que lo que hay es lenguaje y un sujeto que desea y se desea en su lengua, su habla, su cuerpo: ojos, dedos, paladar, nariz, sexo…
Agárrate de mis pupilas, Atlántico, y desborda mis
pensamientos en olas lentas y precisas.
(Sendas de Portugal, p. 19)
Kamal miraba el torso de Laura. La recorría con la
punta de la nariz, quizá volvía a armar su esqueleto.
(Las caricias, p.24)
Laura, veo tu contorno por entre la niebla. Este silencio
sordo me recuerda tu perfume a moras silvestres.
(Silencio, p.25)
Te recibo en mis largos y delgados dedos –aprecio
tus colinas– y te entrego al fuego que todo lo sella.
(Estatuilla de barro, p.27)
Nunca vi la palabra poesía danzar en el aire hasta
que la sentí en mis propios labios.
(Las sílfides…, p.71)
Mónica Viviana Mora en su Geografía de los amantes del Sur, presiente todo este desacomodo de la modernidad / posmodernidad enfrentada con eficacia por la potente escritura de Rimbaud y Lautréamont; por Ramos Sucre, Clarice Lispector, García Montero, Blanca Varela, María Mercedes Carranza; para solo evocar algunos nombres. La escritora pastusa intuye que si no habla fallece, de allí su tono confesional, su enunciación ficcional, o mejor, autoficcional; y es que si no escribe su experiencia de caminante por la geografía real/imaginaria donde escampan sus imágenes poéticas, ésta se esfuma y no traza memoria alguna, y, de lo que se trata, es de que queden surcos, trazos, retazos, voces, respiraciones en un libro por demás precioso, acompañado de ilustraciones surreales a punta de tinta que jalonan deseos juveniles, rebeldes, ensoñados, autoría de María Rosero. Es una edición agradable en una edición internacional cuya colección le rinde homenaje merecido a la genial Blanca Varela.
Las piedras reviven el hombre de cristal que soy
ahora. El incendio de mí es de color blanco. Nuestros
huesos, Laura, no tienen temor.
(Inipi, p.36)
Está mi infancia en este cráter, en su núcleo incandescente,
en su ceniza.
(Infancia, p.86)
Conciencia, entonces del lenguaje, certeza de que algo más allá de la lengua se tensa hasta construir más allá de una geografía una geopoética, un hablar al margen de su género. Me gusta esto porque es una voz incluyente que no desperdicia la cultura híbrida que la atraviesa. El lector cuando inicia la ruta que los textos le proponen se conecta con el otro y otros; es un telar donde imágenes, palabras, silencios, susurros, algún grito, son tejidos por esa voz madre en varios pronombres y registros; así se resalta una atmósfera dialógica, dramática, conversacional. No en vano la autora oficia en el teatro y en los Carnavales de Blancos y Negros, rituales oníricos, instintuales, inconscientes, multiexpresivos.
Soy el espectador más afortunado de la fiesta. Vuelvo
a ver los barcos como labios extensos. Los actores son
lenguas movedizas de múltiples colores.
(Venecia, p.29)
Se encuentran todas las direcciones en la puerta de
mis fibras. Mi pecho está deshabitado de lisonjas, Kamal,
y te marchas impasible por el Valle sagrado.
¡Danzo y salto! ¡Grito y renazco! ¡Aterrizo y vuelo!
Me quedo anclada en los Andes.
(Swing Andino, p.33)
Bebo de la copa amarga del bejuco. Visito el follaje
oculto de mi sangre. Batallo con los miedos salvajes
de mi inocencia.
(Yagé, p.37)
Geografía de los amantes del sur es fruto del viaje interior provocado por el roce del afuera, experiencia que la autora ha tenido con y contra el mundo, de su caminar el territorio, caminar la palabra han referido con eficacia las comunidades indígenas del Cauca, de su jolgorio por el sur, de su actuación en los escenarios de todos los días. La impulsa una suerte de expresión onírica y una oralidad sureña contenida a punto de dormir o despertar. Un escritura suave, tonal, rítmica, por lo mismo que padecida y que ahora nos dona a los lectores al límite del relato, en el abismo del poema libre; pero siempre como un regalo de ternura y erotismo, de identidad y sospecha, de verdad y desilusión, quizá también de denuncia.
Sus pómulos eran suaves como el algodón de una
guaba y la sed, un caballo que yacía sobre mi piel.
(…)
Sus senos me reglaron sílabas y silencios, su cuello
la cima de un alcor y sus pétalos íntimos un sabor desconocido.
Yo me dejé devorar por su raíz más gruesa. Su lengua
trepó a la copa de mis cerezos. Su herida cavó en mi herida.
(La ruta desconocida, p.55)
Por las plazas de la ciudad van mis abuelos cargando
los pañuelos de la historia, en lengua quechua cantan
ritos para elevar nuestro coraje y de la cordillera bajan los
campesinos con su sol a cuestas.
Te entrego mi bandera sucia y raída, Laura, para lavarla
con nuestras palabras.
La bandera de Colombia no tiene patria.
(La bandera de Colombia, p.77)
Un regalo en prosa poética o poesía en prosa –la distinción es innecesaria en la posmodernidad– donde acontecen: los amantes Laura y Kamal (un reenvío al Cantar de los Cantares), la voz que cuenta ostentando, sugiriendo, revisando, emocionando, desgarrando. El Sur, como en otras poéticas Andinas, es liminar también en esta geografía de la nariñense: Mi isla, mi casa, mi regreso (San Juan de Pasto, p. 23). Allí habitan los seres familiares (El tío Alfredo viene a mis sueños halando una vaca, p. 64; Madre, te dejo las noches amarillas que compartimos; padre, mío es el eco y el canto de tu voz. p. 81), seres cotidianos de calle, inventados, fantasmas: Adorada madre, enséñame a hablar con los muertos. (Mariana, p. 39). Esos seres que hacen de esta escritura femenina (no feminista) una lectura rítmica, agradable, fresca, inicial, sí, porque esperamos su nueva mandala; en suma, un carnaval de la escucha y la mirada donde la geopoética como el volcán, al que la voz se ofrece en sacrificio, es lo sagrado.
Julio César Goyes Narváez
El escobillón rojo del colibrí
Bogotá, 27/01/2021
[Mónica Viviana Mora: Nació en Pasto, en 1984. Es poeta, actriz y viajera. En 2009 emprendió un viaje por Suramérica que reafirmó su vocación por la escritura.
Ha sido incluida en “Yo vengo a ofrecer mi poema: Antología de Resistencia” (Bogotá, 2020), editada por Abisinia Editorial y Editorial Escarabajo y “Antología poema breves nariñenses” (Pasto, 2020) por Editorial Avatares. En 2012 realizó con Perro Triste Producciones el cortometraje “Mujer”, inspirado en la Obra “Mujer mirando por la ventana”, de Salvador Dalí, segundo premio de Videotalentos de Fundación Banco Santander.
Es Contadora Pública de la Universidad Mariana de Pasto y Especialista en Gerencia de Proyectos e Innovación Social de la Universidad Uniminuto.
“Geografía de los amantes del Sur” es su primer libro de poesía en prosa publicado].
[Julio César Goyes: Ipiales, Nariño, 1960. Poeta, ensayista y realizador audiovisual. Actualmente es profesor e investigador del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura –IECO-so de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Teoría y Estética Cinematográfica de la Universidad Complutense de Madrid, tesis Cum Laude. Entre otras obras, ha publicado Tejedor de Instantes (1992); El Rumor de la Otra Orilla, variaciones en torno a la poesía de Aurelio Arturo (premio de ensayo morada al sur, 1995); Imago Silencio (premio de poesía Sol de los Pastos, Fondo Mixto de Cultura de Nariño, 1997); El eco y la Mirada (2001); Artesanías de la palabra (antología, 2003); Desde el Umbral (Antología de poesía colombiana en transición, 2004); Pausada persecución y otras memorias (2019); Guáitara (Antología, 2020)].
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