ESCRIBIR: UN ACTO DE GENEROSIDAD

IDEAS CIRCULANTES

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Por:

Graciela Sánchez Narváez

 

Graciela Sánchez Narváez

 

 

Frente a la inquietud eterna de padres y docentes sobre cómo motivar a los niños y jóvenes en el arte de leer y escribir, he constatado que, de la orientación con la que se desarrolle el área de Español y Literatura a través de todos los niveles educativos depende, por un lado, la comprensión de los demás conocimientos y, por otro, el apego a la lectura y escritura. Sin embargo, y lamentablemente, en la mayor parte de instituciones educativas, aún se la  sigue enseñando como si se tratara de una herramienta que hay que aprender de manera mecánica y operativa, cosa que limita la función esencialmente comunicativa y creadora del lenguaje, especialmente en los primeros años de la infancia, que es una etapa  donde el niño empieza a adquirir de manera imitativa las habilidades “lectoescritoras”.

Sí. Es así como se ha dicho. Son los primeros años de vida en el hogar y en la escuela, donde el infante aprende a leer el mundo con todo lo que contiene (la naturaleza, las cosas, las personas con sus gestos y la entonación de su voz), para luego saber que las letras son signos inventados, precisamente por el hombre, para representar cada elemento de la vida y del mundo, por lo cual, ese niño que comienza en la tarea de hablar, siente la necesidad social de comunicarle al otro lo que piensa frente a ese entorno que va descubriendo poco a poco con sus padres y con las personas que los rodean. Son ellos, quienes, muchas veces sin darse cuenta, le enseñan con su habla y comentarios sobre cada una de las cosas que pasan a su alrededor. De esta manera, naturalmente, el pequeño desarrolla en casa sus habilidades de leer primero imágenes y sentidos, los que luego utilizará en la escuela para representar globalmente y escribir cada elemento de su vida y de su entorno de una manera más compleja.

Los juegos y los relatos infantiles no solo le propician al niño un vocabulario adecuado y le facilitan la comprensión de los hechos significantes de su entorno, sino que desarrollan su capacidad creadora y socializadora, para, no solo repetir lo que escucha, sino para crear sus propios textos que, aunque pequeños y tal vez elementales, son importantes, si esta actitud es constante. En síntesis, digo que se aprende a escribir leyendo cosas y sentidos desde los primeros años de la vida. Sólo así se funda la imagen literaria y, poco a poco, se fortalece la habilidad escritora.

 

 

Lamentablemente y por muchos motivos, se ha encontrado muchos niños que crecen silenciosos en sus casas porque no tienen quién se comunique con ellos. El trabajo y las preocupaciones de sobrevivencia, les impiden a los padres relacionarse con ellos en el tiempo requerido. Parecería que se piensa que el niño, en esa etapa de su vida, es un “ente” que no comprende ni entiende nada; recordemos que hasta hace poco, se creía que el niño debía asistir a la escuela entre los siete y ocho años, porque sólo en esta edad, adquiere “uso de razón”. Así, continúan con ese mismo silencio en el aula, porque la acción educativa se la concibe como un hecho de formación mediante la disciplina y el silencio.

En cuanto a la imagen literaria, en las instituciones educativas está tiránicamente centrada en el autor y en su biografía, siendo éste un horizonte estrecho de las expectativas a las que me refería en otro artículo, cuando hablaba sobre al arte de escribir. Si partimos del concepto amplio de leer y escribir el mundo, reiteramos la afirmación que se ha expresado a través de este desarrollo: “quien escribe, lee” y viceversa. Estos actos no se realizan separados, surgen al mismo tiempo. Cuando el docente muestra la ilustración de una casa, para enseñar la palabra “casa”, insta a su estudiante a leer esa imagen ubicada en su entono y su contexto, se refiere a ese lugar donde vive y conoce, de ella puede pedir su descripción con oraciones y frases relacionadas, la creación de relatos referentes, hasta llegar a conocimientos nuevos sobre contextos más complejos y universales. Es así como la representará con las letras, que son los signos que aprenderá sin dificultad con la escritura. La cultura es un sistema gobernado por una unidad de signos y símbolos generales. Es así, como pueden existir disciplinas dedicadas a analizar diferentes niveles de descripción de cultura, como lenguaje.

En cuanto a la Literatura, o sea la función creadora del lenguaje, debemos hacer una consideración mucho más compleja y es la relacionada con los aprendizajes en la escuela, cuando los currículos y los tiempos no le permiten al docente incluir al estudiante en la lectura de la obra del literato que menciona, especialmente en Bachillerato; entonces, lo que aprende no será la estética de creación verbal, sino la historia de la literatura, en la que la biografía del autor es lo importante y no el conocimiento de su obra, que sólo se puede hacer leyéndola en su totalidad y adentrándose en su contenido.

Por otra parte, el sujeto que lee y escribe tiene su propia personalidad, y esto hace pensar también en su subjetividad. El discurso que da el autor o el hablante, está constituido por una serie de elementos, tanto temporales como cronológicos y cognitivos, que salen desde su propia personalidad; en ella influyen los aspectos culturales o aprendidos en la academia; todos ellos se reflejarán en su discurso, ya de forma inconsciente, aunque se intente ser objetivo. El ser humano por naturaleza es subjetivo. Así, cuando la escritura comienza, el autor muere, no es tan importante la biografía del autor sino el texto que se crea, la escritura es la destrucción de cada punto de origen. En la escritura se pierde toda identidad. En el momento en que la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte y es en ese momento cuando la escritura comienza.

 

 

El autor es un invento reciente. En las sociedades etnográficas la responsabilidad de la narración estaba encomendada a un mediador, o sea a un chamán o recitador que en nombre colectivo, tenía el dominio del código narrativo. Un ejemplo de ello es el juglar.

En el momento actual el autor todavía reina en las historias de la literatura, con sus biografías, entrevistas, antologías, revistas, y en la conciencia de la gente de letras, ansiosa por unir a la persona con su texto por medio de cartas y memorias. Escribir es conseguir, por medio del requisito de la impersonalidad, ese punto en el lenguaje.

Se busca así, la simbiosis de “escritor y lector”, y la tan aspirada universalidad del autor. Vemos entonces que el nacimiento del lector ha sido a costa de la muerte del autor. El texto está compuesto por múltiples escrituras que realizan los lectores. La unidad de un texto no reside en su origen sino en su destino. Cuando buscamos un significado que se asocie con la función del instinto, existe un impulso totalitario.

Como conclusión, un sujeto escritor, además de nacer con ciertas habilidades e intereses para esta actividad, como lo hacen para cualquier otra disciplina, se construye poco a poco desde la infancia y mediante el ejercicio y la dedicación para leerlo todo, para conocer profundamente el lenguaje como la materia prima con la que creará sus obras, en la seguridad de que, como autor, morirá mil veces cada vez que dé a luz una de sus obras. Escribir es un acto de generosidad.

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