Abluciones de la memoria

Por: Julio César Goyes Narváez, IECO- Universidad Nacional de Colombia

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Uno
El título de esta intervención se lo debo a un correo electrónico de los organizadores de las jornadas sobre Escritura y Duelo–, una tarde en que llovía sobre Bogotá. Me preguntaban en su correo por el título del texto para esta jornada. Mientras escribía el saludo, pensé que quizá el duelo era una especie de aguacero sobre el alma de un hombre, que lavaría su pasado y sus recuerdos como se limpian las tejas de una casa o las calles sucias y ahuecadas de una ciudad cualquiera. Pensé en varias razones que expliquen el por qué la humanidad se ha inventado esa práctica ritual diaria que es el baño, la ducha o el lavatorio de las manos. Recuerdo que las palabras Abluciones de la memoria, surgieron como un arroyo de alguna peña, sin detenerme en su ignición, así que envié inmediatamente el email, seguido de un silencio elocuente que me reenviaba a una experiencia no convencional.
El viento no sólo traía las gotas que se estrellaban en la ventana de mi habitación, también venía con ellas, venían los pensamientos y ánimos que generaron esa combinación no sé si afortunada de Ablución y Memoria.
Eran imágenes pregnantes que, por más esfuerzo que hacía, desaparecían en esta escritura como puro sentimiento y huidiza emoción; la experiencia al fin de un sujeto anclado en algo que logra decir y otro algo que no puede evitar guardar en un recodo de su memoria. Era, es, un espacio lejano y un tiempo cercano; imágenes sobrepuestas entre sí como las alas en pleno vuelo de un colibrí.
El espacio era el patio de mi casa paterna en el barrio Gólgota, en Ipiales, disuelto en el Alhambra del Al-Andaluz español, y el tiempo dos luciérnagas en extinción, surcos en el rostro de un hombre que reconoce mi memoria, una figura menuda y tierna vestida con ruana, acabada en la sien con sombrero; lo veía –lo veo– apretando un bastón en su mano izquierda. ¿Era mi padre el que golpeaba la ventana mientras llovía? De ese cronotopo de memoria y olvido, de silencio que huye por entre multitudes que hablan voy a hablarles en seguida, pero antes haré una digresión necesaria.
Dos
Una ablución, del latín ablutio, “me lavo; lavado”; es una purificación ritual de algunas partes del cuerpo o del cuerpo entero antes de algunos actos religiosos. Es sabido que el agua es un símbolo de purificación en muchas de las principales religiones: en el bautismo, antes de la oración, después de un acto corporal. El cristianismo ha ido olvidando este rito, no así el judaísmo y el islam. Muchas religiones hacen sus abluciones en un río, como ocurre en la India con el Ganges, otras en unos canales especiales construidos en el patio, como lo hacían los árabes en el Alhambra.
En el Éxodo, capítulo 30 de la biblia (antiguo testamento), el Señor habló a Moisés en estos términos:
-“Harás una fuente de bronce, con su base también de bronce, para las abluciones. La pondrás entre la Carpa del Encuentro y el altar, y la llenarás de agua,
– para que en ella se laven los pies Aarón y sus hijos.
– Se lavarán cuando entren en la Carpa del Encuentro, para no morir. Y harán lo mismo antes de acercarse al altar a presentar la ofrenda que se quema para el Señor.
-Se lavarán las manos y los pies, para no morir. Este es un decreto irrevocable para Aarón y sus descendientes, a través de las generaciones.”
De manera que las abluciones son un culto, una acción de lavar o lavarse una persona para purificarse. El sacerdote católico lo hace en su Ceremonia de purificar el cáliz y lavarse los dedos después de tomar el vino. Vino y agua, reunidos en la ofrenda protagonizan toda ablución después de comerse el cuerpo de Cristo simbolizado en la hostia.

¿Por qué tomé las abluciones y una imagen en especial que es la del Alhambra en Granada? Hay dos explicaciones en esta escritura: una, es que días después de morir mi padre en Ipiales, Nariño, mientras yo caminaba por Valencia, viajé a Granada junto con mi compañera Aura María a visitar El Alhambra. Del mar de Valencia hacia la sierra de Granada, tal vez buscaba un lugar más familiar, más alto donde pasar mi duelo, una montaña que se asemejara al sur para purgar mi culpa por no haber podido estar en el entierro de mi padre; la otra razón, es que hacía un sol canicular tan fuerte que me recordó el sol de los andes, el del patio de mi casa mientras papá barría las sombras. El sol de la montaña quema y éste quemaba sin poder encontrar consuelo. Además, no había agua natural que beber, como la hubo en épocas de los reyes musulmanes, pues el turismo sólo consume agua en botella. El agua corre por todos lados en el Alhambra, sin duda, riega el Patio de los Leones, cruza la Plaza de los Aljibes, alcanza el patio de los arrayanes.
¿Por qué no vi morir o no estuve en el entierro de mi padre? La distancia, la época, la resignación. No sé. No es fácil cruzar el Atlántico y luego casi todo el país para llegar a llorar junto al amado cadáver; un muerto que quema como ese sol canicular del medio día. El dinero, sin duda, es una buena disculpa en tiempos donde todo es mercancía, o tal vez solo un pretexto para acrecentar como su usufructo el duelo, quizá un eufemismo pos capitalista para la culpa. Mi padre dejó dicho que cuando muriera no me contaran enseguida, sabía que podía hacer el viaje si lo hubiera previsto, mas, ¿Quién adivina la muerte? La medicina pronostica, pero nada sabe del último suspiro. He allí la ablución de la memoria, en el fondo yo sabía que se iba a morir, tenía 93 años y la diabetes en su estado más alto; para engañar la culpa tuve que hacerle prometer que me esperaría, que volvería con un trozo de queso manchego y un buen vino del Duero para año nuevo. Esperar a que se muriera y luego partir hubiera sido cínico; al menos me consuela que se murió sabiendo que su hijo andaba por “las Europas”, como dicen en la provincia, intentando afinar su imagen profesional y el derecho a trabajar dignamente. Viajé por él, o mejor, él viajó conmigo; su deseo de poeta provinciano que había soñado andar por el mundo, tal como anduvo por los cerros y montañas de Nariño, queda así cumplido. Qué imagen final para un hombre librepensador, conductor de feligreses al abismo de Las Lajas, santuario erigido a la virgen mestiza en inmensas peñas, sostenido por la voz del río Guáitara. Abluciones de agua o de palabras, al fin y al cabo, simbolizan lo mismo: fluyen, lavan, inundan, destruyen, refrescan, curan. La palabra como una oración purifica, tal como lo hace el agua del Ganges en la India, o el agua bendita en las sacristías de las iglesias de los amables pueblos de mi tierra.
Tres
Las abluciones son un rito para purificar el cuerpo y ponerlo a tono con el alma, por eso la memoria que es cuerpo recordado y recobrado, se purifica; entro a lavarla, a escribirla y sobrescribirla con esta oración que conozco, esta oración que no suplica y pide, sino que invoca y alaba, esta oración peculiar que además lava y que se llama poesía. Ésta es el agua sin la cual ninguna ablución de la memoria tendría sentido. Pero, aclarémoslo, purificar no quiere decir borrar y paso seguido olvidar, no; hacer abluciones de la memoria es una forma de estar en el espacio y en el tiempo de la cotidianidad de la vida, de esta vida; una manera de escribir los recuerdos, de leer los gestos que se quedaron como trazos sobre el patio desde entonces. La poesía lee y escribe la memoria como un tejido de sentimientos y creación, no para olvidar sino para hacer más presente la huella honda del tiempo, la huella de la muerte que jalona el trayecto de la vida, la huella del duelo que todo sujeto paga para saberse y tal vez hasta saborearse siempre humano. Toda experiencia auténtica se apalabra y vuelta escritura aclara el recuerdo en latigazos y fragmentos de un sueño siempre en acción, continuamente haciéndose; la escritura como impulso, como repetición de lo discontinuo, como angustia que retorna para proyectar los días por venir; así como los días se vuelven soportables, impidiendo que el duelo por más afligido que sea, alcance la pesadilla.
Cuatro
(Abluciones en el patio de Olavide)
“El cielo que ves es azul, pero no es azul”
Segundo Leonidas Goyes
“Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
y en el fondo de esta alma que ya no alegras,
entre polvos de ensueños y de ilusiones
yacen entumecidas mis flores negras”
Julio Flórez
En el Patio de las abluciones escribí este silencio de agua.
Frente al altar mayor de la catedral de Sevilla no me incliné ni lloré, la bendición llegó con el poder que concede a Oriente y Occidente acabados en barroco con el sudor dorado de las indias, vigilado por las cenizas de Colón en un costado.
Una paloma –más bien gótica– se bañaba desesperada en la pila mudéjar, turbia como el recuerdo de los delfines que a orillas del Guadalquivir vio el padre de Antonio Machado una mañana. Sus alas contra los naranjos acrecientan la pena, el viaje de mi viejo por los remotos orígenes del Guáitara.
Estoy arrinconado por el sol –padre– y cada vez regresa más duro sin tu Giralda.
Ahora entono flores negras de Julio Flórez, como hacíamos juntos, aún así, es un día feliz porque puedo escribir con la lumbre de los ancestros a mil kilómetros del barrio donde una tarde fumamos un Romeo y Julieta cubano.
Yo soy la pasión en ruinas que espera del cielo un vestigio.
En la plaza Olavide, Segundo Leonidas, mientras me saludaba el otoño esperaba tu mirada sesga en dirección al sur, esa sonrisa de colibrí bebiendo epifanía de los geranios que con esmero mamá cultivaba en el patio.
Te has convertido en un caballo que remonta la casa, cargado de carpintería y trastos de chofer maniático que conocía los secretos que los peregrinos le otorgan a La Virgen de Las Lajas, pero nunca los vendiste como suvenires. Laurel e incienso para tu frente más grande que la cabeza, igual a la de los humildes, nunca opaca como la de los ególatras.
Soy la escena de cine mudo donde apareces junto a tu compañerita, el dintel de la puerta entre la herradura y la sábila, los cuyes que intentan escapar de su sacrificio sagrado, la taza de hierbabuena que humea imperecedera en la mesa que confeccionaste para la cocina.
Recuerdo que hablabas de esa acuarela volcánica de la tierra alta de Ipiales, del gran Cumbal y el Cerro Negro que te vio correr tras el venado aspul, del arrayán que dibujó mi infancia rodeado por un ave diminuta que con su picoteo desgranaba el cielo.
Yo soy tu imagen en la piel como un enigma.
En una noche de luna un caballo bajó ardiendo como cometa al carnaval del barrio obrero, entre golondrinas me llevó para que fuera el haragán de un sueño. Soy el que te busca entre los inmigrantes que caminan sin padre por las calles de Madrid, Barcelona o Bogotá, y en sus rostros un rasgo tuyo me saluda.
Zambo del Gólgota, a diferencia de tus 93 años moriré de ansiedad en un mundo ajeno, aun así, echaré el trompo una vez más y volveré a iniciar una película, es irremediable crecer buscando una estancia en la infancia perdida. A veces, en tus palabras corrían siervos perseguidos por cazadores de cabezas, jugadores de fútbol que no probaron tu izquierda fulminante, lanzadores de tejo que aplaudieron la hazaña de un perfecto estruendo.
Hubiera dado mi vida por aprender a tocar la guitarra y entretenerte en esas raras noches que no tienen madrugada. Cuando quisimos viajar se inundó la memoria separando nuestros continentes más allá del tiempo. Cuando recitabas los poemas que cargabas en tu mochila del deseo, se barría el desasosiego de la casa fertilizando las materas de sueños, mas no hubo la oportunidad de compartir una tortilla española, ni escanciar un buen vino del Duero.
En medio de la pornografía nacional habitada por desaparecidos y niños amantados en pechos de tiniebla, mi recuerdo te viste de sonrisa horneada con el pan de maíz de la familia. No tenías dientes, pero tenías metáforas, espartano de las Nubes Verdes. Conociste los ríos de tu vereda como si fueran los del mundo, supiste que algo mítico los sostiene todavía. Tu mano truncada por la dinamita del adversario continuará dibujando la cruz en el aire, el ademán nuestro de cada lejanía.
Yo soy los diarios que dieron cuenta de tu muerte y publicaron la foto que no fuiste, la gente que da el pésame como dando limosna.
Soy el que regresa a esa morada de silencio tan tuya, amoblada con tu artesanía, los pasillos ecuatorianos y el baile del pañuelo. Las réplicas prerrafaelitas que te hacía ilusión en la sala seguirán colgadas en las paredes cuarteadas de mi memoria, allá jamás se caerán, aunque se derrumbe la casa.

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