EL TAL GOLPE CONTRA LOPEZ NO EXISTE

El golpe debía darse en Pasto con motivo de la visita que hacía el Presidente para observar las maniobras militares.

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Por:

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

Jorge Luis Piedrahíta Pazmiño

 

 

En hombros de las mayorías populares que habían advertido una pausa en los compromisos del liberalismo desde el poder, López llega por segunda vez a Palacio a insistir en la validez y fuerza de la Revolución en Marcha.   

 

Alfonso López Pumarejo

 

Este período coincide con la plenitud de la amenaza totalitaria que se cierne sobre el planeta. Hitler, Mussolini, Primo de Rivera figuras diabólicas siembran su credo fascista-falangista-nazista en Europa que tiene aventajados discípulos en todos los países.

A pesar de que Colombia había asumido una vigilante neutralidad, no escapó a los extremismos vampirescos. Laureano Gómez, desde luego, fue la letal figura que irrumpió simpatizante de las dicta­duras del Eje. Impune difamador, incendiario e instigador proclama la “acción intrépida” y la consigna de “hacer invivible la república”. A pesar de la derrota del eje, como gregario que fue del falangismo español, supervivió a la derrota y continuó la infame tarea de divulgar sus consignas mercuriales.

Cuando juró su falangismo oprobioso dijo:

“España, marchando hacia adelante como defensora solitaria de la cultura cristiana, ha asu­mido la vanguardia de las naciones de Occidente en la reconstrucción del imperio de la His­panidad, y en sus falanges inscribimos nuestros nombres con gozo indescriptible”.  

Desde septiembre de 1940 se inicia la diatriba subversiva, cuando invocando correosos prejuicios escolásticos Gómez amenaza con la guerra civil si el liberalismo apoya la reelección de López Pumarejo.

 

Ruido de sables

 

No ha sido suficientemente examinada la atípica relación entre López y Laureano, estos dos jefes políticos intermitentemente amigos íntimos y adversarios irreconciliables. Lo que sí pue­de subrayarse es el afirmativo y exuberante perfil del jefe liberal en contraste con el bermejo y agresivo del fanático de caverna. La esquizofrénica personalidad de Laureano fue imposible descifrarla. Sus propios copartidarios sufrieron su cólera jupiteriana, destructora, disolvente, nihilista, anárquica. En ese diámetro de necrosis internacional y coincidiendo con los vientos de la segunda guerra mundial las intentonas totalitarias domésti­cas fueron silvestres. Los presidentes Eduardo Santos y Alfonso López las abortaron estoi­camente.

En su valerosa investigación “Colombia Nazi”, Silvia Galvis y Alberto Donadio evidencian de las arremetidas pretorianas que provenían desde la propia Guardia Presidencial: “La fotografía de Laureano colgaba de las paredes donde se reunían los conjurados, y éste sería dictador una vez eliminado el gobierno”, confiesan los documentos descubiertos.

 

 

Laureano Gómez

 

La idea de que el ala laureanista del partido conservador —permeada por las doctrinas totalitarias del Eje— amenazaba golpear la democracia colombiana, era objeto de preocupación de los liberales. Ya en diciembre de 1940, José Umaña Bernal, político, poeta y amigo personal de López Pumarejo, le había confiado a Vernon Fluharty, quien, además de ser su vecino, era secretario de la embajada norteamericana: “Estoy absolutamente convencido de que habrá un intento conservador-nazi de llegar al poder a través de un golpe de Estado o revolucionario. No puedo darle datos concretos, pero como político que sabe de lo que habla sabemos que el partido conservador cuenta con la promesa de una ayuda nazi”.

En julio de 1943 López dio orden directa de arrestar a oficiales y demás comprometidos en el complot de esa fecha. El 31 de diciembre fue otro. El 6 de enero del 44 otro más, con la com­plicidad de los ex ministros Alfonso Araujo y Arango Vélez, el general Bonito y los dignatarios de la iglesia y la Academia. Todos estos meses fueron muy tensos y amargos para el gobierno que no tuvo paz ni tregua. Inclusive Gómez fue hecho prisionero por sus inflamadas calumnias y denuestos.

 

El golpe de Estado que sólo fue un secuestro

 

 

Alfonso López Pumarejo, de la mula al aeroplano Documentales Universidad Nacional de Colombia

 

Sólo así se entiende el golpe de estado que estuvo muy cercano el 10 de julio, hace 77 años en nuestro departamento. El cuartelazo se estuvo madurando durante mucho tiempo, siempre con patrocinio de los sectores más cavernícolas e incendiarios del país. Se pudo comprobar que, a pesar de su aparatoso fracaso, en la conspiración estuvieron comprometidas casi todas las Fuerzas Armadas. “Por lo menos el 95% del ejército estaba comprometido en el golpe militar y en el campo civil comprendía la totalidad del partido conservador y una tercera del liberalismo”, dice en sus avinagrados recuerdos José Gregorio Quintero, un alfil que llegó hasta el final.

En su declaración ante el Consejo de Guerra Diógenes Gil el cabecilla, confesó también: “Para mí no era una novedad (el propósito de dar un golpe contra el gobierno) y antes bien lo conocía suficientemente, que en el Ejército existían la inquietud, las bases, los deseos de un movimiento militar. Más aún, a mí se me propuso en condiciones bastante comprometedoras.  Yo, sin embargo, que he estado acostumbrado a oír de esto en el Ejército, como una enfermedad endémica, le di una relativa importancia. También es cierto que bastantes días antes de los hechos a que me refiero (los del 10 de julio), encontré y aprecié que la cosa tomaba una mayor formalidad… En efecto, el coronel Agudelo en días anteriores, lo mismo que el mayor Figueroa, no ocultaban que su preocupación central era tratar de ganar mi voluntad para es­tos hechos”.

“Recuerdo también que en medio de los trabajos afanosos para llevar a cabo la maniobra, día a día espiaban mis impresiones personales, y no perdían ocasión de estar incitándome en una u otra forma para dar realización a esto que ellos juzgaban posible, realizable y conveniente…” 

El golpe debía darse en Pasto con motivo de la visita que hacía el Presidente para observar las maniobras militares. Y el golpe lo encabezaba el Coronel Gil, descontento con López porque dizque obstaculizaba su ascenso a General. Gil era Comandante de la VII Brigada y estaba al tanto de la guarnición sur alerta ante una posible arremetida por la cuestión peruana.

 

Coronel Diógenes Gil

 

Ya estaba colmada la copa. Las razones que invocaba la soldadesca ebria para vejarlo e injuriarlo eran del mismo calibre. Los comandantes le habían hecho creer a los incautos reclutas que el objeto de aquellas maniobras militares era venderlos a US$ 10 por cabeza a los americanos, para llevarlos a pelear contra el Japón, embarcándolos en los puertos colombianos del Pacífico –en Tumaco-  hasta alcanzar las playas asiáticas. Por eso lo desconocieron totalmente tanto en Pasto como en Consacá, dispuestos a fusilarlo incontinente.

López decidió viajar pese a ser suficientemente advertido sobre la intentona. Eso lo consignan tanto Eduardo Zuleta como J.A. Osorio Lizarazo en sus biografías del compañero jefe. Este último dijo que se trató de un auto-golpe que afortunadamente salió bien. Acompañaban la comitiva Alberto González Fernández, Embajador en el Ecuador, Adán Arriaga Andrade, Ministro del Trabajo, el Coronel Pinzón, jefe de la casa militar y Femando, su hijo. Y también nuestro paisano que era el Gobernador del Departamento, Manuel María Montenegro.

El 9 de julio de 1944, estando ya en Pasto, el Presidente, que había llegado desde Ipiales, parte de la soldadesca se rebeló y embriagada ocupó las calles y alrededores de Pasto, gritando abajos y mueras al gobierno, a los asesinos de “Mamatoco”; los soldados se enfrentaron a la Policía que trató de poner orden, resultando varios heridos y contusos en ambos bandos. El presidente López fue informado en su hotel de estos hechos y les restó toda importancia; no era él hombre para dejarse intimidar ni perder la calma que siempre conservó.

¿Qué había sucedido?, lo relató su hijo Fernando: “Reservistas insubordinados se habían escapado del cuartel y andaban ebrios por las calles gritando abajos al gobierno y vivas a Laureano Gómez, Alemania y al Japón. El capitán Flores se mostraba muy inquieto, por lo cual resolvimos poner a mi padre al corriente de la situación a la hora de comida. Sin embargo, habituados como estábamos a la idea de que aquí no pasa nada, nos levantamos de la mesa, a las doce y treinta.  Y nos fuimos a acostar tranquilamente. Mi padre, antes de subir a su alcoba sostuvo en la escalera una breve charla con el coronel Gil, comandante de las maniobras que se iban a llevar a cabo”.

El coronel Gil, por su parte, reconoce que la moral de la tropa era bajísima: “Nunca en mi vida militar he visto agrupaciones de ciudadanos ni mucho menos a militares, con tan aviesas con­diciones y dañinas tendencias. El mismo día primero de julio, en que se principió la incorporación de esos contingentes y después de haber dictado todas las medidas para que este acto se desarrollara, ese mismo día casi fui víctima de un linchamiento por parte de los reservistas borrachos y alterados; en caso de los pabellones del cuartel del batallón Boyacá debido a que quise imponer un poco drásticamente la disciplina”.    

Comienza por confesar el coronel Gil, que el elemento humano con el que pensaba realizar el golpe y derrumbar al gobierno, estaba constituido por sujetos de “aviesas condiciones y da­ñinas tendencias”. Y fueron esos sujetos los encargados de promover el desorden, impulsados por manos ocultas y temerarias. El primer acto de la tragicomedia se había cumplido en la noche del 9 de julio.

A la madrugada del día siguiente, 10 de julio, el coronel Luis F. Agudelo, acompañado del capitán Olegario Camacho, se presentaron ante el Presidente para informarle de malas maneras que el Ejército se había rebelado contra el gobierno y que le concedían dos horas de plazo para que tomara cualquier determinación; entretanto, quedarían el Presidente y sus acompañantes a las órdenes de la tropa. Se puso guardia alrededor del hotel, donde no podría entrar ni salir nadie, y el Presidente quedó preso de los militares rebeldes. Inicialmente los jefes de la revuel­ta pretendieron exigir al Presidente su renuncia y le presentaron un escrito en papel sellado que contenía la dimisión del Presidente para su firma, documento que López no quiso sus­cribir.

Desconcertante solicitud de los amotinados si se tiene en cuenta que un golpe de cuartel siempre será contrario a la Constitución. ¡Pero para darle supuesta legalidad exigían que la renuncia se firmase en papel sellado; manes del santanderismo triunfante!

Como se ve el verdadero golpista o por lo menos, el primero, fue el Coronel Agudelo que puso a Gil frente a los hechos cumplidos.

 

López estuvo siempre sereno

 

Los militares se desconcertaron ante el gesto del Presidente y decidieron enviarlo con su comi­tiva preso a Popayán; pero cuando estaban en camino a esta ciudad ordenaron su regreso a Pas­to y llevarlo preso a una hacienda en Consacá de propiedad de los hermanos Bucheli, conservadores de antaño que, si bien en ese momento prestaban su casa como cárcel del Presi­dente, brindaron a éste y a sus compañeros generosa hospitalidad.

López, confidencialmente, le confió a su hijo Fernando su convicción de que el atentado estaba averiado teniendo en cuenta que no lo remitían ni a Popayán ni a Ipiales, sedes militares de rango, sino que lo destinaban a una hacienda incrustada en la circunvalar del Galeras y emparentada fuertemente con la historia vernácula si se tiene en cuenta que allí se disputó la batalla de Bomboná. Fue también sintomático que se les unieran el ministro Arriaga Andrade y Coral Velasco con aquiescencia de los golpistas.

A las cinco de la tarde llegaron a Consacá. “Allí nos esperaban —dice Fernando López Michelsen— dos simpáticos caballeros, conservadores de vieja cepa, quienes visiblemente nerviosos frotándose las manos, nos reci­bieron dándonos mil excusas poniéndose a nuestras órdenes para servirnos en todo lo que se nos ofreciera”.

 

“Se entabló la más animada conversación entre mi padre y los dos señores Bucheli. Se habló de las distintas plagas de la caña de azúcar y de varios otros tópicos generales, sin dejar in­clusive de tratar los tópicos políticos. Los señores Bucheli desde un principio se mostraron absolutamente neutrales en relación con el descabellado movimiento y se apresuraron a ase­gurar que el coronel Gil les había pedido la hacienda esa mañana, a lo cual ellos habían ac­cedido, considerando que la permanencia del doctor López en Consacá le garantizaba su vida”. 

 

Al día siguiente llegó de nuevo el capitán Navas Pardo. El presidente López, se paseaba por los corredores, dándole vueltas y vueltas al asunto. Navas quiso hablar largamente con él. Durante horas, el futuro miembro de la Junta Militar y el presidente cautivo dialogaron. Se podía intuir el fracaso de la rebelión. Navas Pardo a la vuelta de medio siglo en carta a López Michelsen confirma y ratifica la serenidad y decoro de López Pumarejo.

Los Bucheli, refinaron sus atenciones. El doctor López “saboreaba los exquisitos vinos fran­ceses de los señores Bucheli, se sonreía y comía con un gusto desconcertante”.  Después del almuerzo, se dio la orden de regreso.

Simultáneamente en Bogotá el Designado Darío Echandía y el Min- Gobierno Alberto Lleras enfrentaron la insubordinación a punta de decretos y micrófono. Lleras había regresado inmediatamente de Manizales porque había sido enterado por el jefe de carreteras de Popayán sobre el insuceso que permanecía oculto a la prensa nacional e internacional.

Hace parte de la historia oficial pero inédita de la república que durante 105 minutos quedó encargado de la Presidencia de la República y en Palacio, el cartagenero Aníbal Badel, segundo designado, mientras Echandía se hacía reconocer por las tropas. Ordenaron que las guarniciones de Túquerres e Ipiales se movilizaran hacia Pasto, y el general Piedrahita marchara desde Popayán a Pasto a someter al coronel Gil. El cuartelazo había fracasado estruendosamente. Unos dijeron que se había ade­lantado nueve días; otros, que el coronel “fue sencillamente una nulidad”.

El golpista, inclusive, había pedido respaldo al ya prominente jefe conservador José Elías Del Hierro, apoyo que el jurista y político ipialeño le negó porque “no compartía el golpe de estado como sistema o medio para salvar la patria”. Gil le insistió entonces en que redactara la renuncia que debía firmar el Presidente, que también rechazó formalmente el futuro ministro de Estado y precandidato presidencial posteriormente muy cercano al también presidente Alfonso López Michelsen.

“En forma inmediata, en la casa del jefe del partido conservador, don Medardo Bucheli Ayerbe –dice en sus Memorias José Elías del Hierro— se convocó ese día y en los sucesivos a reuniones con los jefes del partido en Nariño, entre los cuales se encontraban el doctor José María Salazar Albán, don Manuel López y el doctor Carlos Augusto Guerrero. Decidimos en la primera reunión informar de todos estos acontecimientos al jefe nacional del partido, Laureano Gómez que dio la orden de apoyar el golpe”.

El hosco Laureano Gómez debió asilarse en Quito. Los oficiales encartados fueron detenidos y juzgados. Uno de ellos que alcanzó a matar un compañero suyo en Bucaramanga fue condenado a varios años de prisión en la cárcel de Popayán de donde huyó también hacia el Ecuador por la ruta Popayán – Carlosama – Tulcán.

Para Gabo el héroe de la jornada fue Alberto Lleras. En el prólogo que escribió para las “Memorias Inéditas” del exmandatario, revela que “su día estelar fue el día 10 de julio de 1944 cuando un grupo de militares sediciosos se apoderó en Pasto del presidente de la República Alfonso López Pumarejo, en un momento en que el periodismo radial estaba en pañales. Alberto Lleras, Ministro de gobierno, se llevó para el Palacio de la Carrera los micrófonos de Ia radio nacional, y mantuvo al país durante el día entero en un ambiente de sosiego y confianza hasta que la rebelión fue derrotada”. 

   

La versión de López

 

Alfonso López, en una intervención pública. Fuente: Aníbal Noguera Mendoza, 1986

 

El propio Presidente hizo ante la Brigada de Institutos Militares el relato juramentado de los hechos. A última hora, dice, el sábado 8 de julio decidió viajar al sur, “y aprovechar las manio­bras militares que debían desarrollarse entre Cali e Ipiales, para volver al departamento de Nariño y tratar de crearles ambiente a varios proyectos de gobierno que interesan particularmente a esa parte del país; entre otros al nuevo tratado de Comercio y Navegación que se ha venido discutiendo con el Ecuador”.    

Así, llegó a Ipiales a la una de la tarde en compañía del nuevo ministro de Trabajo, Higiene y Previsión Social, Adán Arriaga Andrade, de Don Luis Cano, Director de “El Espectador”, En­rique Coral Velasco y de su hijo Fernando.

 

“En Ipiales almorzamos en el Casino de Oficiales en compañía de los jefes y oficiales de las fuerzas que se encontraban en esa plaza, y después de cambiar ideas sobre la manera como podría distribuir y aprovechar mejor mi tiempo, decidimos volar a Tumaco y llevar con noso­tros al doctor Alberto González Fernández, Embajador de Colombia en el Ecuador, quien ha­bía venido a Ipiales acompañando a la señora del expresidente Arroyo del Río. En otro avión, viajó a Tumaco, invitado por mí, el general Julio Gaitán”.

 

“El domingo, 9 de julio, regresamos a Ipiales en las horas de la tarde, y en el propio campo de aviación decidimos seguir a pernoctar a Pasto. Viajábamos ahora sin don Luis Cano, quien tomó la vía de Buenaventura para Bogotá, en hidroavión que vino de Buenaventura a Tumaco ese mismo día, ni el general Gaitán, quien volvió a su base en Cali en la máquina en que había llegado a verme. Se había incorporado a nuestra comitiva, en cambio, el gobernador de Nariño, doctor Manuel María Montenegro, quien se había quedado en Ipiales aguardando nuestro regreso”.    

“Ni en Ipiales, ni en Tumaco, tuvimos ocasión de conversar sobre las maniobras militares con el general Gaitán, porque nos hospedamos en Tumaco en casas separadas, y de ese puerto salió él antes que yo, sin haberse acercado a conferenciar conmigo. El teniente coronel Pinzón pasó la noche con el general Gaitán en el hotel; pero no me dio ninguna noticia de lo que hablaría con él sobre la situación de las tropas que operaban en el departamento de Nariño”.

“El gobernador Montenegro, nos había manifestado que debíamos estar en Pasto alrededor de las 22, para que pudiéramos asistir oportunamente a un coctel que tenía preparado en ho­nor nuestro.   Y a esa hora, más o menos llegamos.  Una vez cambiados los saludos de rigor, pasé con mi hijo Fernando a las habitaciones que nos tenían arregladas, con el objeto de ves­tirnos para salir al coctel; pero cuando ya estábamos listos, entró el gobernador a informarnos que había mucha agitación en la ciudad, que los reservistas estaban muy subordinados y borrachos muchos de ellos, que los oficiales habían tratado inútilmente de encerrarlos en sus cuarteles, y que como consecuencia natural de esa situación, las señoras invitadas  estaban temerosas de  concurrir a la fiesta, y él había creído conveniente aplazarla”.

Los ilustres visitantes pernoctaron en el antiguo hotel Niza. A las 5 y 30 de la mañana siguiente —ya era el 10 de julio— serían bruscamente despertados para protagonizar el tragicómico golpe de cuartel anunciado y por ello mismo, abortado.

El presidente se extiende minuciosamente en todos los pormenores de su inusitada detención que aquí también hemos referido. Recluidos finalmente en Consacá, López en su versión recuerda agra­decido las gentilezas de los hermanos Bucheli.

“Con unos huevos y un magnífico café con leche quedamos en la mejor disposición de ánimos para oír informaciones de los señores Bucheli acerca de la vieja casa de la hacienda, que fue el cuartel de sangre de Bolívar después de la Batalla de Bomboná, y del volcán Galeras y de la huerta, y de la epidemia de bartonellosis que acababa de asolar aquella región”.

Al día siguiente —el martes 11—hacia el mediodía llegó el capitán Navas con un salvoconducto del coronel Gil para ir a encontrar un avión en Dos Ríos, ofrecimiento que López rehusó. Navas confirmó que Popayán estaba en poder de las fuerzas del gobierno, y que las que el presidente había dejado en Ipiales y Túquerres debían estar peleando desde las horas de la mañana con las de los Coroneles Gil y Agudelo, en el paso del Guáitara.

Luego vino la azarosa y vergonzosa entrevista de Gil con el presidente constitucional, llegando a Yacuanquer.

“A usted se le está olvidando que yo soy el Presidente de la República. ¿Quiere Ud. decirme cómo ha podido entrarle en cabeza que me pueda hacer semejante propuesta? ¿Cree que yo puedo pasar ante el país por la vergüenza de aceptársela?”, dijo irritado el magistrado cuando el insolente coronel le sugirió que se le había ocurrido que si fuera nombrado ministro de Guerra (¡por un mes!), podría buscarle una salida a esta situación. El expresidente Navas Pardo, que como oficial presenciaba estas maniobras, en histórica carta a López Michelsen hizo también esta revelación, cincuenta años después.

Lo que siguió fue la irresistible convicción de López de que los golpistas habían perdido el control de la situación.  Arribó inmediatamente a Yacuanquer desde donde quiso hablar con el Coronel Reyes en Túquerres y el abogado Coral Velasco en Pasto.

“La oficina de Pasto no contestaba. De Túquerres dijeron que el coronel Reyes no estaba en el lugar. Pedí entonces que hicieran llamar al mayor Rosero. Contestaron que tampoco estaba en Túquerres, y le pidieron a la telegrafista que se identificara”.

“No quieren creerme”, me dijo la operadora llorando, muy emocionada. En Pasto tampoco quieren creerme que está aquí el señor Presidente”, me agregó. “Pasto pidió también que la operadora se identificara, según me dijo después, porque no le reconocieron ene el trabajo. Ernestina Burbano que así se llamaba operadora, se esforzaba en vano por hacerse creer, explicando que estaba muy emocionada porque era la primera vez que se veía en presencia del Presidente de la República, y para tranquilizarse se levantaba a cada momento y volvía unas veces con café tinto y otras con una botella  de licor y media docena de copas”, dice el memorioso Presidente que aquí muestra la faceta más desconocida de su personalidad, la de atinado observador y puntual cronista de sus propias aventuras, contrastando con la reputación mal ganada que pusieron a rodar sus malquerientes sobre su nula cultura, cuando es fama su precisión y preciosidad idiomática. Es de ver la superioridad de su talento. Se ha dicho incluso que sus páginas del primer gobierno por lo menos, las escribía Alberto Lleras. Cierto, pero literalmente reproduciendo el pensamiento del grande estadista.

Surgió aquí también la anécdota conyugal con doña María cuando al establecer diálogo con su esposo le pidió una clave para estar segura de que quien hablaba al otro lado del telégrafo era el primer mandatario. Y Alfonso le responde inequívocamente “Pocha”, y así queda resuelto el nudo gordiano. Valga la pena precisar que la llamada la hizo desde el municipio de Yacuanquer y no “cuando fue liberado en Pasto”, como dice ALM en la semblanza de su padre.

“López hizo por mí —dijo Lleras— lo que mis profesores de castellano y retórica jamás lograron: quitarles a mis escritos, que iban a ser en el último término los suyos, el resplandor de las imágenes, la violencia verbal, el dogmatismo literario”.

El maestro Eduardo Carranza en estos recuerdos de gloria también dijo que, para él, López, “es el mejor escritor político de nuestra nación en este siglo”.

Acto seguido vino la rendición insulsa de Gil.  Y remata el presidente:

“No quedaba nada más por hacer en Yacuanquer.  Emprendimos el desfile en dirección a Túquerres, en los mismos vehículos en que habíamos llegado, pero encabezando ahora el convoy el jeep en que viajaban Agudelo y Figueroa”.

 

“Carecen de importancia para los fines de la justicia los pormenores de mi regreso a Ipiales con la demora que tuvimos en Túquerres, mientras me comunicaba con Bogotá el martes once de este mismo mes. Es del dominio público que pernoctamos en Ipiales, muy cordialmente atendidos por todos los oficiales que estaban alojados en el Casino de esa guarnición, y que el miércoles salí para Bogotá, en las horas del mediodía, con el doctor Adán Arriaga Andrade, el doctor Enrique Coral Velasco, el teniente coronel Pinzón y mi hijo Fernando. Volvimos en el avión Lockheed, comandado por el mayor Valdés Tavera y trayendo como copiloto al teniente Dueñas”.    

 

“Esto es cuanto puedo declarar, sin perjuicio de las aclaraciones que usted juzgue necesarias sobre los llamados sucesos de Pasto, que investiga la justicia militar”.    

“’Señor comandante, Alfonso López”.    

De todos modos, López renunció un año más tarde. Después fue embajador ante la nueva ONU y por segunda vez en Londres, donde murió en 1959.

“Despertó hondas pasiones, conmovió los espíritus, desató recónditas potencias, vivió y murió en acre olor de tempestad”, dijo en sus funerales su segundo, Alberto Lleras.

“Los colombianos, amigos y adversarlos estábamos orgullosos de que un hombre fuera así, como él, tan parecido a su patria y tan extraño a su tradición y todos los que lo agraviaron o lo ensalzaron, lo detuvieron o lo acompañaron en su fulgurante trayectoria, concuerdan en que por esa grie­ta que abre Colombia para recibirlo, se van 40 años de grandeza y zozobra que difícilmente vivirán otras generaciones”.  

Nuestro paisano el gran ipialeño y eminente jefe conservador José Elías Del Hierro reconoció que:

 

“Había que conocer de cerca su personalidad, su psicología, sus hábitos políticos, para entender su habilidad. Fue un político abierto, decidido, proyectado a la modernidad, negociador, constructivo y firme. Tenía una gran visión del futuro, sólido conocimiento del país y de sus hombres. Todo su carácter se proyecta e identifica con el gobierno que él denomina la “Revolución en marcha”, cuyos lineamientos iniciales traza durante el gobierno de Olaya a quien López, que sin duda fue el más importante de los centenaristas liberales y jefe único de su partido en ese momento, llevó a la presidencia”.

 

A su retorno a la capital, el Presidente fue recibido con la euforia de los grandes días y desde los balcones del Palacio de la Carrera, ante cien mil lopistas, lanzó sus tres vivas legendarias.

Pero no sólo en Bogotá hubo algarabía. En Pasto, desde el martes, los copartidarios del mandatario ya habían organizado corrillos de respaldo que se desplazaban hacia la Plaza de Nariño a lo largo de la carrera 25. Exigían su liberación inmediata de Consacá. Al arribar a la insomne plaza la soldadesca atrabiliaria había disparado sobre la multitud y el tiroteo dejó muerto al ipialeño, joven de 22 años, soltero, de nombre Gilberto Hidalgo Daza. Otro nombre que se agrega a la nómina de paisanos mártires de la soberbia bélica, junto a los de Francisco Arellano y Gonzalo Bravo Pérez.

Otro episodio recaba el protagonismo de nuestros paisanos en este capítulo de la historia patria que se incubó en nuestra provincia. Don Ángel María Medina Santacruz, “adivino” de Funes, cercano amigo de Del Hierro y posteriormente Auditor General del Banco Emisor, en rol de Contador del Banco de la República, Sucursal de Pasto, no visó un cheque por un millón de pesos que le extendieron los militares y lo pasó al Gerente don Juan B. Canal Olarte, quien trazó una estrategia para no pagarlo.

Al presentar el Contador de la Brigada del ejército, un cheque para cobrar en efectivo por un millón de pesos, suma que en esa época era exorbitante, prefirió pasarlo al Gerente, para que lo visara, no obstante que la única normativa era que el girador tuviera saldo que sí lo tenía. El Gerente le dijo al funeño: “Dígale a la persona que lo viene a cobrar que el Banco no tiene efectivo para cubrir ese valor”. No pasó un cuarto de hora cuando llegó el propio coronel Gil a hablar con el Gerente, quien era su paisano y amigo. Don Juan le dijo al Coronel que la Sucursal no tenía una suma tan grande, pero que reuniría a los Gerentes de los Bancos para que le prestaran el efectivo que hacía falta para cubrir el cheque.

Así lo hizo y a las 2 de la tarde de ese 10 de julio, reunió a los Gerentes de los bancos comerciales y les pidió el susodicho crédito. Los Gerentes le dijeron que iban a consultar con sus oficinas principales para tal efecto. Al día siguiente, como a las 9 y 30 de la mañana, comunicaron la respuesta negativa. Ahí se dice, empezó el desplome de la revuelta.

Se dijo que si el Coronel Gil hubiera conseguido ese dinero, la sedición triunfaba; falló por la “jugadita” de Medina Santacruz quien “adivinó” lo que venía.

Irónicamente el gerente Canal Olarte fue detenido acusado de ser cómplice de Gil, al haber solicitado a los Gerentes de los Bancos el préstamo en efectivo. Años más tarde, como miembro de la junta directiva del Banco de la República, López Pumarejo resarció a Juan B. Canal Olarte haciéndolo nombrar director de la Proveeduría del Banco.

 

“Perfiles de coraje”

 

Llamado “el viejo”, López Pumarejo, dos veces Presidente de la República, fue un auténtico, fecundo, visionario y audaz político y estadista. Ambas categorías hicieron simbiosis en su mentalidad progresista. Fue el primero de los jefes liberales que emplazó a su partido a tomarse el poder. Fue un huracán en la jefatura del estado porque desmontó las arcaicas estruc­turas del virreinato que aún actuaban en pleno siglo XX. Por medios pacíficos realizó lo  que en otras latitudes se hizo con violentas revoluciones.

Heredero de un apellido larga y exitosamente vinculado con las altas finanzas de los bancos y las exportaciones —las dinastías burguesas de que habla Beau de Lomerie— López cifrará el destino del país en la audacia de sus convicciones y designios.

Inicia su carrera pública cuando la Colonia y la Regeneración todavía extienden sus pesadas sombras sobre el semifeudal territorio. Son 45 años de hermética, dogmática y confesional dictadura regeneradora. En ese medio siglo no solamente se amputa la soberanía territorial, sino que la misma Constitución tan esotéricamente reverenciada nunca entra en vigencia porque vive eclipsada en la vigencia infalible de los artículos transitorios y el régimen castrense.

Pero como por inexorable axioma, un estado sin medios para cambiar no tiene medios para conservarse, al hegemónico y vándalo régimen le llegó su sentencia de muerte. El pueblo, vigoroso, multitudinario, esperanzado irrumpió en el escenario de la nación devastada y confundida. En primer lunes estaba Alfonso López Pumarejo con un nuevo y prestigioso evangelio predicado sobre las primitivas piedras del estado revolucionario que se levantaba.

Rodeado por figuras nuevas, audaces, iconoclastas, venidas de todos los costados, consagradas fanáticamente a su caudillo y a sus ideas beligerantes, que no habían fatigado la historia con el pesado listado de sus posicio­nes ocupadas, el líder de la Revolución en Marcha dio comienzo a la más formidable, atrevida, visionaria y redentora empresa de remodelar las instituciones. Por encima de las maquinarias de los partidos, convoca a las clases medias y proletarias y las lanza a la conquista de sus derechos, a la reforma de los esquemas jurídicos inicuos e inequitativos. Su obra será un remezón político –jurídico que determina la ruptura con el pasado de ignominias.

Desde Palacio estimuló la organización sindical y social de las anhelantes clases trabajadoras. Promovió a la juventud estudiosa para que se forme en la ciudad universitaria. Tituló tierras, consagró la función social de la propiedad y organizó justicieramente al sector agrícola como columna vertebral de la economía social. Puso al día el texto constitucional medio siglo divorciado de las expectativas y realidades nacionales. En la reforma constitucional de 36 que fue también tributaria, laboral, agraria, educativa y judicial López logró por medios naturales y legítimos lo que haría una revolución con ímpetus violentos.

Inspirados en León Daguita, el socialista francés, nuestros constituyentes, bajo la vigilante égida de López y de Echandía actualizaron el Título III de la Constitución arcaica, teocrática y vengativa de Caro. La asistencia pública, la función social de la propiedad, el intervencionismo de Estado, el derecho al trabajo, a la huelga, a la educación, las libertades todas, fueron temas palpitantes en la agenda del magistrado. Sintonizó al país con las corrientes vigentes del derecho público occidental. El individualismo salvaje del siglo XIX quedaba abolido para abrir paso vigoroso al Estado Social de Derecho intervencionista y regulador de las responsabilidades públicas.

Todo ello lo entendió López con dilatada y asombrosa sensibilidad popular. Su jefatura natural la ejerció a contrapelo de reaccionarias y arraigadas ideas reñidas ya en una sociedad en creciente demanda de equilibrios. Hizo escuela su repentina conducta de llevar al gabinete de Estado a “astucias menores de 40 años”, que desde la provincia llegaron al gobierno a reducir las distancias ancestrales y odiosas de la indolente burocracia central. Con los nariñenses y los ipialeños en especial, fue generoso y estimulante: Gerardo Martínez Pérez, Manuel María Montenegro, Roberto Ortega, Alberto Montezuma Hurtado, Gonzalo Pérez, Miguel Ángel Álvarez, que fue nuestro primer gobernador liberal, son una cara de la rosa de los vientos revolucionarios. Polémico, iconoclasta, irreverente llegaba a las soluciones audaces, rápidas, justas e inteligentes porque siempre las había examinado dialéctica y desprevenidamente.

 

El presidente López Pumarejo antes de su renuncia en 1945

 

Vaya sólo un pincelazo de la picardía y bonhomía del presidente: cuando López ya era jefe del liberalismo, el general Cuberos Niño de las divisiones mayores antiguas del partido, le solicitó una cita para “intercambiar ideas”. Claro que lo recibo, dijo López, aunque yo sé que él sale ganando, porque él se lleva mis ideas y yo me quedo con las de él.

Nunca abandonó la rectoría moral e intelectual que los colombianos le acataban y agradecían. En el otoño de su espléndida vida se doctoró en colombianismo.

 

En Quito a la luz de Alfaro

 

Eloy Alfaro Delgado, retrato pintado por José Pozo

 

La voluntad pragmática de su padre Pedro A. le permitió conocer y explorar la casi totalidad de su Patria. Convivió con los antioqueños, con los caldenses, desde luego con las opitas, con los cundinamarqueses y santandereanos.

El café que fue su debilidad y su ocupación en los ardientes y promisorios años de su juventud también le permitió viajar y conocer los países vecinos, en especial el fronterizo de Eloy Alfaro su estimulante admiración, “su camino de Damasco”, como reconoce su hijo Alfonso.

Los más sutiles de sus biógrafos han hallado en ese momento una poderosa influencia para el carácter democrático de su formación política. Santiago Salazar Santos y Benjamín Ardila Duarte, muy cercanos a la admiración del Viejo López, no sólo rescatan la filiación ideológica con Alfaro, sino que reivindican la cofradía con los textos de Juan Montalvo. Así también lo acredita su nuevo cuñado Alfonso Dávila Ortiz.

Finalizando el siglo XIX está en Quito que vive la más significativa e intrépida experiencia del liberalismo continental liderada por el caudillo Eloy Alfaro, precursor del gobierno social, protector del indio y del obrero. Diez y siete años domina la escena este arrojado paladín revolucionario. Por esa vena contestataria conoció a Juan Montalvo, el tratadista ambateño, y supo de sus catilinarias no sólo en retahíla versus García Moreno y Veintimilla sino contra todos los opresores que en este mundo han sido.

Entre 1895 y 1912, bajo el ímpetu alarista, sin duda alguna el Ecuador encabeza los países de América que dan la cara a la justicia social y a las posibilidades justicieras para todos.

Alfonso López es testigo sorprendido de sus ejecutorias cuya impronta no lo dejará nunca. El ejemplo de aquel caudillo, hijo de un hombre acaudalado y él mismo, hombre de negocios que un día abraza la causa de los pobres, sin descuidar los temas del desarrollo como fuera su obsesión de comunicar a Quito con Guayaquil por ferrocarril, contiene los gérmenes de lo que sería, treinta años después, la Revolución en Marcha colombiana.

Alfaro y López, por ello, son figuras paralelas cuya gestión como gobernantes transformaron la presencia del Estado para colocarlo más allá del nudo arbitraje de los conflictos, y convertirlo, por el contrario, en garante y promotor de las soluciones inaplazables para los pueblos. Bien pudo decir López reivindicando la tarea del ecuatoriano pragmático y audaz: ¿para qué recurrir al liberalismo inglés de Gladstone, si a las puertas de casa teníamos la inspiración de Alfaro?

En carta de 4 de noviembre de 1906 le dice a su padre de su nueva amistad con el viejo radical de Portoviejo, con Guillermo Balda y con Cañadas, ambos del Ministerio de Hacienda ecuatoriano. Refiere que esa adquisición se debió a un artículo que publicó en El Tiempo de Quito. Y remata con su enamoramiento desenfrenado por Rosa Matilde Hurtado, todo lo que don Pedro A. le reprochó porque no entendía bien el turismo austral e insospechado de su hijo.

 

Con los ecuatorianos

 

Eloy Alfaro, como acaba de verse, fue influencia inolvidable en su vida si se tiene en cuenta que lo conoció en Quito al alumbrar el siglo XX, cuando don Pedro A. lo enviaba como comerciante volante por los países del Continente y con el Ecuador negociaba con café. Por lo que no sólo fue afectuoso y justiciero con el recuerdo del viejo luchador y mártir liberal de Portoviejo, sino que también admiró a otros políticos ecuatorianos como al jurista y pedagogo José María Velasco Ibarra, constitucionalista como él y como él admirador irrevocable de Simón Bolívar.

Velasco Ibarra fue Rector de bachillerato en Pasto y en Tuluá y autor de varios títulos de historia y derecho constitucional.  Precisamente en los mismos días cuando fue detenido López Pumarejo en Pasto, Velasco Ibarra retornaba a Quito a posesionarse de su segunda presidencia que la había rivalizado paradójicamente con Colón Alfaro, diplomático en Bogotá e hijo del caudillo liberal de comienzos de siglo. Irónicamente, Velasco Ibarra también se precipitaría sobre las bayonetas dos años más tarde.

La gran influencia política en la vida del ex presidente López Pumarejo había sido el ejemplo del general Eloy Alfaro, el presidente ecuatoriano, vilmente asesinado por sus propios conciudadanos en los primeros años de este siglo. Años antes, cuando iniciaba su carrera como exportador de café, y antes de su matrimonio, había ido a Quito a representar los intereses de la Casa López, precisamente cuando la figura de Eloy Alfaro descollaba entre los líderes más admirados del liberalismo suramericano. No es atrevido decir que los jóvenes de la generación del Centenario en Colombia se refugiaban a su sombra, como un símbolo de lo que podría ser en un futuro remoto la reacción contra la hegemonía conservadora.

“Todavía recuerdo de qué manera, en el año de 1934, al dejar la Presidencia de la República, el doctor Enrique Olaya Herrera hacía todavía alusión a la suerte de los hermanos Alfaro, linchados por la turbamulta en la ciudad de Quito, aludiendo el odio que sus contendores políticos estaban alimentando en su contra. El impacto de este asesinato, con visos de bogotazo, perduró en las mentes juveniles de los liberales colombianos por más de un cuarto de siglo. Hoy, posiblemente, somos pocos –dice López Michelsen-  quienes tenemos una idea clara de esta egregia figura de la comunidad andina, que estableció un contraste de modernidad con respecto a los anacrónicos panfletarios, el Indio Uribe y Vargas Vila, que tanto auge cobraron en los países de habla hispana para la época en que pagaba Eloy Alfaro con su vida, la audacia de haber buscado una sociedad más justa en el territorio de la antigua Audiencia de Quito.   

No era Alfaro un hombre culto en el sentido que se le daba a esta palabra entonces. Era, por sobre todo, un hombre práctico. Se había iniciado como empresario y había culminado su carrera como político, tras haber dado muestras de una singular sensibilidad social. Quizá, fue el primero entre quienes en estas latitudes acudieron a los servicios de plumas más diestras que la propia para expresar sus ideas, cuando lo usual era que un Holguín, un Caro, un Suárez, un Uribe Uribe o un Antonio José Restrepo fueran maestros en el arte del bien hablar y del bien decir y no necesitaran de escribientes. Pero lo más interesante del político liberal ecuatoriano fue el haberse desprendido de los prejuicios liberales de sus antecesores y haber optado por constituirse en defensor de las clases trabajadoras y en vocero de las reivindicaciones proletarias. Su espíritu pragmático lo llevó a atribuirle una gran importancia al desarrollo de la infraestructura de su país, poniendo especial empeño en la construcción del ferrocarril entre Quito y Guayaquil, pero, simultáneamente, en donde puso el mayor énfasis el llamado solitario de Montecristi fue en hacer de su partido el abanderado de las ideas progresistas de la época. Y cuando se dice progresistas se habla no del marxismo, que hasta entonces era desconocido en la América española, sino a las grandes divulgaciones que a través de sus novelas había hecho Víctor Hugo sobre la condición de las clases menos favorecidas por la fortuna. Los miserables, Nuestra Señora de París, El Año Terrible, eran, entonces, el breviario que antecedió a la literatura izquierdista de los primeros veinte años del siglo XX. Ni el federalismo ni el anticlericalismo, que habían sido por años pilares del credo liberal colombiano y ecuatoriano, hallaron cabida en la ideología y en el programa de este varón que se anticipó en varias décadas a su tiempo. Por cierto que nuestro partido, al llegar al gobierno, fue especialmente respetuoso de la jerarquía eclesiástica, sin perjuicio de aspirar a reformar el Concordato”.

En el Ecuador, la controversia entre los liberales radicales y la Iglesia, que se había iniciado en el siglo XIX, fue mucho más amarga. En un comienzo, los liberales observaron una conducta irreprochable frente al tema religioso, poniendo en práctica el principio de la libertad de cultos, pero admitiendo que la religión católica era la de la Nación. La respuesta de los conservadores ecuatorianos y de algunos obispos fue la de crear un estado de conflicto permanente entre el poder eclesiástico y el poder civil, conflicto que culminó en varios pronunciamientos militares, que pusieron fin a la vida y a la carrera política de Eloy Alfaro. A consecuencia de la imposibilidad de realizar una revolución pacífica frente a la oligarquía y al clero de su patria, acabó constituyéndose en dictador y a entrar en conflicto con sus propios seguidores. ¡Aún en nuestros días la insurrección suele adoptar el nombre de Alfaro con consignas como aquella de Alfaro vive!

El impacto de una concepción liberal, impregnada de contenido social, despojada de retórica vacua, y que tenía por meta el desarrollo económico, cobró un enorme significado a los ojos de quien, desde entonces, profesaba recónditas aspiraciones políticas a espaldas de Pedro A. López, su padre, que le atribuía los males de Colombia a la actividad partidista y que jamás hubiera querido ver en su hijo un caudillo popular. Fue un caso realmente excepcional en la América española el de que, años antes de la revolución mexicana, de la aparición de Alessandri en Chile o de Irigoyen en la Argentina, hubiera aparecido en este rincón de América que es el Ecuador un precursor de la talla de Eloy Alfaro. Con razón se ha dicho que la Revolución en Marcha de los años 30 había sido un reflejo de la enorme influencia que ejerció Eloy Alfaro sobre López Pumarejo, apenas salido de la adolescencia.

A propósito de Alfaro y de sus escritores fantasmas, es poco conocida la anécdota aquella de que Alfaro cometió el noble abuso de destinar el dinero de la publicación de “Los Siete Tratados” a municionar sus batallones porque “la libertad está primero que la literatura”. Aquellos manuscritos invaluables fueron sustanciados por el Cervantes ambateño Juan Montalvo en uno de sus destierros en nuestra augusta villa de Ipiales.

Alfaro igualmente dio refugio y avitualló a los guerrilleros liberales cuando la confrontación de los mil días y apoyó las investigaciones del historiador Roberto Andrade que imputaban el crimen contra el Mariscal Sucre a Juan José Flórez y absolvía justicieramente la memoria del expresidente colombiano José María Obando también con algunos trigos genealógicos en Ipiales. No se olvide tampoco que Alfaro promovió a la representación diplomática ante el Vaticano a Vargas Vila cuando éste no quiso hincarse ante León XIII en actitud eminentemente laica.

 

 

Mausoleo de López Pumarejo, Bogotá

 

 

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