Por:
Gustavo García Figueroa
Exviceministro del Interior
Esta semana, el expresidente César Gaviria publicó una carta abierta en la que, en nombre del Partido Liberal, lanza un desafío político al presidente Gustavo Petro. En ella contrapone la Constitución de 1991 con lo que llama la “Constitución Petro”, un supuesto nuevo orden institucional que -según su interpretación- el actual gobierno estaría tratando de imponer “incluyendo lo que se le venga en gana”.
Más allá del tono altisonante, la frase final de la carta es la que más ha llamado la atención: “Nos veremos en la obligación de desconocer su autoridad como jefe del Estado”. Una afirmación que no solo es temeraria, sino contradictoria con el supuesto propósito de defender el orden constitucional. ¿Cómo se defiende la Constitución llamando a desconocer al presidente legítimamente elegido?
Pero más que una amenaza sediciosa al Ejecutivo, la carta refleja el profundo vacío de representación que hoy habita en los partidos tradicionales. Según la última encuesta de Cifras y Conceptos, el 53% de los colombianos dice no sentirse representado por ningún partido. Apenas dos colectividades superan los dos dígitos de favorabilidad. En ese escenario, los partidos no lideran proyectos políticos: los candidatos independientes los eluden o los utilizan. Son los partidos los que corren detrás de los candidatos y no al revés.
En esa misma encuesta, el 57% de los encuestados dijo estar de acuerdo con que se les consulte. A pesar de ello, el jefe liberal ni siquiera se toma el trabajo de explicar por qué someter decisiones a mecanismos de participación popular sería una afrenta contra la Carta Política. ¿Desde cuándo consultar al pueblo es un acto autoritario?
Tal desconexión puede ser comprensible en sectores conservadores que han promovido históricamente el abstencionismo y la desconfianza en la autodeterminación ciudadana. Pero no en quien lidera el partido de Gaitán y López Pumarejo. No en quien debería defender una visión de país incluyente, laica y con justicia social.
El liberalismo de hoy -al menos el que habla desde el viejo cascarón de la Avenida Caracas- parece más cercano a los gremios que a las bases. Se aleja del ideario progresista y popular para alinearse con intereses privados, abandonando cualquier pretensión de representar una opción real de poder.
En tiempos en los que el país reclama nuevos liderazgos y puentes entre lo institucional y lo social, el Partido Liberal se queda en la retórica de la confrontación. Pero otros sectores -dentro y fuera de su historia- aún pueden rescatar el liberalismo como una corriente viva, capaz de conectarse con una ciudadanía que quiere participar, que quiere decidir, que quiere futuro.
Por eso, la razón de mi voto, y de muchos liberales auténticos, no estará con quienes olvidaron el camino, sino con quienes tengan el valor de construir desde esa herencia una alternativa liberal progresista y con sentido comunitarista para los tiempos que vienen.