EL JARDINERO FELIZ

CRÓNICA DE GARDEAZÁBAL

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Por:

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Fui hijo de una mujer que igual que tocaba el violín pintaba al óleo y en porcelana. Heredera, por su padre el librero de Tuluá, de una cultivada manía de lectura que ejercía como humanista hasta el punto rojo en donde sus saberes entraran en contradicción con su fe católica, apostólica  y romana. Pretendió entonces que yo fuera un músico como ella, un ferviente devoto que llegara al sacerdocio y un dibujante con tanta habilidad como lo demostró en lienzos o platos. Fracasó estruendosamente en su empeño.

Desde muy niño me mandó a hacer altar y ornamentos para que celebrara misa imitando la que veía, pues me llevaba todos los días a la iglesia, Y como yo tenía una impresionante memoria y había aprendido a leer precozmente hasta el misal sin haber ingresado a la escuela, la llené de esperanza en mi futuro cardenalicio. Pero no fue sino que entrara al colegio mixto de las monjas franciscanas para que me diera cuenta que me daba pena que mis compañeros de colegio supieran que sabía decir misa y abjuré desde entonces hasta llegar a mi ateísmo respetuoso en la adolescencia.

Cuando entré al colegio de los Salesianos me recomendó ante el padre Salcedo para que hiciera parte de su grupo de canto. En la primera sesión de solfeo el cura me quedó mirando cuando emitía mis alaridos destemplados delante todos los demás, y sin contemplación me mandó de vuelta al salón de clase. Aunque mi madre no fue deportista en su juventud ni tampoco amiga de seguir algún deporte, se las ingenió con su compañero de la Acción Católica, el profesor don Oscar de la Cruz para que me admitieran en el grupo de promesas del fútbol que dirigía Aldemar Bolaños, un antiguo futbolista de las divisiones inexistentes. No duré 15 minutos dejando pasar todos los balones, chuteando sin dirección o parado en la mitad de la cancha viendo jugar. Y del dibujo o la pintura ni hablar, he sido totalmente inepto a ese oficio desde antes de nacer. No me explico entonces cómo después de semejante rosario de fracasos mi madre siguió creyendo en que podía llegar a gozar viéndome como el ser humano tan distinto que finalmente fui.

La traigo por estos días a mi recuerdo porque en todas las semanas santas ella siempre arregló con orquídeas el paso del Santo Sepulcro del viernes santo y en este año de la pandemia tengo rebosantes de cattleyas los árboles de mi bosque. Frente a ellas, mirándolas extasiado, me imagino la cara que habría puesto si en una de nuestras charlas interminables le hubiese dicho que no serví para nada de lo que pretendió hacer de mi, sino que apenas llegué a ser un jardinero feliz.

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Porce, marzo 30 de 2021

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