PARQUE LA POLA (1917-2024)

El parque "La Pola", mal llamado por algunos "San Felipe", se ha constituido en un importante escenario de la vida ipialeña.

Por:

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

J. Mauricio Chaves-Bustos

 

Qué importante resulta reconocer el lugar en donde uno se desenvuelve física y espiritualmente; en la primera acontecen esos deseos y quimeras que se fraguan en la intensión y la razón, de tal manera que es en esa concreción donde efectuamos el encuentro con el otro y con lo otro, en la morada amplia de calles y plazas, donde lo doméstico cede a lo social, ahí es donde verdaderamente toma sentido el “nosotros”.

 

Parque La Pola, inauguración (1917)

 

Con ocasión del centenario del Parque La Pola, 14 de noviembre de 2017, publiqué el artículo “Un fusilamiento y un parque”, y el 31 de octubre de 2021 el artículo “Tres parques diferentes y una sola ciudad verdadera”, los cuales atrajeron a algunos lectores, en vista de lo cual amplié la investigación, la cual comparto con Ustedes.

El parque o la plaza, lugar de encuentro y de civilidad, de adhesiones y de protestas, ahí las contradicciones toman su asiento; ahí las exclusiones sociales y los reproches; ahí los cambistas y la venta de los cuerpos; ahí la protesta civil frente al poder militar que busca imponerse. Los cuatro costados de un parque enmarcan la idiosincrasia y el derrotero cotidiano de una ciudad, de quienes la visitan, así el parque La Pola, mal llamado por algunos San Felipe, se ha constituido en un importante escenario de la vida ipialeña. Aquí algunas consideraciones sociales e históricas.

 

Un posible origen

 

Pocos saben que un 14 de noviembre de 1817,  junto con La Pola, cayó asesinado por las balas españolas de la reconquista el subteniente ipialeño Francisco Arellano Sandoval. Los antecedentes quizá se remontan a la presencia de don Francisco Antonio Sarasty, quien en 1810 proclama la Independencia de Ipiales, quien favoreció a los Quiteños que desde 1809 proclaman la Independencia, recibiendo el apoyo de los ipialeños y de los municipios de la exprovincia de Obando, con excepción de Pupiales, para invadir a los realistas de Pasto. Quizá la figura del patricio payanés influyó para que Francisco Arellano siguiera las huellas patriotas dejadas por muchos otros y entonces embarcarse en la nave de la lucha revolucionaria, en donde conoció a Alejandro Sabaraín y a otros patriotas, quienes daban información a La Pola para actuar en favor de la causa libertadora. Participó activamente en la Campaña del Sur, donde fue hecho prisionero, junto con Alejandro Sabaraín, en la Cuchilla del Tambo, luego fueron conducidos a Bogotá, para ser luego puestos en libertad.

Arellano conforma la red de espías que, junto con La Pola, brindaban información estratégica a los patriotas que se estaban agrupando en los llanos. Desde la casa de doña Antonia Ricaurte, donde trabajaba la Pola como empleada, se entretejía el entramado para conocer con detalles los pasos del ejército realista, parte en grupo hacia los Llanos, sin embargo son delatados por un espía venezolano y finalmente capturados en septiembre de 1817; a los pocos días es detenida La Pola. El cruel Sámano, saltándose todas las leyes y los protocolos militares y civiles, condena a la heroína y a 8 militares más, entre estos al ipialeño, al patíbulo. En los claustros del Colegio del Rosario compartió capilla junto con La Pola, Alejandro Sabaraín, José María Arcos, Jacobo Marufú, Manuel Díaz, José Manuel Díaz, Joaquín Suárez y Antonio Galeano. Finalmente, el ipialeño Francisco Arellano, es fusilado por la espalda y luego ahorcado en  el costado Sur de la Plaza Mayor, para pasar a engrosar el listado del martirologio a causa de la libertad de la patria.

 

Francisco Arellano, penúltimo columna izquierda (La Veracruz, Panteón Nacional, Bogotá)

 

Hasta aquí lo poco que sabemos del mártir de la patria, el ipialeño Francisco Arellano Sandoval. Extraña sí, que ni en el colegio, ni en la ciudad siquiera se tenga memoria de nuestro coterráneo. Mientras en Pasto corren ríos de tinta para demostrar que por el territorio nunca hubo muestras de independencia, mientras se busca a toda costa desconocer la labor emancipadora del Ejército Libertador, en cabeza de Bolívar, nosotros, los del sur – sur, ni siquiera tenemos en nuestro registro los nombres de aquellos que, de una u otra forma, lograron que la causa libertadora se regara como pólvora por el territorio del pueblo de los Pastos, especialmente por el territorio que luego formaría la Provincia de Obando.

Pero ahí no queda el asunto. Siempre me pregunté por qué siendo la Pola guaduense, no se levantó en Ipiales un monumento a Antonia Josefina Obando, la ninfa mártir, sacrificada en noviembre de 1822 por las fuerzas realistas de Boves. El noviembre fatídico, el noviembre donde hace 5 años había ofrendado su vida Arellano. Armando Oviedo trata de dar una respuesta cuando anota que en 1860 la entonces calle Real pasó a denominarse La Pola, en recuerdo también de Arellano, aunque debería precisarse que lo justo hubiese sido llamar a la calle con el apellido de uno de los ipialeños sacrificados.

 

Primeros usos

 

Las Plazas Mayores fueron escogidas por los españoles, y luego por sus herederos, para enmarcar ahí los poderes civiles y religiosos, de tal manera que ahí la Alcaldía, el Juzgado y la Iglesia se juntaban en un solo espacio. Sin embargo, ciudades como Mompox se desarrollaron alrededor no de uno, sino de dos plazas principales, convirtiéndose esto en una singularidad.

En Ipiales, todo apunta a que fue a mediados del siglo XIX cuando se empezó a usar el espacio que hoy conocemos como Parque La Pola, aprovechando la planicie que va de norte a sur, ya que el espacio de oriente a occidente es más quebrado, de tal manera que de la Plaza Mayor, llamada luego Plaza Boyacá, Plaza de la Independencia y finalmente Parque 20 de Julio, que servía también de plaza de mercado durante un buen tiempo, se buscó ese espacio más al sur, convertido luego en plaza, para la venta de productos, principalmente de artesanías -esteras, canastos, sombreros-, de especies menores de animales -aves, cuyes, conejos, etc.- y también de carbón y de leña.

La llegada de los Sacerdotes del Oratorio, llamados Filipenses, como se verá más adelante, terminó por enmarcar la plaza, lugar donde se levantó un templo y un colegio, favoreciendo así el espacio para actividades sociales de los ipialeños, buscando cada vez darle un aire más citadino, si se quiere, al mejor modelo de los parques franceses que estaban tan de moda para entonces.

 

El parque, una realidad

 

En 1916, por ley nacional, se honra la memoria de La Pola, y se escoge a Ipiales para tal fin. Antes se había pensado levantar el monumento en honor a Josefina Obando, pero anota Oviedo lo siguiente: “primeramente se quería levantar una estatua de la heroína Antonia Josefina Obando en pleno corazón de la ciudad, pero por no contravenir la relación histórica de los ipialeños con la Pola, la ley nacional de 1916 que la honraba y no encontrar consenso sobre las facciones de la Obando en las niñas y mujeres de su descendencia, se optó por la Salavarrieta”. Claro, los historiadores de la comarca, con la imaginación a cuestas sobre un prontuario heroico, buscaron blanquear a nuestra Josefina, a tal punto que la muestran como una europea en tierra de Pastos, apareciéndole apellidos y nombres añadidos al antojo de una élite que buscaba apropiarse de los íconos populares.

Es así como finalmente se constituye una junta y se inaugura la estatua de La Pola en el parque que ahora lleva su nombre, un 14 de noviembre de 1917. Es lo más gustoso ver la programación para dicha inauguración, era le época de oro de nuestras agremiaciones, donde los artesanos, zapateros y carpinteros hacían gala de su trabajo, con obras de teatro, con arreglos y carrozas para conmemorar la efemérides, de igual manera las familias ipialeñas eligiendo a sus representantes para engalanar las calles, y los poetas y escritores dándose gusto con la palabra para no dejar desapercibido el día, junto a ellos las Sociedades Caro y El Carácter, en debates intelectuales de altura para afianzar sus creencias, incluso en asuntos tan comunes como el de la libertad.

 

Parque La Pola (1940)

 

Inaugurado en 1917, para conmemorar el centenario del fusilamiento de La Pola, la escultura es obra del escultor  Julio César Benavides Chamorro (1892-1933), de Gualmatán, hecha a partir de un modelo enviado desde Bogotá. El día 14 de noviembre de dicho año, a medio día, se inauguró dicha estatua, en presencia del prefecto Eudoro Ortiz del Corral. Antes se había instituido un Comité Provincial para conmemorar el centenario, en donde se programó dicho evento así: el día 12 se realizó misa campal, revista militar y velada lírico dramática a cargo de la Sociedad Caro, presidida por el poeta Florentino Bustos; el día 13 se realizó una sabatina a cargo de escuelas y colegios, retreta a cargo de la Banda Municipal y desfile de antorchas a cargo de la Sociedad de Obreros; el día 14, dianas y salvas a cargo de la Policía municipal y nacional, misa de réquiem, a medio día inauguración del monumento, himnos a La Pola a cargo de varias personas de la ciudad, desfile por las principales calles y visita a los monumentos: Cadalso de La Pola, Apoteosis de La Pola, Patria y Fe, A los Padres de la Patria, y en la noche velada lírico literaria.

El pedestal original fue elaborado en piedra, en tres cuerpos: el primero, con tres escalinatas en los cuatro costados, otro intermedio que sostiene al tercero, donde reposa la estatua de La Pola. Posteriormente se eliminaron las escalinatas de acceso y se cubrieron con una tosca construcción en concreto; posteriormente se eliminó el concreto y se dejó el pedestal sin las escalinatas. Se menciona que en una ocasión el escultor Marceliano Vallejo criticó la posición sedente que Benavides Chamorro le había dado a La Pola, ya que su actitud había sido siempre gallarda, sobre todo a la hora de ser llevada al cadalso.

 

Los alrededores, el templo de San Felipe

 

Los Padres del Oratorio, o filipenses como los conocemos, llegaron a Ipiales el 2 de enero de 1892. Son fundadores los padres Ramón María Jurado, prepósito, Gabriel Rojas, Luis Gutiérrez, Leónidas Rojas, Nicolás Burbano y Alcides Pérez. Se hospedaron en la casa del Sr. Roberto Rosero, las actividades religiosas las celebraban en el templo parroquial. El prepósito convenció al presbítero Juan Ramón España para que donara un lote de 100 metros donde se levantaron el templo y el oratorio, colindantes con el barrio llamado de La Cueva Santa. El 15 de septiembre de 1892 se puso la primera piedra para la construcción del templo. El 8 de diciembre de 1894 inicia sus labores el colegio, siendo sus fundadores los padres José María Cabrera, José Antonio Sandoval y Félix María Cabrera. El 13 de junio de 1895 el Oratorio de Ipiales tuvo reconocimiento oficial por parte de la Santa Sede.

En 1926 el obispo de Pasto, Antonio María Pueyo, erigió la parroquia de Nuestra Señora de Los Dolores, confiándola a los padres filipenses, siendo inaugurada el 1 de enero de 1927. Tanto el templo como el oratorio y el colegio se construyeron con aportes de los ipialeños, principalmente de quienes eran contiguos a dichas instalaciones, entre otros las familias Vela, Rosero y Bustos.

 

Iglesia San Felipe sin las torres, aproximadamente años 30.

 

En septiembre de 1930 se recordaba la llegada de los Padres del Oratorio a Ipiales, siendo alcalde Joaquín Revelo, se conmemoró la efemérides, además de las palabras del padre Octaviano Chaves, al igual que la presencia de exalumnos y algunas personalidades. Ese día se inició una recolecta para terminar las torres del templo, organizando una junta para recolectar los fondos, quedando conformada así: presidente, Octaviano Chaves; vicepresidente, Joaquín Revelo; vocales: Alfonso Montenegro, Fernando Ortiz y Guillermo Usbeck; tesorero, Leónidas Viteri; secretario, Ruperto Montenegro; ayudante de tesorería, Federico Arteaga.

Creemos que siendo el padre José María Cabrera filipense, tan ligado a la construcción del templo de Las Lajas, haya contratado al arquitecto ecuatoriano Gualberto Pérez, el mismo que levantó los planos de la cripta del santuario en 1916, para que hiciera los planos del templo de San Felipe en Ipiales.

 

Iglesia San Felipe con torres románicas

 

El templo presenta tres cuerpos, con dos torres de estilo bizantino coronadas cada una  por una cruz de estilo pattée heráldica con extremos curvos convexos, estilo empleado por los Cruzados; sobre el rosetón central se encuentra el escudo de la congregación, en fondo azul tres estrellas que representan la virtud, la ciencia y el trabajo, y en letras en alto relieve la frase en latín “Omnia In Caritate” que traduce “todo por la caridad”. Y sobre el remate se levanta un curioso monumento: sobre una esfera que representa al mundo se sostienen dos manos que levantan la hostia y al pie un racimo de uvas, representando el cuerpo y la sangre de Cristo, ignoramos de quién es su autoría, lo que se aprecia es que aparece cuando se construyen las torres bizantinas, antes coronado por un pináculo según se aprecia en la foto de los años 60.

 

Templo de San Felipe, años 1960 (foto: Felipe Bravo)

 

Se recordará que a finales de 1923 unos fuertes movimientos telúricos asolaron gran parte del Sur de Colombia, Cumbal desapareció y debió ser trasladado, afectando muchas construcciones del territorio. Ignoramos si en Ipiales los principales templos se vieron afectados, sin embargo, por muestras fotográficas antiguas se ve que el templo de San Felipe no tenía las características torres de estilo bizantino, sino de carácter románico rematadas con capiteles. No hemos podido averiguar en qué fecha se destruyeron las románicas y se pusieron las bizantinas, aunque hay una foto de los años 60 que muestra las primeras.

El interior del templo está sostenido por columnas con capiteles metálicos, al igual que el cielo raso, el altar mayor es en madera tallada por expertas manos de ipialeños, un arte que tiende ya a desaparecer; cuenta con estatuaria moderna y algunas piezas pictóricas de las cuales se desconoce la autoría, para lo cual se invita a explorar los archivos del templo para dilucidar quiénes fueron los artistas que hicieron esas importantes obras de arte, quizá de Benavides Chamorro, Marceliano Vallejo, entre otros.

Contiguo al templo de San Felipe se construyó el Oratorio, sobrio edificio de corte republicano donde los sacerdotes viven comunitariamente, una amplia construcción de dos pisos, al centro del patio una fuente que en su época tenía variedad de peces, además de obras de arte que decoraban las paredes, así como importantes instrumentos musicales, como pianofortes, que constituyen un patrimonio de los ipialeños. En la parte trasera de la iglesia existe aún un pequeño cementerio donde reposan algunos de los benefactores así como sacerdotes que sirvieron en Ipiales durante tantos años.

Y contiguo al Oratorio se levantó el colegio San Felipe Neri, una amplia edificación de dos pisos que durante más de un siglo sirvió para educar a tantas generaciones, edificio que sin conmiseración alguna fue vendido en el año 2017, el mismo que fue destruido para levantar ahí algunos locales comerciales y un amplio parqueadero, bajo el silencio cómplice de los ipialeños que poco o nada dijeron al respecto.

 

Un poeta que le canta a La Pola

 

Muy cerca al Parque La Pola, (Carrera 7 con 12 A) vivió el poeta Florentino Bustos E., de tal manera que la cercanía le permitió conocer el desarrollo del mismo, su familia fue benefactora de la comunidad de los Padres del Oratorio, inclusive en el cementerio del Oratorio yacen los ancestros del poeta ipialeño. Siendo uno de los fundadores de la Sociedad Caro, en 1917 escribió el siguiente poema en honor a La Pola:

 

Parque La Pola (1960)

 

Policarpa Salavarrieta

 

I

 

Gritole libertad, siempre valiente,

con valor frente a turba pavorosa

comunícose Pola con su amante;

parecía una estrella luminosa…!

 

Vedla con su mirada penetrante:

gallardía ostentaba de una diosa;

las facetas, luce ella del diamante,

delicados donaires de una rosa…

 

Sus ojos son clarores celestiales;

y a su cabeza un ingente circuito

la ciñen los laureles inmortales…!

 

Su altivez es columna de granito!

Y voló ella a regiones siderales

para vivir con Dios que es Infinito!

 

II

 

Fue la Pola, gran mártir colombiana

que siguió el rumbo de grandiosa meta;

y por eso, en la tierra americana,

radiosa se levanta su silueta…!

 

Fue estrella que declina soberana

al rayar un crepúsculo violeta,

aurora perennal fue en la mañana

que en el cenit decoran su paleta…

 

Entre los bellos astros hace coro;

cuando nace da ráfagas de plata,

entre celajes con sus tintes de oro…

 

En el Tabor luce: alma, grande y fuerte;

hecha Amazonas su caudal desata…

En recónditos mundos de la muerte…!

 

 

La Pola, testigo de la ciudad

 

Parque la Pola, testigo de la historia ipialeña

 

De la plaza original, pasó luego a ser parque al estilo francés, con el monumento al centro del parque, hermosos árboles que daban sombra a los paisanos que buscaban las bancas de concreto, que simulaban troncos, en el sol canicular propio de tierra fría. Los domingos a las 11 de la mañana se presentaba la retreta de la Banda Municipal de Ipiales, cuyos integrantes, todos hombres, lucían uniformes marciales, costumbre decimonónica que pervivió durante un buen tiempo en nuestra centenaria banda.

 

Esta imagen perduró por muchísimos años a la vista de la ciudadanía: un monumento para solaz de las palomas

 

Los vendedores de cholados que con una mano raspaban el hielo traído del Cumbal, mientras con la otra espantaban las avejas atraídas por el dulce colorido de rojo que acompañaba este disfrute veraniego. Así mismo los vendedores de ponche, también llamada forcha, las vendedoras de melcochas y habas tostadas, de las “papitas de pobre”, de los típicos chuzos, y una variedad de comidas que eran el antojo de los ipialeños de antes. Ahí se asentaban también los famosos lustrabotas, que tenían fama departamental, ya que hasta los gobernadores buscaban su lustrada con ellos, mientras en el costado oriental se asentaban los cambistas ofreciendo entonces sucres y pesos, ya que el dólar era una divisa ajena. En la esquina de la calle 13 con carrera 6, quedaba “Variedades Santafé”, donde se podía adquirir toda clase de golosinas, la primera casona de Ipiales en tener tres pisos, en parte destruida durante la erupción del volcán El Reventador (Ecuador) casi a la media noche del 5 de marzo de 1987, que afectó a varias edificaciones ipialeñas, entre otras haciendo caer los monumentos de la Iglesia Cátedral.

Luego algunos árboles fueron podados y el parque fue perdiendo su encanto. Desaparecieron las bancas y poco a poco el costado occidental dio paso al ejercicio de la prostitución, así mismo la venta de drogas al menudeo atrajo una economia ilícita que terminó casi que por dominar el parque La Pola. Sin embargo, es parte del capitalismo desbordante que busca expandir sus tentáculos sin miramientos éticos de ninguna especie, en donde lo que importa es el cúmulo de capitales cueste lo que cueste, inclusive la estética misma del espacio. Entonces el parque La Pola dejó de ser realmente un escenario de encuentro de los ipialeños, de los extranjeros, de la “otredad” que fue siempre tan bien comprendida por los oriundos de la ciudad fronteriza. El espacio, duele decirlo, se convirtió en un lugar de miedo que era preferible evitar, sobre todo en horas de la noche, aunque el hampa no tiene horario.

 

Parque La Pola, abierto de nuevo a la comunidad el 31 de marzo de 2024, después de casi nueve meses de intervención. Foto DJ Black

 

Por eso celebramos la remodelación que se le ha hecho al parque y su inauguración en 2024, es decir 107 años después de la inauguración de la estatua de La Pola. Esperamos y confiamos que el espacio de encuentro, de afianzamiento de las relaciones sociales en una ciudad que ve en “el otro” a su semejante, hijos de frontera al fin y al cabo, donde siempre el extranjero será visto como un ipialeño más, y que el parque La Pola auspicie esos sanos espacios donde se restablezca el tejido social roto por tantas circunstancias. Enhorabuena por el nuevo-viejo Parque La Pola.

 

Comments (1)
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  • Julio César Vallejo Montenegro

    Excelente narrativa en torno al Parque La Pola que rescata del injusto olvido colectivo las vidas nacidas en Ipiales de Josefina Obando y Francisco Arellano, vidas ofrecidas en primavera a la magnánima causa Patriota y que deben permanecer por siempre en la memoria popular del Sur de Colombia.